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Tributo al Hospital del Mirón

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Tenemos uno de los sistemas sanitarios mejores del mundo y en ocasiones lo olvidamos. Eso no es óbice para que a veces haya alguna mala experiencia entre la población. Con cerca de 50 millones de españoles raro sería que no la hubiera. En otras ocasiones es la clase política quien mancilla el nombre de la sanidad pública utilizándola como arma política para atacar al de enfrente. Un oprobio cada vez más extendido. Y desde luego, un acto vil que no solo desprestigia a la sanidad española, sino a quien verdaderamente hace posible que sea de las mejores del planeta: sus trabajadores. Soy de los que piensa que los hospitales, cuanto más lejos mejor. Pero cuando por circunstancias y con motivo de la enfermedad de algún familiar te toca pasar de forma intermitente y varias semanas por ellos en un entrar y salir que reconvierte el hospital en tu segunda casa, entonces realmente tomas conciencia de la suerte que tenemos con nuestro sistema sanitario. Y me quiero referir particularmente con esto al Hospital Virgen del Mirón de la capital. Huelga decir el fuerte arraigo que este hospital tiene entre los sorianos, aunque en muchas ocasiones despierte tristes recuerdos por los familiares que cerraron los ojos a este mundo bajo esos techos. Pero tanto los que allí fallecieron, como los que vuelven a salir tras su estancia, han tenido o tuvieron, la inmensa suerte de estar en las manos de unos profesionales a los que hoy me van a permitir rinda un merecido tributo. Y es que, tras los viejos muros del Virgen del Mirón, créanme que funciona, y muy bien, una maquinaria humana con un perfecto engranaje que redunda en el paciente. Desde el primero hasta el último y cada uno en su área -porque si uno falla toda la cadena se tambalea-, estos profesionales hacen posible que, en los momentos de la enfermedad del paciente, y en los de la estancia de sus familiares, todo sea más llevadero y sientas que estás en las mejores manos. El equipo médico, el cuerpo de enfermeras y los auxiliares de estas, los técnicos especialistas, celadores, personal de gestión, capellanía, seguridad, y la trabajadora social (Susana), son los sólidos pilares de este hospital. Cuando pasas allí varios días, les aseguro que no solo te das cuenta de la dureza del trabajo de algunos, sino que te planteas si tú mismo tendrías la paciencia de hacerlo con quien no es tu familiar, pero que percibes, sí que tratan como si lo fuera. Médicos buenos hay muchos; pero de esos a los que además les acompaña un halo de humanidad, cercanía y cariño cuando entran en la habitación, no tantos. Porque eso no siempre se aprende en la carrera, sino que se adquiere por otros factores o porque es innato al individuo. El doctor Berges, de la planta de Geriatría de nuestro complejo hospitalario en Soria es buena muestra de esa profesionalidad y de ese trato tan humano con el paciente y con su dignidad. Cuidemos nuestra sanidad. Pero, sobre todo, cuidemos a quienes nos cuidan. San Juan de la Cruz escribió eso de que “al atardecer de la vida nos examinarán del amor”. Y de ese amor al prójimo, al enfermo, o al que está en sus últimos momentos, en ese hospital son expertos. Gracias a todos, de corazón.