TRIBUNA
Soria 2 de octubre de 1905: la fiesta que acabó en un motín
El autor repasa el motín de San Saturio de 1905 que nació no solo de la supresión de los fuegos, sino de una fractura de la sociedad

«Mandaba la fuerza el capitán Lafita, quien actuó con gran acierto: dispuso que la Benemérita permaneciese inactiva mientras hablaba con los amotinados».Imagen generada con IA
El motín de San Saturio de 1905 no nació solo de la supresión de los fuegos, detrás había un malestar hondo, una fractura entre sociedad y política y unas arcas municipales exhaustas. Aquella crisis puso a prueba a la corporación presidida por Mariano Vicén Cuartero, unos hombres que entendían la política como un servicio y que prefirieron dimitir antes que ver cuestionada su honestidad.
La tensión se palpaba en el aire
El brusco cambio de tiempo experimentado en los últimos días ha sido el motivo de que, apenas acabada la feria, muchas familias de la buena sociedad que pasan los veranos en nuestra capital, se hayan apresurado a «hacer los preparativos de regreso a sus casas».
A esa desbandada otoñal contribuía también la certeza de que «los festejos en honor a nuestro patrón, San Saturio, no se conoce que tengan aliciente alguno».
Con tal lamento -un estribillo muy repetido- recoge la prensa local el hondo malestar que desde hace tiempo cunde entre los sorianos por los deslucidos programas de las fiestas patronales.
Nada más conocerse el elenco de actos programados para este año -«impropio de una capital de provincia»- ha estallado un general descontento, cundiendo el enojo por doquier, hasta el punto de que son muchos los que «están impacientes por manifestar su desagrado de forma ruidosa a la primera ocasión» que se presente.
Al término de la sesión ordinaria del viernes 27 de septiembre, los concejales del Ayuntamiento de Soria abandonaron las salas capitulares con gesto contrariado, bajo la mirada atenta del inspector Pereda y el guardia municipal Solaesa. La tensión se palpaba en el aire:
-La sesión no ha resuelto nada. Seguimos sin fuegos -murmuró Solaesa, con gesto preocupado mientras se ajustaba la teresiana.
-La gente está que trina -coincidió Pereda-. Tendremos tumultos, seguro.
-La visita del rey nos dejó sin duros y ahora no hay festejos -lamentó Solaesa.
-Baja la voz, nos pueden oír y no conviene levantar recelos -cortó Pereda.
Con la declaración de Monumento Nacional treinta años antes y la visita regia del 24 de agosto para inaugurar el gran obelisco de Aceña, Numancia se había convertido en un símbolo sagrado de la resistencia y el patriotismo español.
A la exaltación de esa memoria se entregó con orgullo aquella Soria que estrenaba siglo. Su corporación municipal, con don Mariano Vicén Cuartero de presidente, no escatimó fastos ni caudales para agasajar a Alfonso XIII, como merecía la ocasión.
Sin embargo, el pulso de la calle latía a otro compás. El heroísmo de Retógenes, Ambón, Megara o Leucón se antojaba un eco demasiado lejano para unos sorianos preocupados más por sus próximos festejos patronales que por monumentos de piedra y gestas ancestrales.
Mientras el soberbio obelisco, custodio de las glorias de la antigüedad, recortaba su silueta en lo alto del cerro de Garray, no lejos, en la capital, el suelo de la Soria real comenzaba a temblar.
La pedrea
Llegó la noche del lunes 2 de octubre, festividad de San Saturio. Suprimidos los fuegos artificiales, el único acto previsto era el baile público de la plaza de la Constitución. Bastó para prender la mecha. «Cuando ‘la Numantina’ empezó a tocar, el pueblo protestó silbando estrepitosamente y gritando que se retirara la música á la vez que dedicaba fuertes insultos á la Corporación Municipal y al Alcalde».
En tanto en la plaza se caldeaba el ambiente, los concejales estaban celebrando «un banquete en la Casa Consistorial, que como siempre costeaban de su peculio particular». Entre la multitud se oyeron voces:
-Ellos comiendo y el pueblo sin fuegos.
-¡A Berlanga! ¡Se los han llevado a Berlanga! -gritó alguien.
-Y otros en Madrid, con el gabacho -apuntó una voz maliciosa en alusión a la visita a España de Loubet, presidente de la República francesa.
-Si lo consentimos no tenemos cojones -remataron voces «que hicieron que los ánimos se fueran exacerbando» sobremanera.
«La multitud invadió el lugar donde tocaba la música y la hizo retirarse». Ello obligó a intervenir -con la mejor voluntad- al alcalde Vicén y al concejal Gaspar; sin embargo, al intentar detener a los que se acercaban con torcidas intenciones, fueron arrollados por la muchedumbre.
«Los vigilantes y municipales que intentaban imponer su autoridad eran igualmente atropellados», volviéndose la situación muy crítica. La protesta ya no era un simple concierto de silbidos, gritos y exabruptos; ahora la masa avanzaba hacia la Casa Consistorial. La tensión aumentaba a cada paso. La muchedumbre se acercaba al lugar donde se encontraban los señores concejales, «profiriendo grandes insultos y los mayores denuestos» y exigiendo a voces «la dimisión del Alcalde». Pero al ver que «permanecían impasibles» sobre la escalinata, se soliviantaron aún más. Fue entonces cuando empezaron a escucharse los gritos que algunos proferían:
-«¡Vamos á apedrearlos!».
«Y empezó una horrorosa pedrea, que en un principio se dirigía sólo á los concejales, pero refugiándose estos en el interior del edificio, hicieron blanco en los cristales y bombillas, que caían destrozados con gran estrépito».
En ese desorden, algunas piedras y vidrios rotos alcanzaron al inspector Pereda y a varios empleados del consistorio. Mientras, a Solaesa, el guardia municipal, «le arrebataban la teresiana» que, elevada como un trofeo improvisado, volaba de mano en mano entre la turba encendida, como si hubiera decidido convertir en un juego su propio tumulto.
Cuando la multitud era ya dueña de la plaza, «aparecieron seis números de la Guardia Civil al mando del oficial Sr. Hernández» que, con gran tacto, aplacó la situación haciendo que «una comisión subiese al Ayuntamiento a exponer lo que el pueblo pedía».
Pero, al no haber acuerdo posible, reiniciaron la asonada. «Los amotinados intentaron asaltar la casa municipal llegando hasta las escaleras». La Guardia Civil, que impidió el asalto, no pudo evitar que arreciase la pedrea «con caracteres verdaderamente alarmantes».
Todo era un caos. Las piedras golpeaban la fachada. Los cristales estallaban con estruendo. De pronto, por encima del tumulto, comenzó a abrirse paso un sonido muy distinto: el metal de cascos de caballos que avanzaban al galope.
Lafita toma el mando
La plaza era un hervidero. Mientras los amotinados se hacían fuertes en su centro, «buen número de curiosos observaban los acontecimientos» desde las bocacalles laterales. Fue entonces cuando aparecieron ocho números de la Benemérita a caballo que, con gran estruendo, entraron desde el Collado al tiempo que dieciocho de infantería rodeaban a la multitud accediendo «por el arco que da a la calle de la Zapatería».
«La caballería empezó á dar una carga por donde estaba el público pacífico». Al verse éste en peligro, comenzaron los gritos, caídas y carreras, refugiándose -«con gran indignación»- en las casas y soportales de la Audiencia.
Mandaba la fuerza el capitán Lafita, quien «apenas enterado de la situación», actuó con gran acierto. Dispuso que la Benemérita permaneciese inactiva mientras hablaba con los amotinados, que reclamaban la retirada de la Guardia Civil. Lafita «atendió este ruego de acuerdo con la promesa que le hicieron de que ellos evitarían cualquier desorden que de nuevo se promoviese».
-¡Viva Lafita! -se oyó gritar-. ¡Viva la GuardiaCivil!
-¡Viva! -coreó, al unísono, la multitud.
«En medio de aplausos, desapareció toda la fuerza [pública]».
Así, con estas mismas palabras, describiría los hechos el cronista de «El Avisador Numantino» en su edición del jueves 5 de octubre de 1905.
Con carácter irrevocable
«En las Salas Capitulares de la Ciudad de Soria, siendo las once de la mañana del día seis de Octubre de 1905», el Ayuntamiento se reunió en sesión extraordinaria para afrontar las consecuencias de los graves sucesos ocurridos.
Según los registros custodiados en el Archivo Municipal, el ambiente era muy distinto al de la plaza: el estruendo de las piedras había dado paso al silencio solemne del acta municipal: «que firman los señores concejales y yo Santiago Ceberio Secretario, certifico».
Mariano Vicén Cuartero abrió la sesión convencido de que el descontento popular no había sido espontáneo, sino alimentado por quienes trataron de «torcer la opinión pública propalando falsos acuerdos é intrigando á las masas para producir los desórdenes que se lamentan».
La Corporación quiso también responder a la principal acusación que había prendido entre los vecinos. La supresión de los fuegos artificiales, explicó, no obedecía al desinterés ni al capricho, sino a una realidad mucho más prosaica: las arcas municipales estaban exhaustas «con motivo de los gastos que originó la venida de S.M. el Rey para la inauguración del monumento á Numancia».
Aún hubo una confesión más elocuente. Zornorza recordó que incluso los fuegos del año anterior habían salido adelante gracias al dinero adelantado por algunos miembros de la Corporación:
-«He de hacer constar que si el año pasado hubo fuegos tuvieron que anticipar la cantidad algunos concejales, cantidad que, por las necesidades del erario, todavía no ha sido posible reintegrar».
Pero el pleno no se limitó a justificar su gestión. La herida abierta por el asalto al ayuntamiento y por las coplas satíricas difundidas en los casinos había quebrado la confianza de los ediles, que consideraban lesionado el decoro de la institución y, con él, su propio honor.
El concejal Arjona lo resumió con una frase:
-«Esta Corporación, en el tiempo que los dimitentes han formado parte de ella, ha sido honrada, pudiendo decir que con la frente limpia entraron y con la frente limpia salen».
Y, casi en bloque, presentaron su dimisión con carácter irrevocable.
El propio Mariano Vicén Cuartero, aunque el gobernador civil no aceptó inicialmente su renuncia, quiso solidarizarse con sus compañeros y presentó también la dimisión de su cargo de concejal, «que llevaba implícita la de alcalde presidente».
Vicén Cuartero, Arjona, Telesforo Tovar, Eduardo Urraca, Manuel Herrero, García Zornorza, José M. Pascual, Gaspar, Álvarez, Aparicio y Ramón presentaron su dimisión convencidos de haber actuado con rectitud.
En aquella Soria de 1905, donde «frente limpia», «decoro» y «hombría de bien» tenían un profundo significado, aquellos hombres creyeron que solo podían marcharse con el mismo honor con el que habían llegado.
«Con la frente limpia entraron. Con la frente limpia salieron».