Las merinas volvieron a atravesar sin problemas la Cañada Real a su paso por las calles de Soria y encarar su regreso a Los Campos, en Tierras Altas. / ÁLVARO MARTÍNEZ-

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PEDRO CALAVIA
Soria

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La tradicional romanza con la que se despedía en un lamento a los pastores cuando partían hacia lugares lejanos no tiene, que se conozca, una réplica celebrando el regreso de los ganados y sus guías a las tierras propias.

 

Nunca es tarde, si se mantiene la costumbre, para celebrar la vuelta con una buena letra y una música sin adagio, como se canta en la despedida. Las esquilas de las merinas en su vuelta a casa parecían tener otro compás ayer, más ‘allegro’, con una cadencia que invitaba a la sorpresa y a la curiosidad de los viandantes en una mañana de jueves, cuando la capital soriana aumenta sus latidos gracias al habitual mercado de los jueves.

El ganado trashumante llegó a las diez y media de la mañana en las inmediaciones de la estación ferroviaria del Cañuelo, tras una noche de eclipse y de traqueteo, no sobre sobre los rieles como antes, sino sobre el asfalto. Más de un millar de cabezas de ovino desembarcaron de tres camiones llegados de tierras manchegas, y fueron acompañadas por sus guardianes, para cruzar el corazón de Soria, imprimiendo un toque vistoso a la ciudad en una estampa habitual antaño y más abundante en número de reses, y que ahora, aunque sea por dos veces, (la siguiente será en noviembre) deja esa impronta con sabor a tradición y a raíz de unos años que vuelven, aunque sea por un instante, a la retina de mayores y a las usanzas contadas por éstos a generaciones menos longevas.

EL MUNDO-DIARIO DE SORIA acompañó a Eduardo del Rincón, de Los Campos, en la conducción de su ganado, (1.070 cabezas) desde Soria hasta Garray, en una jornada «no tan calurosa» como otras vividas por el ganadero, y en la que cerca de veinte personas, a pie, en coche y a caballo, tomaron parte para reivinidicar un rito que antes era obligado y que ahora se ha convertido en un hecho circunstancial, espoleado por el romanticismo de unos y avalado por la voluntad del propietario que se sintió satisfecho y agradecido por el trato dado a su ganado en su paso por las calles sorianas.

La Cañada Real Soriana, fuera de la capital hacia Tierras Altas, discurre por subidas y bajadas entre pequeños valles con algún tramo empinado, lo que no supone problema para quienes entregan la vida al pastoreo. Aunque Eduardo confiesa que nunca ha hecho la transhumancia a pie, hasta Ciudad Real, sí que recuerda otros tiempos en donde el tren era el vehículo apropiado para llevar a cabo el trayecto. En su familia, también de ganaderos, la costumbre era llevar el ganado a pastar hacia La Mancha, aunque también otros compañeros de la zona «acudían a Badajoz e incluso a Andalucía».

Este año, él ha sido el único que ha salido de la demarcación de Tierras Altas. Un viaje que lleva repitiendo «desde los 16 años y tengo ahora bien pasados los 50». Toda la vida a caballo entre las dos mesetas, apurando en una y en otra el mejor alimento para el ganado y dejando la familia a la espera del ansiado regreso.

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