Heraldo-Diario de Soria

MÁS SE PERDIÓ EN CUBA

Ignacio Soria Aldavero

Señoritingos

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En los meses de verano la capital rebosa de gentes. Y para el comercio local esto es un verdadero balón de oxígeno. Al final no hay que volverse loco sobre qué le ocurre al comercio; todo pasa por la simple ecuación de que, a mayor afluencia de gente en las calles, mayor probabilidad de que entren a comprar. Después, cuando se marchen y nos quedemos los de siempre, surgirá el eterno debate de si ha habido menos gente que otros años, o que sí que han venido, pero han gastado menos. Si en la capital se nota y mucho esa afluencia, en los pueblos aún se nota más. Calles vacías durante los meses de invierno recobran como por arte de magia la alegría y el bullicio de antaño. Niños jugando sin la supervisión de los adultos y hasta unas horas impensables en las grandes ciudades, reencuentros entre paisanos con amenas charlas a pie de puerta recordando a quienes ya no están con anécdotas de otros tiempos, o la iglesia llena de feligreses el día de la fiesta grande, son la típica estampa de estos días en nuestro mundo rural. Pero lo que desde fuera vemos como un ‘flashback’ maravilloso de lo que un día fueron nuestros pueblos, para muchos alcaldes puede convertirse en una verdadera pesadilla. Y es que, entre tanto visitante, no hay pueblo soriano donde no se cuele el temido “tocapelotas sabelotodo”, dispuesto a sacar de quicio a quien se le ponga por delante. Créanme cuando les digo que no hay cosa peor que esos personajes que salieron un día de su pueblo con la maleta medio vacía, y que después volvieron con ínfulas de saber más que nadie, y con el firme propósito -antes de marcharse de nuevo-, de querer demostrárselo a medio pueblo con el tacto y las formas del mismo burro que a buen seguro montaron de niños. El otro día me encontré a un alcalde de un pueblo de nuestra provincia soriana y me relató el calvario que arrastra con uno de esos tocapelotas de los que les hablo. Me dijo que, a pesar de su paciencia, tuvo que ponerlo en su sitio porque la situación era ya insostenible. Hace años ya escribí sobre este animal rural de dos patas y que se salva del peligro de extinción por circunstancias que se me escapan; pero tras la charla con el alcalde, además de recuperar a tan siniestro espécimen, sí me avivó la idea de que, a nuestros alcaldes del medio rural, no se les reconoce debidamente la labor que realizan todo el año -y sin cobrar un duro en la mayoría de los casos-, pero luego en cambio, y en pocos días, sí se les somete a un juicio sumarísimo presidido por cuatro señoritingos. Que si necesito un documento y lo necesito para ayer; que qué hay de lo mío; que qué cara es el agua si yo no la gasto; que si ese trozo de tierra era de mi tatarabuelo y me lo habéis robado; que si huele a caca de vaca; que si me molesta el tañer de las campanas… El actor Fernando Fernán Gómez no pudo acuñarlo mejor: ¡váyase usted a la mierda! Qué razón tenía. Y nuestros alcaldes, qué paciencia.

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