Clavijo y un banco de morralla

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La ministra de Sanidad y las mil y una noches ya ha encontrado una desgracia en formato de crisis sanitaria con la que alimentar su famélico ego desde que se incrustó en el gobierno de Sánchez, como un zombi más, y dejó de darse refriegas de vanidad a costa de Ayuso. Ministra con chaleco frente al malecón y un par de ministros en descrédito, con una hora menos cada uno. Están a las siete y media y no acaban de llegar a las ocho. Cierto que esta ministra que, como los peces de ciudad, perdió las agallas en un gabinete de morralla, se ha encontrado con un Clavijo, que no es más ruin porque tiene retraso (de una hora), que ha servido para darle cuerda a ella y brindarle otra linde absurda al PP de Génova y sus samaritanos del sanchismo hasta que se dieron cuenta de que el canario piaba en exceso e imaginaba un puerto en el que las ratas son las primeras en abandonar el barco a nado en los mil quinientos estilos. Y ahí salió otra vez la ratita presumida de Mónica García, inconsciente de que se la acabará zampando el gato zalamero de Sánchez, que no bufa pero da zarpazos. De Clavijo no esperábamos nada. Es más, no sabíamos ni cómo se llamaba el presidente insular. Ha tenido que sobrevenirnos un hantavirus de crucero y travesía para que un Clavijo rija los designios de Canarias y la ministra no le llame. La ministra no llama a nadie si ve posibilidades de sacarle lustre a una desgracia. Asomó el morro después de que los servicios sanitarios de este país, que siempre están a la altura de un gran país, resolvieran con diligencia, certeza y agilidad la repatriación de los compatriotas que no quería recoger el patriota de Clavijo, que es harina de otra batalla. Con el mar de fondo, Mónica García salió a pregonar que había descubierto la penicilina o algo así. A Clavijo le han hecho un test de antígenos y ha dado negativo en neuronas, y escaso en cerebro. Las ratas se propagan por la política como el hantavirus en un crucero, de costa a costa. ¡Vaya calaña!