Miguelito el de Bombarral

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A propósito de los Therians y otras especies. Miguelito es un gato con piel de cordero. Puedes verlo asomado al frigorífico. Absorto en la profundidad alimentaria, disputa horas metiendo el cuezo. Vive hechizado por el brócoli. Pero jamás se le ha visto rehusar judías verdes o zanahoria pelada. Miguelito, al que también conocen por sobrenombre de Michael, por su extraño parecido con el pequeño de los Corleone, reside en Bombarral, pueblecito costero orillado al Atlántico, algo más allá de la periferia lisboeta que enfila al norte. Tiene ese gesto inexpresivo del que sólo es capaz otro Miguel, Miguel Ángel Silvestre (otro épico minino de la animación) en sus interpretaciones más intensas. Si te observa impertérrito, con gélida mirada esmeralda, te entran unas ganas locas de ponerte en paz con Dios, porque luego no aciertas a saber qué sucederá, como en la cinta de El Padrino. Miguelito es un gato con piel de cordero que vive en cuerpo bovino. Habitualmente te ojea con el desdén de la vaca que ve pasar al tren. Es como Juanito, el 7 infinito, una leyenda cautivada por esa banda en la que la el regate no es capaz de driblar a la furia. El callejón de los elegidos, donde el tiempo quedó varado en nuestra memoria. Ya no sé si Juanito es Miguelito o Miguelito es Corleone, como en la granja de Orwell. Todo se agolpa en un mundo cambiante a la velocidad de Vinicius, que es la samba del fútbol, que también podría ser Miguelito a dentelladas con la línea de cal del fondo, donde el talento es la virtud del felino que caza sigiloso, pero certero. Si un día, de paseo por Bombarral, os lo cruzáis por la calle, no le deis la espalda, miradle a los ojos, porque él, con su mirada, os dejará claro en qué clase de bestias os habéis convertido. ¿Por qué escribo esto a propósito de Miguelito? Porque luego está esa clase de humanos atrapados en el cuerpo de la gata Flora, que si la metes maúlla, y si se la sacas llora.