Heraldo-Diario de Soria

Jesús Lope

Yanguas, noviembre de 1839: la caza del contrabandista

Mientras la paz del Abrazo de Vergara resuena en Madrid, en la Sierra de Soria se libra otra guerra: la del estanco de la sal y quienes viven de desafiarlo. Esta es la crónica de José Jiménez, 'el Contrabandista'

«La sombra de los muros de Santa María guarda el secreto».

«La sombra de los muros de Santa María guarda el secreto».Imagen generada con IA.

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«NACÍ CONTRABANDISTA»

Nieva tenuemente sobre Cervera del Río Alhama. La noche es fría y cerrada: el cielo conspira con los que viven en las sombras.

Esta, como tantas otras, será para José Jiménez, el Contrabandista, una noche de trasiego. Pisando con tiento, avanza tirando de dos sufridos rucios catalanes. En sus grandes serones, más de trescientas libras de sal de Salinas de Oro.

De unos cuarenta años, Jiménez es, según las crónicas, de «estatura de cinco pies y dos pulgadas, cara larga, nariz afilada y baja la color». Viste pantalón y chaqueta de pana usada, medias azules y alpargatas cerradas. Lleva pañuelo viejo anudado a la cabeza, faja morada, zagones y, al hombro, manta de estameña rayada. Camina ajeno a que, poco después, la minuciosidad de un sumario atrapará su estampa «interesando su captura y puesta a disposición del Juzgado especial de la Hacienda pública de la provincia de Soria», donde tantos años lleva trajinando su mercancía.

Deja a la izquierda la ermita de la Soledad y, a la derecha, el cementerio. Esa es su vida: una senda oscura entre la soledad de los vivos y el reposo de los muertos.

Bien mirado –piensa–, no es un mal pasar.

Quien vive de noche no huye de los muertos, sino de los vivos.

Enfilan por el camino de Valdemadera. Sin llegar al pueblo, ante las puertas de la ermita de San Pelayo se descubre, arrodilla y santigua despacio. Su devoción viene de lejos, de cuando apenas un crío ya trajinaba a la estela de su padre.

–Nací contrabandista, soy contrabandista y contrabandista moriré –se dice.

Como su padre. Como antes el padre de su padre. Es la sangre. ¡Todos hijos del trato! Como el mártir ante el tormento: «Nací cristiano…».

Para Jiménez no es un rezo; es la ley. El destino.

Un respiro, y luego la sierra.

La Alcarama se alza oscura, imponente, envuelta en ese silencio de los pasos furtivos. Sus asnos conocen el camino: piedras sueltas, veredas estrechas, quiebras y barrancos.

Siguiendo el arroyo de la Fuente, inician la subida. Algunos copos se posan, suaves, sobre la manta rayada. La cabeza de José no descansa. ¡Maldita guerra! Pocos días atrás, por la Tabla de Fitero, no se hablaba de otra cosa que de aquel abrazo, el de Vergara. Dicen que la paz está cerca. Que las tablas del reino tienen los días contados. Que las aduanas se las llevarán al Pirineo. Y con ellas, arrastrarán su vida.

Si todo cambia. Si el cerco se estrecha, ¿qué será de su Tomasa y de los chicos, que se dejan los ojos y los dedos cosiendo alpargatas? El mundo del contrabandista, el de José, el de tantos otros de Cervera, de Aguilar, de Valdemadera; ese mundo de sombras y trajín, pende de un hilo tan fino como el mismo cáñamo.

En el Alto de la Nevera volverán a detenerse él y sus fieles rucios catalanes. Por el peso de la sal. Por la costumbre.

Oyen un aullido lejano. Las caballerías, intranquilas, aceleran el paso. Poco antes de la cima, sin llegar a la Nevera, José decide coger una trocha a la izquierda, hacia Las Lastras. No la conocen bien y no habrá descanso, pero alejarán el peligro. Teme a los lobos, sí, aunque, esta noche, teme mucho más al futuro: el que aguarda al otro lado de la sierra.

En el alto de la Paronera toman resuello. El Moncayo, blanco y rosa, se despereza al alba.

Dejando atrás la Paronera bajan por el arroyo de Los Tejos. En San Bartolomé, en Sarnago, un chasquido largo: «Chisssss».

Talegas. Teinta y cinco libras de sal, doce reales.

Como siempre, como hiciera tantas veces con su padre, busca el abrigo de los derruidos muros templarios de San Pedro el Viejo para pasar la noche.

Al día siguiente amanece un sol limpio, como una promesa. Siguiendo el Linares se acerca a la villa de San Pedro. Entrando al Coso, junto al Humilladero, la señal: «Chisssss».

Talegas. Sal. A doce reales.

El mercado fue el lunes. Es miércoles: poca gente, poco riesgo.

Pasada La Cuesta, al sol del mediodía, hace un alto. Saca un cuarterón de pan y los últimos lomos y come despacio mientras los rucios pacen tranquilos. Una siesta y, a un par de horas, Yanguas.

NEGRO SOBRE BLANCO

Mientras tanto, la pluma no descansa en los despachos.

Esta vez no son murmullos ni recelos; la orden es clara y tajante. El jefe político de Soria, José Matías Belmar, y el intendente de Rentas, Joaquín Copeyro del Villar, están hartos. Han advertido que en la sierra la sal corre sin tasa y se vende a la vista de todos, y denuncian la «criminal apatía de las justicias» de la Tierra de Yanguas con los defraudadores de la Real Hacienda.

El aviso llega, negro sobre blanco, en el Boletín Oficial de la Provincia por mano del subdelegado de la aduana de Ágreda, Esteban López de Medrano. No hay resquicio para quienes permiten que la sal de contrabando se venda «públicamente, acogiendo [...] en sus pueblos a los defraudadores». No es solo una advertencia. Es una amenaza por su permisividad con «los que se debe apresar y procesar».

Las justicias, alcaldes y alguaciles, lo entienden bien. Y aún mejor lo que viene detrás con peso de ley: «de lo contrario, á ellas mismas se les hará responsables de semejante delito y se les impondrá su pena».

La sierra ya no es la misma. Los caminos siguen siendo los mismos: veredas estrechas, barrancos, piedra suelta. Pero algo ha cambiado. Hay recelo. Desconfianza. Los alcaldes y alguaciles tienen familia y hacienda. Ahora también tienen miedo.

Y aquella noche, deciden cumplir.

SANTA MARÍA DE YANGUAS: LOS ALGUACILES AL ACECHO

La sombra de los muros de Santa María guarda el secreto. Como tantas veces. No hay prisa. Ni palabras de más. Melchora Blázquez, de Lería, llega primero, luego Petra Barranco, de La Vega. Cada una con su talega. Treinta y cinco libras. Lo de siempre.

—¿A cuánto, José?

—A doce reales.

—¡Virgen Santa! —susurra Petra.

José no contesta. ¡La maldita guerra! No hace falta. Talegas. Sal. Manos que trasiegan.

No hubo más.

Fue entonces.

Un chasquido, pisadas y una sombra entre las sombras.

–¡En nombre de la Justicia!

Los alguaciles saltan desde las tapias. Detrás, el alcalde. Se conocen. No se miran.

Melchora da un paso atrás, luego otro, gira y echa a correr, pero no puede llegar muy lejos. La atrapan antes de alcanzar su asno, junto al ábside. Cae la talega y la sal se derrama por el suelo. Brilla, inútil, a la clara luz de la luna.

Petra no se ha movido. Se queda donde está, estrujando la saca contra el pecho, y empieza a llorar. Sin ruido al principio. Luego, sin poder contenerse.

José tampoco se mueve. Paralizado, piensa en la Tomasa y en los chicos.

El alcalde habla: «…á los que se debe apresar y procesar…». Pero él no escucha.

La sal derramada no era sal, era pan.

Los llevan a rastras al Consistorio y los encierran en una habitación fría y oscura. No hablan. No se miran. Melchora llora todavía.

Luego el traslado a Ágreda. Puestos a disposición de la Justicia. Las bestias, la sal, el dinero: les quitaron todo.

Los nombres quedaron en las actas: José Jiménez, de Cervera. Melchora Blázquez, de Lería. Petra Barranco, de La Vega.

Cuentan en Yanguas que aquella noche el Cristo de la Villa Vieja se estremeció en el madero. Del costado –dicen–, gotas oscuras resbalaron al suelo.

El cerco se había cerrado.

ÁGREDA. HABLA EL FISCAL

Primero la cárcel: muros gruesos, aire espeso. Las puertas se cierran con un golpe metálico, sin eco de compasión.

–A un lado, los hombres. Al otro, las mujeres.

Cada cual, a solas con su miedo, ve cómo los días pasan confundidos con las noches. Cuando llega el auto definitivo ya han perdido la cuenta.

Desde Madrid, la Real gracia de indulto general expedida por S. M. la Reina el 10 de octubre abría una pobre rendija en aquellos muros.

El auto judicial es taxativo, según «lo espuesto (sic) en su razón por la parte fiscal debemos declararlo y lo declaramos a José Jiménez comprendido en dicho Real indulto, y por consiguiente perdonado de la pena corporal y de la pecuniaria en lo tocante de ella al fisco».

Perdonado. La palabra llega como un alivio.

Pero no es la libertad.

La letra sigue: «haciendo declaración del comiso de la sal aprehendida y las caballerías» más el quíntuplo del valor de la sal. ¡Seiscientos reales! Una vida.

Y aun así, pagan.

La ley premió, en cambio, a los delatores y a los captores: «con el abono á los aprehensores de lo que les corresponda á razón de los tres reales en fanega».

Nada volvió. Ni la sal, ni las bestias, ni el dinero. Todo tasado para ser repartido. Hasta el último grano.

A Petra Barranco y Melchora Blázquez, de La Vega y Lería, «por la buena fe con que se han conducido en sus declaraciones», se les absuelve de la multa del quíntuplo de la sal. Sin embargo, el tribunal les impone, «mancomunadamente con el reo José Jiménez, la satisfacción de costas del proceso por terceras partes».

El perdón tenía precio. Y no era bajo. Salieron de la cárcel, sí, pero no libres: con la deuda a la espalda y con la lección aprendida.

La Reina había firmado el perdón por la concordia. El Fisco se quedaba con todo: la sal, el dinero y los rucios catalanes. Ese fue su abrazo de Vergara.

Fuera, el Moncayo. Inmutable. Indiferente.

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