TRIBUNA
Derroñadas, 15 de septiembre de 1922: Los Sagrados Corazones
El autor recuerda que en 2026 se cumplen 104 años desde que el Asilo de Ancianos y Colegio de Niñas de los Sagrados Corazones iniciara su historia
«En pro y honra del rincón en que nacieron». La herida quedó abierta para siempre. La muerte de un ser querido -indescriptible cuando se trata de un hijo- quebró por dentro a Hermenegildo García Sanz, aquel indiano que, como tantos sorianos de finales del siglo XIX, hizo las Américas.
Hermenegildo y su esposa, Cándida, nunca volverían a ser los mismos. La pérdida del tercero de sus trece hijos, muerto en trágicas circunstancias, actuó como un revulsivo. Hermenegildo volvió entonces los ojos a la fe de su infancia y a la caridad cristiana como sentido último de la existencia. A ese impulso interior se unieron su esposa, Cándida; su hermano, Eusebio, y su cuñada, Manuela.
Su amor por Soria y por su tierra natal dio vida a aquellas palabras que Manuel Blasco -prestigioso maestro nacido en Lubia en 1833 y fallecido en Soria en 1918- escribió en su «Nomenclátor» de 1909, pág. 571:
«No son hijos ingratos a la región en que nacieron ni a la patria que los indujo a emigrar [… ] sino patriotas que vuelven empleando las ganancias en pro y honra del rincón en que nacieran, y saludan a su querida España con un “¡Bendita seas!” salido del alma».
¿Habrá gratitud más honda que regresar de allende el mar a la tierra que te vio nacer y, sin rencor, volcar en ella toda la añoranza acumulada en forma de generosidad?
Memoria perdurable. La historia de este legado comienza con Celestino García e Ildefonsa Sanz, padres de los hermanos Hermenegildo y Eusebio. Celestino, hombre culto, «desempeñó durante 40 años el cargo de Secretario del Ayuntamiento de El Royo conquistando, en su dilatada vida profesional, el respeto y cariño de cuantos le conocieron».
Hermenegildo vino al mundo en 1850 en Derroñadas, donde pasó su infancia acudiendo a la escuela de El Royo. Ocho años después nació su hermano Eusebio, talento precoz capaz de sorprender a todos con sus inventos. Entre ellos, «un reloj de madera que marchaba con regularidad y constituía una verdadera maravilla mecánica».
A finales del XIX, cuando la ganadería trashumante languidecía y la tierra no alcanzaba para alimentar a todos, el horizonte de muchos sorianos se desplazó más allá del Atlántico. Fue un movimiento «de imparable crecimiento», como señala Sofía Goyenechea.
Acuciado por la falta de futuro, Hermenegildo embarcó en 1870 rumbo a la Argentina -«así, con artículo, como acostumbraban a decir entonces», apunta el investigador Alberto Arribas en una de sus Efemérides: 24/02/1923. Dos mecenas sorianos en el olvido”-. Su destino fue Buenos Aires, donde años después le seguiría Eusebio. El ingenio que este había mostrado de niño con aquel reloj encontró en la capital platense un nuevo cauce: el comercio de telas. En poco más de una década, la tenacidad y un agudo olfato para los negocios permitieron a Eusebio fundar su propia firma: «Eusebio García y Cía», una de las roperías y casas de telas más importantes de la República y origen de una fortuna extraordinaria.
Hermenegildo regresó a España en 1882 por una promesa de amor: contraer matrimonio con Cándida Verde Delgado. Así selló su destino en la península. Mientras tanto, Eusebio permanecía en Buenos Aires, donde en 1899 daría forma a un proyecto pionero: la «Sociedad Filantrópica de El Royo y Derroñadas», una institución de honda repercusión para la comarca entera.
En 1890, Hermenegildo y su familia se habían establecido en Bilbao. Allí el destino les aguardaba con un golpe cruel: la muerte accidental de su hijo Ricardo, arrollado por un tranvía. De aquel dolor -y de la generosidad inmensa de toda la familia- brotaron numerosas obras benéficas: el colegio de los marianistas en El Royo; el asilo y el colegio de niñas de Derroñadas, confiados a las Hijas de la Caridad; la llegada a la capital de las Siervas de Jesús y el colegio de los franciscanos para niños pobres y becas para que ningún estudiante con talento se viera frenado por la pobreza.
En 2026 se cumplirán ciento cuatro años desde que su obra más querida, el Asilo de Ancianos y Colegio de Niñas de los Sagrados Corazones, iniciara su breve pero trascendente historia. La idea, concebida por Manuela Verde -hermana de Cándida -, tomó cuerpo en los planos que el propio Eusebio diseñó en 1908. Tras fallecer este en 1914, fue Hermenegildo quien asumió la tarea de culminar el edificio, dotarlo de un capital suplementario y asegurar su sostenimiento con una renta anual de 6.000 pesetas. Aquella construcción no fue solo piedra y cemento; era la voluntad de dos familias por convertir la añoranza en memoria perdurable..
«Los vestidos y peinados serán conformes con la modestia cristiana». En junio de 1922, se hicieron cargo del asilo las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Llegaron a Derroñadas con el encargo de convertir aquel edificio inmenso, todavía con olor a obra nueva, en un hogar. A ese reto se sumó el inicio del primer curso académico del nuevo colegio, anexo al asilo. No hubo tregua; apenas tres meses después, el 6 de septiembre, la congregación anunciaba en el rotativo Hogar y Pueblo que las clases darían comienzo el día 15 del mes corriente.
Aquel anuncio era mucho más que una convocatoria; era una declaración de principios. El centro escolar, erigido en la falda de una colina y abierto a la vega, prometía «ventajas higiénicas» que delataban una sensibilidad nueva. Llegaba hasta Soria esa fe en el aire libre y la educación del cuerpo -el «muscular Christianity» de raíz anglosajona- que ya empezaba a sentirse en España como una brisa de renovación.
La formación aspiraba a la excelencia: unía la impronta espiritual con la disciplina y la utilidad doméstica a través de un currículo completo: «Religión y Moral, Historia Sagrada, Gramática, Caligrafía, Aritmética, Geometría, Geografía, Historia de España, Fisiología e Higiene, Economía Doméstica y Urbanidad». No es extraño que Gervasio Martínez de Lara definiera en La Voz de Soria aquella escuela como «ménagère»: un modelo centrado en la organización del hogar con cursos prácticos de costura, lavado, arte culinaria o repostería. Un programa aplicado con un método moderno, el «método cíclico concéntrico», y un sistema de estímulos pedagógicos basado en cuadros de honor y certámenes literarios.
Este vanguardismo se unía al «rigor administrativo» de la época: para ser admitidas, se exigía a las niñas la Bula de la Santa Cruzada y certificados de usos de carnes en Cuaresma. La vertiente social de los García Sanz se reflejaba en el sistema de cuotas: el internado, 975 pesetas anuales (el equivalente a varios meses de salario medio) en buena parte, sostenía la enseñanza gratuita para las niñas de familias humildes, asegurando que el origen modesto no fuera un muro para su porvenir.
Pero quizá lo que más llama la atención sea la minuciosa lista del «equipo» obligatorio de las internas, casi castrense:
«- 1 colchón de lana de 1,73 metros de largo por 0,74 de ancho; 2 almohadas; 3 pares de sábanas; 3 mantas de lana; 1 colcha blanca; 6 fundas de almohada; 1 vaso de noche.
- 4 camisas; 2 chambras (blusas); 4 camisetas; 4 enaguas; 4 pares de pantalones; 8 pares de medias; 12 pañuelos.
- 4 servilletas; 1 cubierto completo de metal blanco; 1 vaso de metal.
- 4 tohallas; 1 cepillo de ropa; otro de zapatos y otro de dientes.
- 1 caja de aseo y otra de labor.
- 1 uniforme de lana azul; dos vestidos de percal negras; dos batas negras y una blanca; dos velos negros; un par de votas y dos de zapatos negros».
(Respetamos la ortografía original de Hogar y Pueblo, 06/10/1922).
Como recordatorio final, una nota que resume la moral de aquel tiempo: «Los vestidos y peinados serán conformes con la modestia cristiana». Un control que se extendía incluso a la privacidad de la palabra escrita: «Las alumnas no escribirán ni recibirán cartas sin haberlas intervenido la R. Madre Superiora».
Testimonio de un tiempo luminoso. Aquel anuncio de Hogar y Pueblo permite asomarse al primer curso del Colegio de los Sagrados Corazones: un proyecto asentado en la fe y en la práctica, ambicioso en lo pedagógico, profundamente moral en lo social.
Obra viva de la familia García Verde -de Hermenegildo y Eusebio, de Cándida y Manuela-, su memoria permanece en El Royo, Derroñadas, Langosto y Vilviestre de los Nabos; en la Vega Cintora, esa comarca de hombres que supieron hacer fortuna en América sin olvidar nunca «el rincón en que nacieron».