Heraldo-Diario de Soria

TRIBUNA

Jesús Lope

Soria 18 de julio de 1860. Un día, dos noches

Crónica del eclipse total que conmovió a Soria y atrajo a la élite científica mundial al Moncayo; un prodigio que Soria volverá a vivir en el verano de 2026

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«Desde las primeras horas de la mañana preocupaba todos los ánimos el grandioso espectáculo que se preparaba». El Collado y las calles y plazas aledañas veíanse repletas de gente. Formábanse grupos, se daban voces y se reía por doquier: se sentía la emoción compartida de vivir un día excepcional.

Después del almuerzo, muchos se dirigieron a las distintas alturas que dominan la ciudad: el cerro del Castillo, el Mirón o el Monte de las Ánimas. «Los profesores del Instituto lo hicieron muy temprano provistos de algunos instrumentos ópticos, al cerro llamado de Santana, donde pasaron el día dedicados a diferentes observaciones».

El horizonte estaba completamente despejado. Nada impediría que pudiera apreciarse en todo su esplendor «el grandioso y sublime fenómeno con tan impaciente alegría esperado». Nadie dudaba «que los sabios astrónomos, tanto Nacionales como Estranjeros [original]», asiduamente dedicados al estudio de los astros, habían predicho el prodigio con total exactitud:

«El eclipse dará principio, a la 1 42 de la tarde; medio a las 2 33,4 y fin a las 4 30; siendo la duración de la oscuridad 3 minutos 17 segundos».

Es decir, según las predicciones, el eclipse comenzaría a la 1:42 de la tarde; alcanzaría su fase central a las 2:33 y 24 segundos y concluiría a las 4:30, con algo más de tres minutos de oscuridad total. Tal duración hacía de Soria un lugar excepcional para su observación, con muy corta diferencia respecto a los demás pueblos de la provincia: «pues toda ella está comprendida en el centro puede decirse de la faja o zona de la sombra total, la cual abraza una anchura de 50 leguas (de a 4 kilómetros)». [Una franja de totalidad de unos 200 kilómetros de ancho].

En 1860, en España -y en la mayoría de los países-, aún no existía una hora oficial única. Soria, como cualquier lugar, se regía por la hora solar local, marcada por el sol y no por relojes sincronizados. Así, la una y cuarenta y dos -hora a la que comenzaría el eclipse- era ya bien entrada la tarde. Por eso fue tras el almuerzo cuando muchos vecinos subieron a los cerros que circundan la población para asistir al suceso.

Francisco Pérez Rioja

Mientras la ciudad miraba al cielo desde las cimas vecinas, otros ojos más entrenados, venidos de lejos, hacían lo mismo desde la gran cumbre del Moncayo. Aquel eclipse no fue solo un acontecimiento popular: fue también una cita científica de primer orden. España sería el único país de Europa desde donde podría contemplarse en toda su plenitud, y los astrónomos habían advertido que, en lo que restaba de siglo, no volvería a repetirse en tan favorables circunstancias.

Para acceder a la cúspide del Moncayo se había reunido en la vecina Tarazona una notable expedición científica, organizada por la Academia y el Real Observatorio de Madrid, bajo la dirección de su Primer Astrónomo, don Eduardo Novella Contreras. Entre quienes ascendieron se encontraba, no por casualidad, el soriano Francisco Pérez Rioja, director y cronista del Avisador Numantino. Su presencia fue providencial. El Avisador, verdadero latido de la ciudad en aquel tiempo, llevaba semanas preparando a los sorianos para las vivencias de un eclipse total. Desde la montaña, con el impulso de la observación más rigurosa, Rioja sería testigo privilegiado y cronista del mismo fenómeno contemplado a otra escala, la de la ciencia más avanzada. Gracias a su aguda mirada y su pluma experimentada, aquel 18 de julio Soria y la misión científica al Moncayo quedaron unidos en una misma crónica del cielo.

Junto a Eduardo Novella se dieron cita figuras de primer orden, encabezadas por Urbain Le Verrier, director del Observatorio Astronómico de París, acompañado por destacados astrónomos franceses, como León Foucault, suizos y españoles, así como por el egipcio Ismail Effendi. Formaban también la expedición ingenieros, profesores universitarios y el renombrado fotógrafo Mariano Ayllón, testimonio de la modernidad científica del acontecimiento. Todos ellos integraron la célebre misión internacional inmortalizada por un grafito grabado en una columna del monasterio de Veruela, desde donde ascendieron a la cumbre para realizar sus observaciones, marcando un hito en la historia de la ciencia.

"Caeli enarrant gloriam Dei..." 

«Los Cielos cuentan la gloria de Dios…»

Por la larga duración de su fase de totalidad -tres minutos y diecisiete segundos- y la numerosa población que pudo observarlo, aquel eclipse sería uno de los grandes del siglo y no quisieron perdérselo los muchos sorianos que, desde las cotas cercanas a la ciudad, contemplaron su sobrecogedora belleza.

No hacía falta saber de astronomía para comprender que aquel no era un día cualquiera. Bastaba con levantar la vista. Allí, en los altos -el Castillo, el Mirón- y las lomas cercanas, los sorianos esperaban en silencio creciente.

El cielo, limpio como suele estar en julio, parecía vestirse para una ceremonia cuando el sol empezó a apagarse. No fue de golpe. La luz se volvió extraña, pálida, como si alguien hubiese corrido un fino velo sobre el mundo. Los colores perdieron fuerza. El calor se retiró de repente y los pájaros callaron. No era la noche, pero tampoco era ya la tarde. Era algo nuevo, diferente, inquietante.

Y entonces ocurrió: las estrellas aparecieron. No era un cielo cuajado como el de medianoche. Eran puntos brillantes, claros, visibles a plena tarde. Venus, sin duda; Mercurio, tal vez; quizá alguna estrella mayor.

Cuando la luna cubrió por completo al sol, la oscuridad fue total. No una penumbra: noche cerrada, súbita, sobrecogedora. Se hizo el silencio. Tres largos minutos -más de tres- bastaron para que el ojo se adaptara y el espíritu se estremeciera. En el centro del cielo un disco negro, vacío, casi amenazante, y alrededor un anillo de luz extraña, blanquecina, irregular, palpitante: la corona solar.

Aquella aureola luminosa no se parecía a nada conocido. No era llama, ni rayo, ni claridad terrestre. Era otra cosa. Algo que no parecía de este mundo. Por eso las crónicas no hablan de formas ni de medidas: hablan de corazones conmovidos, de almas enajenadas.

La sombra de la luna avanzó con una rapidez que dejó a todos sin aliento, como una nube oscura que lo cubre todo de golpe. Incluso los más prevenidos quedaron aturdidos, deslumbrados, envueltos de pronto en una noche impropia, caída del cielo a media tarde.

A nadie le extrañó que, ante aquel espectáculo, muchos alzaran los ojos a Dios. No era devoción rutinaria ni gesto aprendido. Era miedo, asombro y veneración mezclados. La naturaleza hablaba con una voz poderosa y esa voz solo se entendía en clave religiosa. El cielo se oscurecía para revelar su misterio.

Así lo dejó escrito Francisco Pérez Rioja, pocos días después, en su crónica del domingo 22 de julio en El Avisador Numantino, poniendo en palabras lo que tantos sintieron y pocos supieron explicar. Una emoción profunda, casi sagrada, un amor súbito hacia el Supremo Hacedor, despertado no por un sermón, sino por el cielo mismo:

«Yo solo puedo aseguraros que los minutos de la total oscuracion, han sido los mas gratos de mi vida y que todo mi ser estaba bañado de una inmensa felicidad que no podia prolongarse mucho tiempo. El espectáculo de los cielos agitaba en mi espiritu las ideas mas levantadas; la magnificencia del Universo, el poder del artifice de obras tan colosales, la sabiduria del gran geómetra que concibió plan tan vasto, la grandeza del dueño de tan soberbio palacio, la multitud de criaturas sujetas á su imperio, la diversidad de seres que pueblan tantos mundos y la infinita variedad de gerarquias sujetas á su dulce yugo y suave imperio. C. P. R.»

Aquel 18 de julio de 1860, Soria no fue un espectador marginal. La sombra no pasó de puntillas, pasó por el centro. Y durante unos minutos inolvidables, la ciudad vivió una noche diurna que muchos nunca olvidaron y otros recordarían siempre como una revelación.

Una revelación que no volvería a repetirse hasta el verano de 2026.

El doble anochecer

El 12 de agosto de 2026, en el primero del trío de eclipses que tendrán lugar en 2026, 2027 y 2028, Soria volverá a situarse en el centro de la sombra: la línea central de la totalidad cruzará la provincia y convertirá a la ciudad en uno de los mejores lugares del mundo para contemplar un nuevo eclipse solar total.

A las 19:33 de la hora oficial del verano, el sol comenzará a apagarse lentamente. A las 20:29, cuando ya esté muy bajo sobre el horizonte -apenas a diez grados-, llegará la totalidad. Durante casi dos minutos, la tarde se romperá. Y entonces sucederá algo raro, delicado, profundamente poético: «el doble anochecer». Primero, la noche artificial del eclipse, súbita y antinatural, caída del cielo en plena tarde. Apenas unos minutos después, el anochecer verdadero, el de siempre, el que llega cada día sin asombro. Dos oscuridades distintas, una cósmica y otra cotidiana, encadenadas en un largo instante.

Como en 1860, no hará falta entender de astronomía. Bastará subir a una colina cercana y levantar la vista. El infinito volverá a hablar.

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