Aquellas campañas electorales

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Las campañas electorales en los partidos políticos son un cúmulo de vivencias donde puede ocurrir cualquier cosa. Los políticos, reconvertidos en candidatos para seguir siendo políticos, recorren casi de forma milagrosa todo su territorio en muy pocos días para tratar de captar el voto. Yo mismo podría escribir un libro sobre las muchas anécdotas que me ha tocado vivir en innumerables campañas. En dos ocasiones lo hice como candidato, pero en otras muchas más, y ahí está el mérito, como simple afiliado bajo la firme convicción de que el Partido Popular era un medio para cambiar las cosas a mejor. Jamás un fin. En algunas campañas nos tocó tragar saliva, mirar a los ojos de la gente cabreada, y aguantar el chaparrón de la manera más digna. Quienes fuimos en aquella fría tarde de campaña electoral para unas generales, llamando puerta a puerta por las calles de Castillejo de Robledo sin que nadie abriera, saben de lo que hablo. Y es que, aunque ahora sopla el viento a favor en muchos aspectos, hubo tiempos en que a muchos nos tocó defender y sostener unas siglas en circunstancias muy complicadas que ahora otros disfrutan. Pero también hubo momentos memorables y de grandes risas entre amigos recorriendo nuestra provincia en aquellas campañas de antaño. Y quizás la mejor de todas —o al menos lo es para mí—, fue la ocurrida hace unos veinte años en el bar de Fuentes de Magaña, cuando el entonces exministro, Jesús Posada, ofrecía un mechero a uno de los allí presentes. Esa tarde entramos en el bar el actual diputado nacional, Tomas Cabezón, y un servidor acompañando al candidato a diputado. Nosotros dos, que en esa época rondaríamos los veintipocos años, íbamos provistos de bolsas llenas de bolígrafos, mecheros, y, lo más importante, «los prospectos», que era como solía llamar Posada al programa electoral. El candidato y nosotros mismos íbamos entregando la publicidad a los allí presentes, cuando, al fondo, un hombre mayor y corpulento nos miraba con cara de póker; como nadie se iba sin su prospecto, Jesús Posada se acercó a aquel hombre y le ofreció el programa junto con un mechero. El señor, que no sabemos cuántos orujos llevaría, pero ya les digo yo que unos cuantos sí llevaba, le dijo: «que no, coño», a lo que Posada, con su conocida serenidad castellana, le insistió diciéndole: «tenga hombre, ¡cójalo!»; y en ese momento, —sepa el lector que mientras escribo esto me estoy descojonando por recordarlo—, un manotazo del rudo vecino a la mano del candidato hizo volar por los aires el mechero, estampándolo contra la pared y dejándonos a todos ojipláticos por la escena. La más que acertada contestación de Posada al alborotado hombre, otro día se la cuento. Pero fue buenísima. A buen seguro los distintos candidatos que estos días recorren la provincia vivirán también infinidad de anécdotas. Estoy seguro de que la película ha cambiado en los últimos años. Ahora priman las redes sociales, los vídeos en directo que se viralizan, y un sinfín de nuevas estrategias para captar el cotizado voto. Los tiempos cambian, ya saben.