Heraldo-Diario de Soria

Ángel Hernández, el cura de Soria que comparte mesa con los más pobres, lleva al papel sus lecciones de vida

Publica ‘Palabra viva. Enciende 30 días', un libro sobre el perdón, las relaciones y el valor de los momentos cotidianos: “Muchas veces hemos perdido lo importante por lo urgente”

El padre Ángel Hernández Ayllón.

El padre Ángel Hernández Ayllón.MARIO TEJEDOR

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Ángel Hernández, el sacerdote que comparte mesa y vida con los más vulnerables de Soria, ha recogido en su primer libro algunas de las enseñanzas que ha encontrado en la fe y en la vida. 'Palabra viva. Enciende 30 días’ nace después de 33 años de sacerdocio y propone dedicar cuatro o cinco minutos diarios a detenerse en cuestiones como el perdón, el diálogo o el cuidado de las relaciones. “No es un libro diseñado para que aprendas a rezar, sino para que aprendas a vivir”, explica su autor, conocido en Soria por su labor de acogida en la parroquia de Golmayo y por el acompañamiento a las personas que están en prisión.

El párroco recuerda como un preso le dijo que deseaba salir de la cárcel para contemplar un atardecer con su hija. Fuera de prisión, ese gesto, explica, está al alcance de cualquiera, pero dentro es un anhelo. “Tú y yo lo podemos ver cualquier día, sin embargo no lo hacemos”, reflexiona el sacerdote soriano, que reúne esta y otras enseñanzas en el libro, informa Ical.

El padre Ángel comparte su vida con quienes llegan al Hogar de la parroquia y necesitan un lugar desde el que empezar de nuevo. También comparte la mesa de Nochebuena. Antes de esta etapa, cuando era párroco de La Mayor, invitaba a cenar a personas sin hogar y a presos con permiso penitenciario.

Ese contacto con las dificultades de otros también está presente en el libro. Hernández considera que la pobreza y el sufrimiento constituyen una escuela desde la que comprender el Evangelio. Su propósito es acercarse a esas realidades desde la experiencia, “no teóricamente sino en la vida compartida”.

La obra reúne versículos que le han ayudado a lo largo de su trayectoria, reflexiones y experiencias personales, además de testimonios de figuras como Irene Villa o el nadador Michael Phelps. No responde a un acontecimiento concreto que le impulsara a escribir, sino a una etapa de pensamiento y reflexión sobre lo vivido.

Una de las lecciones procede de su infancia. Siendo niño, rompió un botijo de su abuela. Lo que conserva de aquel episodio es la manera en la que ella respondió, pues ella no convirtió el error en una carga de culpa y antepuso el cariño a su nieto al valor del objeto.

“Somos mucho más que las equivocaciones que cometemos”, sostiene. Esa experiencia le permite hablar del perdón y del valor de una persona más allá de sus errores, una idea que atraviesa también su relación con quienes buscan ayuda.

El libro plantea un recorrido de 30 días que puede comenzarse en cualquier momento del mes. Para los meses de 31, el sacerdote propone volver a la reflexión que más haya gustado al lector. La intención es que unos minutos de lectura permitan recuperar la atención hacia aquello que las prisas relegan.

“Muchas veces hemos perdido lo importante por lo urgente”, remarca para proponer que frente a esa tendencia, aprovechemos los momentos gratuitos, el tiempo compartido y la capacidad de disfrutar de lo cercano. En este sentido, recuerda una reciente salida con un amigo a la sierra de Cebollera, donde la niebla cambió el paisaje y añadió otro atractivo al paseo. La naturaleza, el silencio y la contemplación forman parte de esa invitación a detenerse.

También dedica espacio al diálogo entre personas que piensan de manera distinta. “No tenemos por qué ser enemigos cuando pensamos de distinta manera”, afirma.

Al respecto, Hernández cuestiona la facilidad con la que se colocan etiquetas políticas o religiosas y confía en que el libro llegue también a quienes no creen o se han alejado de la Iglesia.

Su preocupación por una fe vinculada a la vida cotidiana incluye a los migrantes, las personas sin hogar, los presos y las familias que cuidan de hijos con discapacidad. En estas últimas reconoce un sufrimiento y un cansancio que necesitan acompañamiento. Defiende una espiritualidad que se interese por esas dificultades y que encuentre sentido en las relaciones humanas.

Hernández defiende una fe vinculada a la vida cotidiana y cuestiona que quede reducida a ritos y normas. “El Dios que yo intento vivir es un Dios encarnado”, explica. Esa manera de entender la fe también le lleva a rechazar las etiquetas: “Dios no pone etiquetas. La única que nos pone es que somos hijos suyos”.

El prólogo está firmado por Martín Valverde y Lizzy Watson, a quienes considera parte de su familia. Hernández explica que ambos le animaron en este camino y que pudo acompañar a su hijo enfermo, José Pablo, y presidir su funeral.

Presentado la pasada semana en el Casino de Soria, ‘Palabra viva’ aspira a provocar pequeños cambios en la mirada del lector. El sacerdote los sitúa en los encuentros cotidianos y en la posibilidad de que las relaciones sean “un vehículo para recibir esperanza, alegría, amor en la vida” como aquel atardecer que un padre deseaba volver a compartir con su hija.

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