Heraldo-Diario de Soria

LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS II

Carlos de la Casa

Aquellos hombres de Estado de la transición

“Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacerse es no despegar los labios”. Abraham Lincoln

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Es lamentable escuchar a la mayoría de los parlamentarios nacionales en sus intervenciones en el Congreso. Salvo raras excepciones, todo son gritos, insultos, faltas de respeto. ¿Dónde están los hombres de estado, los padres de la nación?

Existe un grupo, y no pequeño de esos parlamentarios, que, además de no aportar nada, se pasan el tiempo criticando la Transición de la que ha emanado nuestra democracia. Esa Transición que hicimos todos los españoles de la mano de un «triunvirato» formado por Juan Carlos de Borbón, Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez.

Esta realidad que estamos sufriendo, la lectura de varias publicaciones, incluido un repaso a la Constitución de 1978, de la que conservamos un ejemplar firmado por los ponentes, el 7 de octubre del 2003, en el Parador de Gredos, nos ha llevado a redactar esta sábana quincenal.

Empecemos por recordar que el pasado jueves día 29 hizo cuarenta y cinco años que el Presidente del Gobierno de España, Adolfo Suárez, dimitió de la jefatura de gobierno. ¿Cuántos políticos actuales conjugan la palabra dimitir?

Hoy día son numerosos los políticos, unos por ignorancia, otros por juventud y algunos por maldad, que se han olvidado que, con la restauración de la monarquía y el trabajo de Hombres de Estado, España se convirtió en un país unido, reconciliado y en muchos aspectos apaciguado, pese al terrorismo de ETA y del Grapo.

Nadie duda de que existía una irascibilidad en algunos sectores. Irascibilidad que en algunos momentos hizo peligrar la democracia, baste recordar el mes de diciembre de 1977 con los secuestros de Oriol y Urquijo y de Villaescusa o la matanza de la calle Atocha, ese mismo año, por un comando ultraderechista.

Pero el trabajo, en muchas ocasiones silencioso, de Suárez, González y Carrillo, así como de sus colaboradores logró que España, a base de renuncias de unos y de otros, dejase de pensar en la guerra «incivil», que hacía prácticamente cuarenta años que había finalizado.

Y pese a aquellos momentos difíciles, un grupo de responsables políticos se pusieron a trabajar, partiendo de un borrador redactado por Landelino Lavilla, ministro de Justicia, para elaborar una Carta Magna para TODOS los españoles. Ahí estaban los que pasarían a la historia como padres de la constitución: Cisneros Laborda, Fraga Iribarne, Herrero de Miñón, Peces Barba, Pérez Llorca, Roca Junyent y Solé Tura.

Un elenco de auténticos Hombres de Estado, que, trabajando con un sentimiento de solidaridad, con un espíritu de cohesión, realizaron un trabajo que en un principio se podía interpretar como «imposible» y que con infinidad de enmiendas superaría lo que muchos creían imposible.

Y ahí también estuvieron, en la sombra, como complemento y apoyo a los padres de la Constitución, otros Hombres de Estado como Fernando Abril Martorel y Alfonso Guerra y con estos y algunos más se abrió la puerta a una «Monarquía Constitucional» a la que no opuso resistencia prácticamente nadie, ni siquiera Santiago Carillo.

El sentido de Estado y el restablecimiento de la democracia trajo consigo un nuevo estilo de gobernar, en el que se dio prevalencia a los acuerdos para resolver infinidad de divergencias y ahí están los gobiernos de Adolfo Suárez con sus problemas, los de Felipe González, con su final no muy acertado, y los de José Marí Aznar.

Aquellos Hombres de Estado también tuvieron sus enfrentamientos, en múltiples ocasiones muy duros, pero seguro que todos habían leído a Pedro Laín cuando escribió: «una de las raíces de nuestros males en la convivencia política se hallaba en la propensión a eliminar al adversario y que, por tanto, la solución pasaba por desterrar el hábito de convertir al discrepante en enemigo».

Estos personajes citados, así como otros parlamentarios de aquellos momentos, formaron parte de una generación que vivió y tuvo que enfrentarse a momentos decisivos de nuestra transición y mostraron con su buen hacer una gran capacidad para superarlos con éxito.

Trabajaron desde la realidad que vivía España y se comprometieron con lo que la España de ese momento requería. Fueron capaces de establecer el diálogo como arma fundamental para negociar, sabiendo escuchar y estableciendo un ambiente propicio para la confianza y siempre conscientes de no hacer promesas que luego no pudieran cumplir.

Y todo ese buen hacer se trasladaba a la ciudadanía con una enorme habilidad, con palabras llanas y con claros compromisos políticos. Tenían un sentido de responsabilidad y eran conscientes de la importancia de la tarea histórica que les tocó realizar, junto con una evidente comprensión de los que exigía la naciente democracia y curiosamente marcaron una clara y considerable sensibilidad hacia los problemas de los nacionalismos políticos.

Lamentablemente ya son pocos los responsables políticos que tienen aquella formación y aquella altura de mira política. Y menos cuando algunos indecentes han vuelto a recordar e intentar restablecer los enfrentamientos de la última «guerra incivil» que aconteció en España y lo han hecho con el único objetivo de un uso y aprovechamiento personal. Y se olvidan que el actual sistema parlamentario se fundamenta, como han dicho eminentes juristas, en la supremacía del Parlamento.

Recuérdense las palabras del Dr. Ruiz-Navarro Pinar, letrado de las Cortes Generales, cuando dijo a este respecto: «El Parlamento por su carácter representativo es el órgano constitucional de formación de la voluntad política que se manifiesta, principalmente, en la designación y control del Gobierno y en la creación y aprobación de las leyes».

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