Gallinero, domingo 1 de octubre de 1882: «Pax tecum»
Con esta crónica queremos recuperar un sensacional episodio, acontecido en la Soria de finales del siglo XIX, relatado por el cronista Francisco García López. Lo que comenzó como una picaresca travesura termina revelando el reverso más humano de los personajes. Curas tacaños, niños astutos, alcaldes escaldados y médicos ilustrados, se convierten en verdaderos protagonistas de nuestro pasado

«Hilario, bajando los escalones del presbiterio se encaminó hacia los bancos reservados a las autoridades, se plantó frente al regidor, le ofreció la plancha candente y, con mirada inocente, musitó con devoción: ‘Pax tecum’, señor alcalde».
LA OLLA DE LOS CHORIZOS
Corría el año 1882. En la rectoral de Gallinero residía el cura párroco, don Braulio Delgado, una cuñada que le servía de ama y tres sobrinos hijos de ésta.
Don Braulio administraba la casa con mano harto estrecha: el sustento para su cuñada y sus tres sobrinos era solamente lo justo para mantener el alma, que no el cuerpo. Pero el mayor de ellos, que se llamaba Hilario, con diez años recién cumplidos y más resabiado que el mismísimo demonio, había hallado —no por casualidad— la llave de la despensa que su tío, un Dómine Cabra con sotana, guardaba a muy buen recaudo.
Hacía tiempo que Hilario, para sorpresa de don Francisco —Francisco García, el maestro de primeras letras—, salía de la escuela como alma que lleva el diablo. Pensando en los chorizos, corría a casa y, antes de que su tío regresara de su paseo diario daba buena cuenta de un par de ellos, si no de tres o cuatro.
Aquel ocho de septiembre de 1882, Natividad de Nuestra Señora, amaneció en Gallinero con ese cierzo frío que baja de Cebollera anunciando ya la cercanía del largo invierno soriano.
Al dar las nueve, un pertinaz repique de campanas convocaba a los vecinos a misa mayor. Mientras todo el pueblo se vestía con sus mejores galas para la ocasión y don Braulio, asistido por el sacristán, preparaba la celebración, Hilario abría sigilosamente la despensa de la casa parroquial, daba buena cuenta de los últimos chorizos que quedaban, y, no saciado del todo, hacía sitio aún para unos buenos lomos de la olla.
Cuando el travieso rapazuelo, bien harto, llegó a la iglesia —pues como monaguillo que era debía ayudar a misa—, la corporación municipal en pleno ocupaba ya sus escaños. Todos vestían sobrias capas castellanas de tupida lana parda con unos cuellos tan altos que casi les tapaban las orejas.
Terminada la función litúrgica, como era costumbre, el alcalde Lucas Almarza Neila y todos los concejales acompañaron al párroco hasta la casa parroquial, donde don Braulio les sirvió las tradicionales copas de aguardiente.
Fue entonces, con la copa de anís en la mano, cuando el señor alcalde dijo al sacerdote:
—Esta mañana, a lo que parece, por algún motivo de enjundia tardó en llegar a la iglesia el sobrino de usted, don Braulio —observó el regidor.
—Usted dirá, señor alcalde —respondió el cura, intrigado.
—Porque durante la misa, cuando me ha dado a besar la paz, pude oler que el muchacho había comido chorizos.
En cuanto la corporación salió a la calle, abandonando la rectoría, don Braulio corrió al cajón de la cómoda donde escondía la llave, la cogió y abrió la despensa. Al comprobar que en las ollas faltaban todos los chorizos y buena parte de los lomos, la sangre le hirvió a borbotones. Sin perder un segundo fue al Bajero a buscar al rapazuelo. Lo encontró jugando despreocupado, no lejos del arroyo de la Madrastra, lo agarró de una oreja y lo arrastró de vuelta a casa.
Allí le esperaba la vara de fresno.
—¡Demonio! ¡Ladronzuelo! Te has comido todos los chorizos. Te voy a dar yo chorizos. Y lomos también —le gritó don Braulio, descargando la vara de fresno, una y otra vez, sobre sus costillas.
—¡Ay… ay…! ¡Que yo no he sido, tío, lo juro! —gritaba el chico, intentando zafarse de los palos—. ¡Por la Virgen que yo no he sido!
—¡Aún lo niegas, hereje! ¡Al infierno irás por mentiroso! —insistió el párroco, sin parar de sacudirle, ahora en las piernas.
—¡Si la despensa está cerrada y sólo ‘usté’ sabe ‘ande’ está la llave, tío! ¡Ay, ay!
—¡Cuando diste la paz al alcalde bien olías a chorizo, gandul! —remató don Braulio antes de soltarlo—. Anda, vete, que si no… te, te…
Hilario no olvidó en mucho tiempo el escozor de la vara de fresno en las piernas y aún menos a aquel que lo había delatado: el señor alcalde, don Lucas.
La venganza estaba en marcha.
EL HIERRO DE LA PAZ
«Llegó el primer domingo del mes de Octubre; fiesta del Santísimo Rosario, y con el mismo ceremonial de costumbre, dio principio la misa».
En la penumbra de la sacristía, Hilario preparaba los instrumentos de la ceremonia. Los «hierros de dar la paz» —aquellas gruesas paletas de metal grabado con la efigie de la Virgen y el Crucificado y un asa para ofrecerlas al beso de los fieles— descansaban sobre la mesa. El mozuelo tomó uno de ellos por el mango y lo encajó entre las ascuas incandescentes del brasero del incienso.
Cuando el dichoso osculatorio estaba candente, Hilario se dispuso a dar la paz: a las mujeres con el hierro frío de la mano derecha y con el de la izquierda a los hombres. Unas y otros ocupaban lados distintos de la iglesia, ellas, el lado del Evangelio; ellos el de la Epístola. Como era tradición.
Disimuladamente, dio a besar primero a su tío y al otro monaguillo el portapaz que tenía en la mano derecha. Luego, bajando los escalones del presbiterio con solemnidad calculada, se encaminó hacia los bancos reservados a las autoridades. Se plantó frente al regidor, le ofreció la plancha candente y, con mirada inocente, musitó con devoción:
—«Pax tecum», señor alcalde.
Y le acercó el portapaz.
Don Lucas inclinó el rostro y posó confiado los labios en el metal.
—¡Aggg! —gritó el regidor con terrible dolor, echándose las manos a la boca.
El muchacho, sin perder un instante, tiró los hierros al suelo y, «aprovechándose de la confusión», salió corriendo del templo.
«Algunos de los que estaban en la Iglesia y tenían buen olfato, percibieron un olor que no era a incienso, pero si a carne quemada».
Terminada la celebración, todos los vecinos clamaban reparación y castigo para el autor de tal «atentado» contra la autoridad del Sr. Alcalde. Así lo cuenta Francisco García López en su crónica del Avisador Numantino.
Pero Hilario «no aparecía por ninguna parte». Nadie sospechaba dónde podía estar.
«HE COMIDO MORAS»
«Dos días después de la desaparición de Hilario, estaba un pastor apacentando las ovejas en un punto próximo a la dehesa de Garagüeta, cuando oyó que le llamaban por su nombre a bastante distancia»:
—¡Vicenteee! ¡Vicenteee!
El pastor, que así se llamaba, alzó la vista y «conoció que quien le nombraba era Hilario, que estaba en un alto».
—¡Hilario! —exclamó con gran sorpresa Vicente—. ¿De ‘ande’ sales tú? ¡Buena la has ‘liao’ en el pueblo! Pero vente ‘p’acá’, rapaz, que no te escucho bien —añadió.
—No. «Lo que tengas que decir dímelo donde ahí» —contestó el mozuelo con desconfianza.
—¿Pero vas a bajar? Dime al menos… ¿Qué has ‘comío’ estos días ‘pa’ sustentarte?
—Moras, he comido moras… ¡moras con moras! —contestó con aplomo el de los chorizos y los lomos.
Y dejando un coscurro de pan que le quedaba sobre una piedra, el pastor se despidió del chaval.
—Ahí te dejo el pan que me queda, que chorizos no gasto. Y más te valía volver al pueblo, antes de que cambie el astro.
Una vez cerradas las ovejas y las cabras en sus majadas, le faltó tiempo al pastor para visitar a don Braulio y darse importancia contándole cómo había conocido el paradero de su sobrino.
«La noticia de haber visto el pastor a Hilario se divulgó con rapidez en el pueblo, conviniendo todos los pastores, llevar sus ganados al día siguiente por los rincones de la dehesa de Garagüeta». Fue entonces cuando el señor cura les pidió que empleasen «todos los medios posibles» para que el contumaz sobrino volviera a casa, «de grado o por fuerza».
Así lo decidieron en asamblea todos los pastores de Gallinero —y aun de Lumbreras y Cerveriza—, y así lo hicieron; acordaron que lo más conveniente era formar un círculo para, estrechándolo, cogerlo. Ya daban por seguro el triunfo, mas no contaban con que el mozuelo «tenía buenas piernas y pudo burlarse de sus perseguidores» fácilmente.
Y de aquella manera pasaban los días.
Pero como el sentir de la gente es harto mudable, se produjo un rápido cambio de opinión: los pastores empezaron «dejando parte de sus meriendas para que el avispado muchacho no pereciera de hambre y, en el pueblo, «los que al principio pedían castigo ya solo emitían frases de clemencia». A este sentir piadoso se sumaron, especialmente, el señor alcalde, la madre de Hilario y... hasta el rígido sacerdote.
Así, ante el temor de que el zagal pereciera a causa de un accidente, por el hambre o devorado por las fieras, fue la palabra sensata del médico, don Bernardo Pérez, la que inclinó todos los ánimos a la compasión al manifestar «que lo ocurrido no dejaba de ser una travesura disculpable».
El sexto día de la huida, el señor cura, su cuñada y el señor alcalde —aún con los labios inflamados por el ósculo de la paz— «comunicaron a todos los pastores que dijesen al chico que regresase a casa; que no le castigarían, que le recibirían con agrado».
Mas Hilario, que recelaba de tanta promesa —y no había olvidado la vara de fresno— no hizo caso ni el sexto, ni el séptimo; pero el octavo día, apurado por los ruegos, entró en el pueblo «a la hora en que los pastores encerraban el ganado, dirigiéndose solo a casa de su tío».
Don Braulio, que lo vio entrar con el rabillo del ojo, dijo solemne:
—«Este es mi hijo pródigo, muerto era y ha revivido; se había perdido, y es hallado».
Anda, entra, que las moras no engordan.