Heraldo-Diario de Soria

TRIBUNA

Jesús Lope

Glandes con firma griega en el Museo Numantino

Las inscripciones en estas pequeñas armas de plomo revelan la presencia de honderos etolios mercenarios griegos, que participaron en el asedio de Numancia

Glandes de plomo procedentes de Numancia en la exposición permanente del Museo Numantino de Soria.

Glandes de plomo procedentes de Numancia en la exposición permanente del Museo Numantino de Soria.JESÚS LOPE

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Estas pequeñas bolas de plomo con forma almendrada, que suelen pasar desapercibidas en una primera visita al Museo Numantino, son conocidas como «glandes fundae». Las ‘glandes fundae’ eran proyectiles utilizados por honderos especializados y, sorprendentemente, algunas han llegado hasta nosotros “firmadas” por mercenarios griegos etolios que participaron en el cerco y caída de Numancia, el conflicto que culminó el largo ciclo de las Guerras Celtibéricas.

Apenas unos gramos de plomo bastan para conectar el cerco de Numancia con el mundo helenístico y los extensos dominios de una República romana en plena expansión.

La Guerra de Numancia (143–133 a. C.) —el «Bellum Numantinum» de Apiano, también mencionada por Salustio y Plutarco— que marcó el final de la Tercera Guerra Celtibérica, fue dirigida por Publio Cornelio Escipión Emiliano y reforzada con combatientes auxiliares y recursos procedentes de distintos rincones del Mediterráneo. Fue, sin duda, la más internacional de todas las Guerras Celtibéricas, una “guerra global" en el corazón mismo de la Celtiberia.

«Arqueología del plomo»

Según los investigadores, a diferencia de otras armas reutilizables o más valiosas, las «glandes fundae» no solían recuperarse tras la contienda. Se lanzaban a cientos, quedaban esparcidas por el campo de batalla y no merecía la pena recogerlas. El plomo, abundante y barato en Hispania, podía transportarse fácilmente en bruto y fundirse en los días previos o incluso durante el combate. Fabricarlas era fácil, rápido y eficaz.

Por eso, estos proyectiles han quedado como testigos mudos de pasados enfrentamientos, claves para identificar antiguos escenarios de batalla. En Numancia, símbolo de la resistencia celtibérica frente a Roma, no podía faltar esta «arqueología del plomo».

Una sorpresa en letras griegas

En 1905, las excavaciones de Numancia dirigidas por Adolf Schulten y, desde 1906 hasta 1926, las de la Comisión española —presidida primero por José Ramón Mélida y después por Blas Taracena—, documentaron en el yacimiento garreño 23 balas de plomo y más de trescientas de terracota.

Entre las metálicas, algunas llevaban inscripciones en alfabeto griego. Según “Los etolios en Numancia”, un estudio de Joaquín L. Gómez-Pantoja y Fernando Morales, Schulten ilustró y describió una de ellas en “Numantia II. Die Stadt Numantia” (1931) y volvió a mencionarla en “Die Griechen in Spanien” (1936), donde transcribió correctamente su texto:

Αἰτω̣/[λῶν]

Aito/[lón]

(«de los etolios»).

La inscripción pasó casi desapercibida durante décadas. Sin embargo, atestigua un hecho notable: la presencia en Numancia de soldados etolios, un «ethnos» heleno llegado desde las montañas de Grecia continental para combatir en tierras muy lejanas de su polis natal, en las agrestes llanuras del Alto Duero frente a las murallas arévacas.

Una revisión reveladora

Décadas después, en 2008, los mismos investigadores, Gómez-Pantoja y Morales, revisaron los fondos del Museo Numantino y localizaron hasta diez glandes con inscripciones griegas que aluden a los etolios. Esta vez, los hallazgos estaban bien documentados en cuanto a su contexto y ubicación precisa. Un raro vestigio helénico en tierras numantinas.

En su estudio “Los etolios en Numancia” (Revista Salduie, n.º 8, p. 40), Gómez-Pantoja y Morales plantean una cuestión clave:

«Se plantea la importante cuestión histórica de cuándo y cómo una tropa de honderos etolios participó en un conflicto tan alejado de la esfera de influencia de su polis».

La respuesta parece estar en una práctica habitual de Roma en el siglo II a. C.: el reclutamiento de tropas auxiliares especializadas en distintos rincones del Mediterráneo. Entre ellas, los etolios —célebres desde época helenística por su destreza con la honda— habrían sido contratados como mercenarios para el asedio de Numancia e integrados en las unidades ligeras del ejército romano republicano, como los «velites»

Esto no significa, necesariamente, que la Confederación Etolia participara de forma oficial en la guerra de Numancia. Más bien se trataría de soldados griegos al servicio de Roma, atraídos por el «mercado de la guerra», más que de una estrategia política helénica o romana.

Una vieja alianza frente a los muros de Numancia

En el siglo III a. C., la Confederación Etolia fue un actor clave en las guerras griegas. Roma, que comenzaba a expandirse en el mundo helénico, selló con los etolios una alianza en torno al año 212–211 a. C., durante la Segunda Guerra Macedónica contra Filipo V. Ese tratado, ratificado por el Senado romano años después, en 209 a. C., fue el inicio de la hegemonía romana en el Mediterráneo oriental.

Casi un siglo mástarde, el rastro de aquella alianza llegó hasta Numancia en forma de estos pequeños proyectiles de plomo que hoy conservamos en el Museo Numantino.

Para entonces, la Confederación Etolia ya era apenas un recuerdo, pero muchos de sus jóvenes y hábiles combatientes sobrevivían como mercenarios, ofreciendo su destreza, como tantos otros, al mejor postor.

Entre ellos, los honderos eran especialmente codiciados. Procedían de pueblos como los cretenses, rodios, acarnianos, aqueos, baleáricos o númidas. Pero los más prestigiosos eran, sin duda, los etolios. Estrabón les llegó incluso a atribuir la invención de la honda como arma de guerra (“Geographica”, VIII, 3, 33). Estos hombres, viajando miles de kilómetros desde Grecia, acabaron luchando en las llanuras del Alto Duero.

Al igual que el fragmento “Bellum Numantinum” de Salustio, incluido en el libro perdido Historia Ibérica (“Iberiké: Ἰβηρική”), estas glandes grabadas con letras griegas nos recuerdan que la historia de Numancia no se escribió solo en caracteres romanos o celtibéricos. También hubo un largo capítulo en alfabeto heleno.

Numancia, un pueblo decidido a resistir hasta la muerte

Aunque las fuentes antiguas no mencionan directamente a honderos etolios en Numancia, sí registran la presencia de otros auxiliares extranjeros, procedentes de Pérgamo o de Siria, y también de los célebres númidas enviados por Micipsa. Entre ellos el joven Jugurta (Salustio, “Bellum Iugurthinum”, 7), acompañado de doce elefantes y un número indeterminado de honderos y arqueros. Todo ello confirma una práctica habitual de Roma: reclutar tropas especializadas en distintos rincones del Mediterráneo, entre ellos los etolios, contratados como mercenarios para la campaña definitiva contra Numancia.

Las “glandes fundae” halladas en Numancia que tantas veces pasan desapercibidas entre las vitrinas del Museo Numantino, no son solo la huella material de un asedio: nos revelan la dimensión internacional de un conflicto. En torno a la ciudad celtibérica, símbolo de resistencia heroica, combatieron mercenarios venidos de África y de otros rincones del Mediterráneo, atrapados en un choque donde se cruzaban los intereses políticos y estratégicos de Roma con la agónica lucha por la libertad de los pueblos hispanos. Fue una guerra que lejos de ser un conflicto local, se convirtió en la batalla final entre un imperio en ciernes y un pueblo decidido a resistir hasta la muerte: NVMANTIA.

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