Heraldo-Diario de Soria

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Las ciudades se han convertido en verdaderas junglas donde más de un animal de `dos patas´ campa a sus anchas. Las ordenanzas municipales, amén de una inagotable lista de leyes, hace que convivamos en cierta armonía y que en la mayoría de las ocasiones no llegue la sangre al río. En el gaditano pueblo de Chipiona, desde donde escribo estas líneas para la columna de hoy lunes, he visto una frase pintada en el muro de un colegio que dice así: «Tu escuela, tu segunda casa; tu casa, tu primera escuela». Y qué razón llevan aquí en el sur. Las ciudades son a veces centro de atención para los vándalos que no respetan nada porque desde pequeños y en sus hogares no han sido educados en el arte de respetar. Y ya saben que el árbol que crece torcido después es difícil de enderezar. Nuestra capital hace unas semanas fue blanco de una oleada de robos de placas de bronce en distintos monumentos de la ciudad; los padres de nuestras canciones sanjuaneras que desde sus bustos vigilan el ir y venir de los sorianos y forasteros en el parque de la Dehesa, fueron unos de los damnificados de estos robos que, por cierto, fueron esclarecidos con gran profesionalidad por la Policía Nacional. Otro de los clásicos en ese vandalismo callejero del que ninguna ciudad se libra, son los grafitis que deslucen distintas fachadas de la ciudad. Si el lector se da un paseo por la calle La Económica de la capital, sabrá de lo que hablo. Desconozco la sanción que el ayuntamiento soriano prevé para estos actos, pero quizás el endurecimiento económico de los mismos les haría pensárselo dos veces a estos pseudo artistas al aire libre. Otro capítulo aparte, es el de los canes que hacen sus necesidades básicas en las puertas de los establecimientos dejando un rastro que hace efecto llamada para otros ejemplares. En algún comercio del centro he leído un cartel que reza eso de: «nos gustan tus mascotas, pero no que nos meen aquí». Hay ciudades donde los dueños de estos animales van provistos de botellas con agua y jabón para eliminar el rastro tras la micción perruna; pero aquí en Soria rara vez se ve eso y quizás habría que darle una vuelta en modo pedagógico a ver si cala entre los amantes de los cánidos para hacer más y mejor ciudad. Y miren, porque aquí sí que me pongo serio; hay algo con lo que se me llevan los demonios cada vez que lo veo y créanme que lo veo demasiadas veces. ¿Se acuerdan de la maqueta en bronce de la ciudad que el ayuntamiento encargó y colocó en la plaza de Ramón y Cajal y que nos costó la friolera de más de 100.000 euros? Pues cada dos por tres veo a niños –y a algunos otros ya no tan niños–, subidos a ella ante la atenta mirada de sus padres o abuelos que no dicen ni mu. De verdad, un poco de civismo. No sería mala idea que el ayuntamiento colocara un cartel implorando eso de, ¡no se suban a la maqueta! Y si no, pues ya saben cómo se arreglan las cosas en este país: sanción al canto, que corra la voz, y así algunos se lo pensarán dos veces antes de trotar por tan insigne monumento.

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