Heraldo-Diario de Soria

Jesús Lope

Soria, julio de 1892: al filo de la modernidad

«El salón de actos —hoy «Salón Rojo»— estaba abarrotado». Imagen generada con IA.

«El salón de actos —hoy «Salón Rojo»— estaba abarrotado». Imagen generada con IA.

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LA MANDÍBULA DE JOSEFA CARRASCÓN

Aquel julio estaba siendo –en palabras de la prensa– «caluroso en exceso y seco». El termómetro de la caseta del Observatorio Meteorológico del jardín botánico del Instituto Provincial llevaba días marcando máximas. Mientras, el higrómetro –por llevarle la contraria– se obstinaba en las mínimas.

En la memoria de aquellos profesores y alumnos –futuros maestros de una Soria que soñaba con el progreso– reunidos en el «salón de costumbre» para las Conferencias Pedagógicas de 1892, aún resonaba la celebración oficial, el pasado sábado 16, de la llegada del tren a la ciudad.

La gratitud por la llegada del ferrocarril se extendió por las instituciones sorianas. La Corporación provincial, a propuesta de su presidente Carlos Alonso de Martirena, acordó colocar el retrato de don Ramón Benito Aceña presidiendo el salón de sesiones, en reconocimiento tanto a su «filantrópico acto de haber entregado quinientas pesetas para los pobres de la provincia» como a las «incesantes gestiones que por espacio de tantos años» había realizado para dotar a Soria de su «ansiada vía férrea».

El Ayuntamiento tampoco quiso quedarse atrás y nombró hijo adoptivo de la ciudad al Excmo. Sr. Marqués del Vadillo, actual subsecretario de Gracia y Justicia, por cuanto había hecho para satisfacer las aspiraciones de los sorianos «en la cuestión del ferrocarril. Reciba nuestro sincero aplauso».

La llegada del tren, lejos de acabar con las diligencias, las había multiplicado. En breve se establecería «un servicio diario de coches de Soria á Villanueva de Cameros y á la misma capital de Logroño». Gracias a este enlace, «cameranos y riojanos llegarán á la estación soriana desde donde el ferrocarril más cómoda y brevemente les llevará á la Corte».

Aquella ciudad humilde mostraba su faz más moderna tras los muros del Hospital Provincial de Santa Isabel. Allí, el lunes 18, envuelto en el dulzón vaho del cloroformo, el «celoso Médico-Cirujano del Hospital Sr. Colmenares y los también acreditados profesores señores Tovar, Maestre y López Bernal» realizaban una proeza quirúrgica propia de una capital principal: «la resección parcial del maxilar inferior de una vecina de Trébago por un tumor».

Era una lucha desigual: el afilado metal y el pulso firme del cirujano frente a veintiocho años de obstinado dolor. La infeliz enferma, Josefa Carrascón, «que sufrió con gran valor la operación, continúa á la hora en que escribimos estas lineas, en un estado satisfactorio» –reseña con admiración el cronista de ‘El Noticiero de Soria’ en su edición del miércoles 20 de julio–.

Josefa Carrascón, alma trebagueña curtida al aire del Moncayo, se aferraba a la vida, ajena por completo a que su mandíbula cercenada era el mayor monumento a la modernidad que Soria había levantado durante aquel año de 1892.

La ciudad, sin embargo, no vivía solo de proezas médicas ni de homenajes ferroviarios. Mientras digería sus novedades –el tren, el bisturí–, en el Salón de Actos del Instituto Provincial, se libraba otra batalla. Menos visible. Igualmente reveladora.

«ATINADOS CONCEPTOS»

Durante tres días de julio de 1892, el Instituto de Segunda Enseñanza de Soria –donde se ubicaban también las Escuelas Normales– se convirtió en un improvisado ‘ring’ intelectual y moral. Bajo la presidencia del inspector de Primera Enseñanza, Juan Manuel de la Cuesta, los futuros maestros y maestras de la provincia se reunieron para debatir las cuestiones más acuciantes que dividían al magisterio. El salón de actos –hoy «Salón Rojo»– estaba abarrotado.

Un Real Decreto de 16 de julio de 1887 había establecido que las escuelas rurales mixtas debían ser «servidas», preferentemente, por maestras. La razón oficial era pedagógica; la real, económica.

Las maestras cobraban menos que los maestros. Para ayuntamientos pobres y para una administración escasa de recursos, nombrar una maestra suponía un ahorro evidente. De pronto, muchas plazas que antes ocupaban hombres –¡incluso de dirección de escuelas de ambos sexos!– empezaban a recaer en mujeres. Lo que estaba en juego ya no era solo quién enseñaba, sino quién mandaba.

Entre los asistentes destacaban, de un lado José Narro, veterano defensor de los métodos tradicionales, a quien correspondía tratar el espinoso asunto de «Las maestras en las escuelas de ambos sexos».

De otro, Ramona Broto, joven maestra de esta Capital. Sin los años que daban autoridad a Narro, pero de verbo claro y con la seguridad de quien ya había visto las escuelas rurales por dentro. Le correspondía hablar de «Paseos y excursiones escolares», un tema que muchos consideraban menor, pero otros, peligrosamente moderno

Aquel discurso de Narro, presentado como un alegato moral, escondía un temor muy concreto: el de perder plazas que el magisterio masculino había dado por inamovibles. El profesor, que empezó con palabras de cortesía y modestia, con voz cada vez más grave defendió que la mujer poseía «menor capacidad intelectual que el hombre» –salvo raras y honrosas excepciones– y una «debilidad de carácter» que la incapacitaba para la enseñanza y la dirección de escuelas mixtas. Su verdadera misión –afirmó rotundamente– se encontraba «en el hogar doméstico», como hija, esposa y madre.

El calor se hacía notar en la sala. Muchos abanicos batían el aire. Alguien abrió las ventanas y el alboroto de la calle se coló de repente. Era jueves, día de mercado, y los que venían de los pueblos expresaban conversando a voces su alegría de estar en la capital. El mundo real seguía su andadura, ajeno a la pedagogía pasada y a la futura.

Aquel bullicio contrastaba con el lugar donde se libraba el debate, un escenario emblemático: desde 1876 Soria contaba con una Escuela Normal de Maestras. La institución había sido creada para formar profesoras que atendieran las nuevas necesidades educativas e impulsaran la alfabetización femenina en la provincia, abriendo a muchas sorianas una puerta –hasta entonces vedada– hacia la vida profesional y el crecimiento personal. No es extraño que buena parte del magisterio masculino percibiera aquel avance como una incierta amenaza.

Tras el discurso de Narro, «la joven y aventajada Maestra de esta Capital, Doña Ramona Broto», se levantó despacio, sin precipitación, y mirando un instante hacia las ventanas abiertas, se volvió a los presentes:

–El niño –dijo con entusiasmo y «atinados conceptos»– no debe limitarse a memorizar entre cuatro paredes: debe «observar, experimentar, descubrir la naturaleza».

Tras una leve pausa, mirando al auditorio continuó:

–El movimiento fortalece el cuerpo «que adquiere por su efecto grandísimo desarrollo». El contacto con el entorno despierta la inteligencia y «la contemplación de las maravillas de la naturaleza, educa los sentimientos morales».

Y tras otra breve pausa, la joven maestra, concluyó:

–Es imprescindible propagar este «moderno medio de enseñanza». «Más aún teniendo en cuenta las malas condiciones que en general reúnen las escuelas», sobre todo las escuelas rurales.

Narro, que veía asaltado el fortín de su prestigio social y profesional, no tardó en replicar. No cuestionó la utilidad de los paseos sino su viabilidad práctica: la organización escolar, la escasez de medios, la dificultad de sacar a los alumnos fuera del aula…

Una resistencia burocrática contestada por la señorita Broto «con singular acierto indicando los medios de vencer tales dificultades»:

– «Por ahora –admitió con gran prudencia– sólo pueden tener lugar en escuelas poco numerosas».

Algunos de los maestros más jóvenes asintieron tímidamente; el resto del salón permaneció en un silencio que no era, precisamente, de aprobación.

Cuando el presidente de la mesa resumió las sesiones, el resultado dejó clara la mentalidad dominante. Si bien se aceptaba la utilidad de los paseos escolares, en el punto más polémico la conclusión fue tajante: «Es perjudicial a la educación y a la enseñanza el que las maestras dirijan las escuelas de ambos sexos».

Nadie aplaudió.

Ramona Broto, «la joven y aventajada Maestra de esta Capital», guardó silencio.

UN CAMINO SIN RETORNO

Las Conferencias Pedagógicas de aquel julio de 1892 se cerraron con una paradoja amarga. Mientras Soria celebraba el silbido del ferrocarril y se asombraba ante la precisión quirúrgica que salvaba vidas en el hospital de Santa Isabel, en el Salón de Actos del Instituto la historia parecía haberse detenido.

El viejo reloj de Santa Catalina, legado de una universidad ya extinguida, dio las dos. Era el eco de un tiempo que ya no existía. Soria aceptaba el progreso que llegaba en vagones o al filo del bisturí, pero temía el que vestía faldas.

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