TRIBUNA

Jesús Lope

Soria 19 de septiembre de 1905: el garañón zaíno

Cada septiembre, la feria de ganado de Soria reunía a miles de tratantes llegados de toda España. Donde había grandes negocios también abundaban los timadores. En 1905, un labrador de Castilruiz llegó a la capital con un magnífico garañón zaíno, dispuesto a hacer el mejor trato de la feria

Recreación por IA de una feria de ganado antigua.HDS

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«Lo desapacible del tiempo» -con una lluvia que no cesa de caer, «produciendo á la vez intenso frío»- obliga a Fermín Martínez a detenerse en la Venta de Valcorba. Arrastra desde Castilruiz, siete leguas de marcha y ocho horas de camino. La capital, por fortuna, ya no queda muy lejos.

Viste pantalón largo de paño negro, chaleco de escote en pico sobre camisa blanca y una chaquetilla ceñida a la cintura. Con sombrero de ala ancha, Fermín calza esparteñas de Cervera sobre medias de lana parda.

Bien abrigado con su tapabocas de estameña rayada, tira del ronzal de un hermoso garañón zaíno, un asno padre por el que espera sacar, al menos, setenta duros en la feria de Soria.

Frente al poyo de la puerta, junto a otras caballerías que llevan, seguramente, su mismo destino, ata el asno y entra en la venta:

-¡A la paz de Dios! -saluda, cortésmente, Fermín.

-Y a usted con ella -responden los presentes casi al unísono.

-¡Que aproveche! -sigue.

-Igualmente. Y buena feria -contestan.

Al calor de la lumbre, sentado en un banco corrido, se descubre y pide unos callos con garbanzos:

-Bien calientes -añade-. Y un porrón.

-¡Chiguita, unos callos bien calientes! -vocea el mesonero, mirando a la cocina-. ¿A la feria? -pregunta; y enseguida, sin esperar contestación-: cuentan que hasta ayer, tratos, se han hecho pocos. Si acaso los Balbinos de Las Fraguas que han “plantao” en el Ferial más de cien reses con tres soberbios toros.

-A ver hoy cómo pinta el astro… -concluye Fermín, echando mano al porrón.

Al terminar el plato sale de la venta, se ajusta el tapabocas y echa un vistazo al cielo, que sigue descargando una llovizna fina y obstinada. Respira hondo. A ver si hay suerte -piensa mientras desata el garañón y le acaricia el lomo, suavemente, con la palma de la mano-, porque vales lo tuyo. El animal resopla, como si sintiera la trascendencia de aquel día.

Y con ese ánimo, emprenden juntos el último tramo hasta la capital.

¿CUÁNTO POR EL ZAÍNO?

Al llegar a las inmediaciones de la plaza de toros, Fermín contempla la inmensidad de la feria: San Benito, la Tejera, el Ferial y las Eras de Santa Bárbara se ven a rebosar de bestias, tratantes y visitantes. Los mugidos y berridos de bueyes, vacas y terneros; los relinchos, bufidos y resoplidos de asnos, mulos y caballos, se mezclan con las voces, risas y gritos del gentío.

Unos discuten, acalorados, examinando dentaduras, alzadas y pesos para fijar precios; otros se dan la mano una, dos y hasta tres veces, sellando algún trato. Fermín, que no quiere perder tiempo, busca un buen sitio para lucir su asno garañón. Elige un lugar junto al coso taurino, no lejos de su puerta monumental.

-¿Cuánto? -pregunta un feriante que, sin esperar respuesta, abre los belfos del garañón y observa con atención su dentadura. Levanta una pata trasera, luego otra delantera y, para terminar, pasa su mano por el lomo del animal.

Fermín advierte entonces que quien insiste con tal descaro es un tratante gitano:

-¿Cuánto por el zaíno?

-Setenta duros. Ni uno menos. Y vale más -contesta Fermín Martínez, aún molesto por tanto atrevimiento-. Mírelo bien, que es zaíno de estampa, sin lucero. Está estrenando los colmillos y tiene fuerza para cubrir y trabajar lo menos diez años.

Bartolomé Jiménez -que así se llama el gitano y ha calado los muchos duros que el asno vale- propone entonces el cambio del burro por un macho mular de su propiedad.

Como Fermín no contesta, el chalán, perro viejo en el arte del chalaneo, con aparente cordialidad, insiste:

-Mire, amigo, yo lo que quiero es «hacerle un favor», ¿sabe “usté”?

-¿Un favor dice usted? ¿Y qué favor? -recela Fermín.

-Claro. El macho mular que tengo aquí ya está apalabrado. Es para un molinero de Almazán, un payo de mucho “parné”. Mire -añade Bartolomé, sin darse por vencido, señalando con la mano-, por allí anda.

Y con una amplia sonrisa, dando unas palmadas en la grupa del macho, sigue:

-Hace un rato me ofrecía ochenta duros por él. Haga cuentas: si me da su burro y algo de dinero, “uste” se lleva un mulo que revende en dos minutos y sale ganando porque su burro, ya se ve que vale setenta.

Fermín alza la vista. A pocos pasos un hombre, el rostro bien afeitado a navaja, visera y recias botas de cuero negro, observa la conversación con gesto impaciente. Al advertir que le miran, se acerca:

-No me haga perder mucho tiempo, Bartolomé -dice con voz apremiante-. Ya sabe lo hablado: ochenta duros.

Y vuelve a alejarse entre la gente. Sin prisas, con parsimonia.

Setenta duros son setenta duros. Pero ese mulo… -duda Fermín al ver la escena sin saber si subir el precio o asentir

-Mejor que eso. “Usté” me da el zaíno y cinco duros de diferencia y se lleva el macho. Luego lo vende al molinero y se gana cinco duros. “Asín”, sin despeinarse.

Fermín, ansioso por cerrar el negocio antes de que el comprador se esfumara, regatea rápido y logra rebajar la diferencia a solo tres duros, creyendo así que su ganancia será aún mayor.

Bartolomé insiste una vez más:

-¿Qué me dice?

El castilruiceño, que ve una ganancia fácil y rápida, acuciado por la prisa, cae finalmente en el engaño: «dió al gitano su burro y tres duros por el macho». En sus cuentas, con los tres duros de más ya descontados, la operación le dejaría siete duros de beneficio.

«Claro está que mientras fueron á extender las oportunas guías del cambio desapareció el molinero y no se le volvió á encontrar».

Llevando el macho del cabestrillo, Fermín se percata al fin del engaño y, no tardando, va en busca de la autoridad.

«Conducidos a la Inspección de vigilancia», frente al sereno, el gitano Bartolomé, lejos de amedrentarse adopta de inmediato un aire de profunda indignación y lástima:

-De un payo, sabe “usté” -se lamenta ante Lenguas que, chuzo en mano, hace gala de su autoridad- no se “pue” uno fiar. Te la juegan por menos de “na”. ¡Si es que a mí también me ha “timao” el “menda” ese!

Su actuación fue tan convincente y su billetera tan escurridiza que no hubo forma de rascarle un céntimo. Por suerte, Enrique Lenguas, el sereno, que ya conocía bien a Bartolomé, «denunció el trato, que fué deshecho, conformándose el de Castilruiz con perder los tres duros que el gitano dijo habérselos gastado».

DE VUELTA

Pese a la lluvia y el frío, «se han hecho muchas ventas» en la feria de este año -apunta el cronista de El Avisador Numantino del jueves 21 de septiembre- a compradores, en su mayoría, «madrileños, catalanes, aragoneses y valencianos».

«De la estación del Ferrocarril salieron el día 19, 4 vagones de ganado vacuno; ayer 14, y para hoy existen pedidos 8 vagones, y se espera salgan más de 15; estos vagones van destinados á Valencia, Madrid y Cataluña; los compradores aragoneses todavía no han debido realizar compras, pues ningún vagón han pedido».

Al tiempo que los trenes salían de la estación de San Francisco en dirección a Barcelona, Valencia o Madrid, Fermín y su garañón zaíno emprendieron el regreso a Castilruiz.

En Aldealpozo, mientras el animal bebía, Fermín dejó correr el agua entre las manos. Respiró tranquilo. Había perdido tres duros, pero llevaba de vuelta a su garañón zaíno.

Le acarició la testuz y emprendieron de nuevo el camino.

A veces -pensó- la mejor feria es aquella de la que uno regresa con lo que había llevado.