TRIBUNA
Villaseca de Arciel, 16 de febrero de 1809: un sacrificio por la libertad que se perdió en el olvido

“No se puede mirar” (detalle) aguafuerte de la serie “Los desastres de la guerra”, 1810–1814, Francisco de Goya.
16 de febrero de 1809. Al amanecer de su mañana, veinticuatro hombres jóvenes son empujados «doscientos pasos» a las afueras de Villaseca, en el sexmo de Arciel, donde serán fusilados sin juicio y sin piedad.
Todos forman parte de la Junta de Defensa de Soria y, por el solo hecho de no someterse, serán ejecutados bajo la infame acusación de «bandidaje», término con el que los franceses disfrazan su brutal represión contra los patriotas.
Morirán por su tierra. Caerán por la libertad. Y, sin embargo, su sacrificio quedará entre los pliegues ocultos de la Historia. Ningún monumento recuerda aquel amanecer de sangre; ninguna calle lleva sus nombres; no hay lápida que señale el lugar de su muerte.
El primero en caer será Ángel Andino, Abad de la Colegial de San Pedro, hombre de fe y de principios, símbolo de la resistencia local que se negó a doblegarse ante el invasor francés. En las páginas de nuestra historia, hay nombres que brillan por lo que hicieron. Otros esperan, en silencio, su lugar en la memoria. Ángel Andino es uno de ellos.
Y Soria no fue diferente
El año 1808 marcó un punto de no retorno en la historia de España. Napoleón contemplaba desde su trono imperial el viejo reino borbónico como una pieza más del tablero europeo. Tenía su propio proyecto para España: borrar la dinastía borbónica e imponer la suya, la bonapartista, al servicio de un nuevo orden. Había seguido con atención los tormentosos sucesos que sacudieron la corte española en los años previos a 1808 y estaba dispuesto a explotar sin escrúpulos las divisiones y rencillas que desgarraban a la familia real.
Las promesas de repartición del reino de Portugal —el llamado «Negocio de Portugal»—, firmadas en el Tratado de Fontainebleau, que permitía el paso de tropas francesas por suelo español; las intrigas palaciegas; la caída de Godoy; las abdicaciones forzadas y la convulsión política habían dado al emperador una imagen distorsionada de España: la de una nación débil, rota por las disputas internas y gobernada por figuras lastimosas. Y también la de un pueblo sumiso, reflejo de sus gobernantes, que se entregaría sin resistencia.
Lejos de ser así, superados los momentos iniciales de sorpresa, incertidumbre y caos, el pueblo español —y Soria no fue diferente— se sublevó al ver cómo el ejército napoleónico, día a día, avanzaba por el territorio nacional, ocupando los puntos estratégicos, con la aquiescencia de gran parte de las autoridades civiles.
Ante esta afrenta, la desconfianza dio paso a la rabia y la rabia se transformó en resistencia. Así nacieron las Juntas de Defensa, verdaderos bastiones de la voluntad popular contra el invasor.
La llama de la resistencia prendió rápido en tierras sorianas. En Burgo de Osma, avivada por el fervor popular, se formó la primera Junta de Defensa, presidida por el obispo José Antonio Garnica —que moriría en Cartagena huido tras negarse a jurar fidelidad al invasor—. Le siguieron, como reguero de pólvora, juntas en Almazán, Ágreda, Langa de Duero, Yanguas, Medinaceli, Morón de Almazán, Almaluez, Vinuesa, Retortillo… Y en la Rioja soriana: Soto de Cameros, Cervera del Río Alhama, Lumbreras…
Para coordinar esta mecha encendida de patriotismo, el 3 de junio de 1808 se creó la Junta Provincial de Defensa, presidida por Ángel Andino, abad de San Pedro. El 10 de julio se constituyó otra, la Junta de Armamento y Defensa, para organizar la defensa militar y preservar el orden en un contexto de vacío de poder tras las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII (Bayona 6 y 7 de mayo de 1808). Andino, figura clave, formaba parte de ambas. En Soria, la resistencia tenía nombre propio: Ángel Andino.
La astucia soriana: una estrategia de agasajos, atenciones y ardides
Los desgarros de la guerra no tardaron en llegar a la provincia de Soria. Si seguimos la cronología oficial de la “Correspondance générale de Napoléon”, tras cruzar los Pirineos, el emperador había llegado a Vitoria la noche del 5 de noviembre de 1808 y asumido personalmente el mando del ejército. El 11, el mariscal Soult derrotó a Belveder en Gamonal y Burgos fue tomada y saqueada. El objetivo era llegar sin demora a Madrid. Para ello, Bonaparte ordenó al “maréchal Ney”, mariscal Michel Ney —«le brave des braves» (el valiente entre los valientes)—, que, al frente del VI Cuerpo del ejército francés, marchase desde Logroño hacia Soria y Ágreda para cortar la retirada de Castaños al centro peninsular, en caso de que fuera derrotado en Tudela.
Ney entró en Soria el 22 de noviembre, pero permaneció en la ciudad los días 23 y 24. En una carta a su hermano José, fechada en Aranda de Duero el 27 de noviembre de 1808 —publicada en el “Bulletin de l’armée d’Espagne”, n.º 11, e incluida después en la “Correspondance Générale de Napoléon” (vol. 8)—, Napoleón lamentaba, amargamente, aquella dilación:
«…Si le maréchal Ney ne s’était pas laissé impressionner par les habitants de Soria et s’était arrêté dans la ville les 23 et 24,… il serait arrivé le 23 à Ágreda et Tarazona et aucun homme du général Castaños n’aurait échappé…»
(…Si el mariscal Ney no se hubiera dejado impresionar por los habitantes de Soria y no se hubiera detenido en la ciudad los días 23 y 24… habría llegado el 23 a Ágreda y Tarazona y ni un solo hombre del general Castaños habría escapado…).
La demora resultó decisiva. La batalla de Tudela tuvo lugar el 23, y cuando Ney reanudó la marcha el 25, la acción ya había concluido. Gracias al atraso, el ejército de Castaños, inferior en número y equipamiento, pudo retirarse a tiempo y evitar su completa aniquilación.
Lejos de rendirse, las autoridades y el pueblo de Soria habían sabido desplegar una hábil estrategia de agasajos, atenciones y ardides para retener al mariscal el tiempo suficiente. Aquellos dos días ganados en Soria permitieron salvar lo que quedaba del ejército español de la derecha, que aún habría de seguir combatiendo por la libertad y la independencia de la nación.
El sacrificio en Villaseca
La ocupación francesa de Soria el 22 de noviembre de 1808 impuso un nuevo orden. Bajo presión y amenaza, miembros de las antiguas juntas se vieron obligados a integrarse en el nuevo ayuntamiento y colaborar con la administración francesa.
No fue el caso de Ángel Andino, quien, con admirable arrojo y valentía, se negó a cooperar. En la clandestinidad, y a pesar de la brutal represión del “Colonel Brun”, coronel Brun, logró mantener viva la Junta Provincial. Brun, con más de 800 hombres de infantería y caballería, había llegado a Soria para «pacificar» la provincia, asumir el mando militar y sofocar cualquier intento de resistencia.
Creyéndose a salvo de la persecución, la Junta se reunió en la pequeña localidad de Villaseca, hoy Villaseca de Arciel, donde Andino llevaba varios meses escondido en la casa rectoral. Sin embargo, las tropas francesas, probablemente alertadas por algún delator, cercaron a los reunidos, capturando a veinticuatro de sus miembros, incluido el abad de la Colegial.
Tomás Pérez, párroco de Villaseca, lo relata el 14 de marzo de 1809 en el Libro de Difuntos del lugar:
«En el día diez y seis de febrero del año mil ochocientos nueve, al amanecer, fueron sorprendidos en este pueblo por el Comandante francés de la ciudad de Soria, llamado Dorsenne, y por orden del Gobernador de la provincia, Brown, con 120 soldados de infantería y 23 de caballería, veintitrés de los veintiocho que habían llegado la tarde anterior, y además don Ángel Andino, Canónigo de la Insigne Colegial de Soria, que llevaba dos meses en este pueblo; todos fueron fusilados a unos 200 pasos del lugar, sin más excusa que reputarles por "bergantes"».
El mismo Libro de Difuntos indica que Andino «murió en el campo del honor y defensa de la Patria… Está enterrado en el primer grado de esta Iglesia», confirmando lo registrado también en la Colegiata de San Pedro de Soria.
Los datos biográficos sobre Ángel Andino son escasos. Según el erudito burgense José Vicente Frías Balsa, en “La Universidad de Osma. Escuela de obispos y afrancesados y patriotas matriculados en ella” (Revista de Soria, N.º 102, 2018, pp. 17–19), Andino había nacido en Villarcayo, Burgos, en 1781. Sobrino de José Constancio Andino, obispo de Osma (1790-1793), se matriculó en la Universidad de Osma, donde estudió Lógica, Física, Metafísica, Leyes y Cánones. Canónigo en la capital, amplió estudios en Zaragoza antes de regresar a Soria, donde se ganó «la simpatía de todos los estados» de la ciudad y llegó a ser Abad de San Pedro.
Probablemente, fue Andino el primero en caer aquella gélida mañana en Villaseca, como si con su muerte —el alma de la Junta— se pretendiera apagar toda chispa de insurrección. Además de él, los registros parroquiales únicamente anotan las muertes de Ildefonso Chavaler, natural de Gallinero; Joseph Andrés, de El Cubo de la Solana; y Pablo Herrero, de Velilla, enterrados en el cementerio de la iglesia de Villaseca.
«¡Lástima que no se conservaran también las defunciones de los otros veinte héroes, para conocer sus nombres y saber de qué pueblos procedían!», lamenta Anastasio González Gómez, maestro nacional de Vinuesa, en “Hijos ilustres de Soria y su partido” (Soria, 1912, pp. 151–153).
Aquella gélida mañana quedó marcada con sangre. Murieron de pie, en silencio, la cabeza alta, con la entereza de quienes creen que su sacrificio no sería en vano. Solos frente a un pelotón invasor. Ningún paredón ni fosa conocidos. Ni calle que lleve sus nombres. Ni lápida que recuerde el lugar de su último aliento. Nada.
En aquel rincón del Campo de Gómara, en Villaseca —del sexmo de Arciel—, a poco más de cinco leguas de Soria, veinticuatro sorianos entregaron su vida por la libertad.
Y, sin embargo, su tierra, la misma tierra que los vio crecer y morir, les pagó —como a tantos otros—, el peor precio: el olvido.