Falsificaciones sanjuaneras
Créanme cuando les digo que he sentido cierto alivio de que ya se hayan pasado las fiestas de San Juan. Pero, por otro lado, no puedo sino reconocer que ya espero con ansia las del próximo año. La ciudad ha retomado cierta tranquilidad; y ese aroma característico a fiestas que algunas calles aún desprendían por la falta de limpieza —a veces es imposible llegar a todos los rincones—, se lo han llevado las últimas tormentas de estos días. Y eso que es de justicia agradecer a los trabajadores del servicio de limpieza que cada mañana la ciudad se levantara con la cara lavada tras las noches sanjuaneras que todos sabemos cómo acaban. Recuerdo algunos sanjuanes con lluvias y noches frescas; pero hacía años que no pasábamos tanto calor. Una vez más, nuestra Dehesa ha sido buena aliada para resguardarnos del sofocante bochorno. Unos días antes de que la ciudad se sumergiese en los cinco días mágicos, pudimos leer en los medios de comunicación que la Guardia Civil había detenido a un individuo en Soria con el vehículo cargado de prendas de vestir de prestigiosas firmas para su posterior venta ilegal. La intervención, según fuentes oficiales, se produjo en el marco de un operativo de control contra el contrabando y fraudes fiscales donde una inspección rutinaria fraguó en rotundo éxito para el Benemérito Cuerpo. Pero días después de esta buena noticia, resulta vergonzosamente inexplicable que, a los ojos de todos, a plena luz de varios días —lo que duraron las fiestas y algunos más—, en el céntrico paseo del Espolón de la capital hubiera varios puestos con ropa, zapatillas y bolsos de unas marcas comerciales reservadas solo para selectos comercios. Allí, sobre una roída tela extendida por el suelo a modo de alfombra, se podían ver bolsos de Louis Vuitton, Yves Saint Laurent o Gucci, entre otras firmas. Y en el puesto de al lado más de los mismo; colgadas sobre un palo, cual hacían nuestros ancestros con los chorizos al humo del hogar, podían verse también infinidad de prendas de conocidas marcas como Lacoste, Tommy Hilfiger o Guess. Y como el lector comprenderá, solo los más ingenuos se creerán que esos bolsos, esas prendas o esas zapatillas, eran originales de unas marcas que créanme, jamás permitirían —y sé de lo que hablo—, ver sus productos en semejantes lugares y condiciones de exposición. Ante la piratería y un presunto delito contra la propiedad industrial —amén del daño que estas prácticas hacen al comercio local—, y que además están tipificadas en el Código Penal, resulta incomprensible y más aún preocupante que el ayuntamiento de la capital —propietario de la vía pública—, o la Subdelegación del Gobierno (a escasos metros del lugar) no hayan movido un dedo para evitarlo. Pero voy más allá, porque igual de culpa tiene el que por dejación de funciones no hizo cumplir como debiera la ley, que el que con su dinero y a sabiendas de su falsedad, compra estos productos favoreciendo su dañina trama y sus perjudiciales consecuencias a terceros.