Monasterio de San Francisco y Jaime IV (I)

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"El encuentro de la arquitectura con la
religión (y por ende con la muerte)
ha sido uno de los acontecimientos más
felices en todas las áreas culturales de la tierra”
Pedro Navascués Palacios
El entrecomillado de la frase introductora es nuestro. Extramuros de la ciudad de Soria se encuentra uno de los monasterios más interesantes, desde el punto de la investigación, de nuestra ciudad, San Francisco.
No vamos a profundizar en él, para ello recomendamos la lectura de «Monasterio de San Francisco extramuros de la Ciudad de Soria, aportaciones a su historia», (Soria 2012); «Los cementerios municipales de la Ciudad de Soria», (Soria, 2013) y «Monasterio de San Francisco. Extramuros de la Ciudad de Soria entorno a sus enterramientos» (1585-1830), (Soria,2021), todos ellos del cálamo del padre Rufo Nafría Yagüe.
Esta última publicación, sobre la que ya realizamos algunas anotaciones en colaboración con el cronista de Soria, Martín de Marco, nos lleva, una vez más, al tema del ámbito funerario.
Recordemos, como ya se ha escrito, que la elección del lugar y el espacio de enterramiento durante siglos era competencia única del difunto (Orlandis, 1959 y 1976, de la Casa, 1992 y Martínez Gil, 1996), quien en vida determinaba su deseo ya fuese un monasterio, un convento o una parroquia en concreto y para ello debían dejarlo por escrito en su testamento e incluso podía indicar el lugar concreto.
Si entramos en los conventos franciscanos podemos observar las diatribas iniciales tanto a la hora de la construcción de inmuebles, como el ser utilizados como cementerios «civiles» y aunque al principio se dio una cierta reticencia, la verdad es que hay monasterios de esta orden que han llegado a ser auténticas necrópolis. El monasterio de San Francisco en Valladolid, según el historiador Arco Garay, fue: «inmenso panteón de nobleza, personajes de la realeza, religiosos insignes, franciscanos, reos y condenados a muerte» e incluso algunos monasterios se convirtieron en auténticas catacumbas, caso del convento limeño de San Francisco de Jesús, en donde se llegaron a enterrar 25.000 personas.
En Castilla, tanto los franciscanos como las clarisas, siempre contaron con importantes mecenazgos, poseyeron cementerios propios gracias a las mercedes recibidas. Llegando a obtener el privilegio de: «confesar y enterrar en cualquier parte del reino», no olvidemos que San Francisco fue un santo, como ya hemos indicado otras veces, con una importante y vigorosa devoción asociada claramente con la muerte y la meditación.
En la centuria del XVI, según la documentación existente, podemos observar como se intensificó la costumbre entre los seglares de ser acompañados en sus últimos momentos de vida por miembros de la comunidad franciscana y ser amortajados con el hábito de esta orden, todo ello con el fin de mostrar ante Dios su humildad y poder gozar de las correspondientes indulgencias, especialmente en época de Clemente VII (1523-1534).
Este Pontífice utilizó las indulgencias de forma habitual, vinculándose estas a limosnas, que sirvieron para financiar construcciones religiosas y hospitales.
Según avanza el tiempo se va perdiendo la costumbre de enterrar a las dignidades, ya eclesiástica, ya seglares, en los claustros y empieza a ser más habitual hacerlo en el templo.
El monasterio de San Francisco de nuestra capital, y como ha escrito Artigas y Corominas, no fue ajeno a los apoyos de la casa real desde tiempos de los Trastámara, ni a los de las élites de la ciudad.
Así vemos como en su interior son sepultadas personas de las familias más conocidas: Vera, Barnuevo, Morales, Calderones, Aguileras, etc.
Entre otros personajes, siempre se ha mencionado al denominado Jaime IV de Mallorca (Perpiñán, 1337 – Soria, 1375), hijo de Jaime III y Constanza de Aragón. En realidad, fue Infante de Mallorca, jurado heredero en 1338, duque de Calabria y rey consorte de Nápoles.
Este miembro de la realiza mallorquina falleció en nuestra tierra y en el Archivo Nacional de Francia se encuentra una copia de su testamento. Signatura: Cámara de Cuentas de París, registros de tierras de Aragón y Mallorca. P1354 1 nº 814.
En el citado testamento ante el notario público, Martín Ferran, y en la habitación de Juan Ferran, archidiácono de Soria, se encontraba gravemente enfermo: «el serenísimo Príncipe señor Jaume,…, ilustre Rey de Mallorca,…, aunque gravemente enfermo y yaciente en la cama, pero sano de entendimiento, manteniéndose en su buena memoria y sano recuerdo de su propia mente, …, el notario infrascrito, y hablante y pidiendo al mismo señor rey de Mallorca enfermo, si quería y deseaba reconciliar su alma y sus obras y hacer algún testamento de su herencia y de sus bienes, según atañía u convenia a toda persona ilustre, con palabras rectamente subscritas en la reunión efectuada, habló, manifestó y dijo bien alto, …, y no morir intestado».
Este documento ha llevado a la Universidad de las Islas Baleares y al Consell Insular de Mallorca a realizar un proyecto arqueológico en el ‘Espacio de la antigua iglesia del convento de San Francisco de Soria’, bajo la dirección de la arqueóloga doña Helena Inglada Grau.
Sobre las intervenciones arqueológicas realizadas en los años 2008 y 2026 nos centraremos en nuestra próxima sábana quincenal.