Los bares de nuestros pueblos
Cantaba María Ostiz, en su canción, “Un pueblo es”, eso de: `…un pueblo es, un pueblo es, un pueblo es / abrir una ventana en la mañana y respirar / la sonrisa del aire en cada esquina…’ Me encanta esa canción. Y me encanta tener pueblo. El de mis abuelos paternos. Aldehuela de Calatañazor, para más señas. Quienes de niños hemos disfrutado de un pueblo estamos hechos de otra pasta. Sobrevivimos a caídas conservando en algunos casos cicatrices de guerra; resistimos estoicamente picaduras de bichos mil donde un buen chorro de alcohol lo curaba todo y además sin rechistar; trepamos lo que parecían a nuestros ojos riscos de lo más escarpados y sin arnés alguno; levantamos piedras a pesar de la sería advertencia de que las víboras campaban allí a sus anchas; toquiteábamos el fuego y las ascuas mientras oíamos de fondo que de noche nos haríamos pis en la cama; nos colamos en alguna casa en ruinas pensando que encontraríamos las monedas de plata que allí escondían sus antiguos moradores según la leyenda; e hicimos sonar mil veces las campanas de la iglesia cuando no tocaba hacerlo. Los veranos en el pueblo eran una lección magistral impartida por auténticas bibliotecas vivientes —ya saben eso de que cuando un anciano muere arde una biblioteca— y, eran también, un cúmulo de recuerdos que nos acompañarán siempre. En verano nuestros pueblos sorianos se llenan de vida. Sus calles rebosan estos meses la alegría de antaño; y aunque algún alcalde ya rece para que se vayan los ya famosos `tocapelotas’ que les sacan de sus casillas todos los veranos, el balance general es más positivo que negativo. En invierno la historia cambia radicalmente, y en muchos casos, tan solo la luz del bar o del cada vez más extinto Teleclub queda encendida ante la soledad de estas tierras en sus largos inviernos. Antiguamente el bar en los pueblos era el sitio de reunión por antonomasia. Y en un tiempo no tan lejano —en el que los móviles aún ni existían—, eran estos lugares los depositarios del único teléfono para mantener contacto con el exterior. El vermut tenía su hora fijada y las cáscaras de cacahuete en el suelo advertían de un buen o mal día de venta. Después, la partida de guiñote era de obligado cumplimiento junto a la faria humeante y a medio fumar. Los más tranquilos echaban la tarde jugando al dominó. Ante un mundo que avanza a pasos agigantados y donde ya casi ni nos damos los buenos días en las grandes ciudades, los bares de pueblo siguen conservando su imprescindible función social. Hoy, como antaño, son lugares de reunión. Pero también de termómetro para controlar al vecindario. Por eso, que la Junta de Castilla y león invierta para que estos locales permanezcan abiertos en el medio rural, es una magnífica noticia. 70 bares en nuestra provincia recibirán 3.000 euros. El alcalde de El Cubo de la Solana, donde el consejero de Presidencia regional giró visita hace unos días para presentar esta iniciativa, lo dejó muy claro al advertir que estas iniciativas, “demuestran el apoyo al medio rural”. Chapeau.