Historia
Un notable sampedrano, obispo de Mallorca y León, quiso abrir una casa de retiro para descarriadas
Juan Fernández de Zapata y Malo (1663-1729) tuvo problemas con las autoridades, a pesar de gozar de fama de caritativo

Castillo de San Pedro Manrique.
Llegada la primavera, y siempre, merece la pena subir hasta San Pedro Manrique, otrora San Pedro «cabe Yanguas», capital de las 25 aldeas que componían su tierra, distribuidas en los sexmos de Huérteles, Oncala, Carrascales y Bea. Y nos hemos acercado hasta Tierras Altas en búsqueda de noticias sobre Juan Fernández de Zapata y Malo, uno de los cerca de cien obispos nacidos en la actual provincia de Soria sobre los cuales llevamos años trabajando de cara la publicación de sus vidas, «Deo volente», en «Revista de Soria». Ofrecemos, pues, unos breves datos sobre el mencionado personaje desconocido para todos los sorianos, como muy bien puede deducirse por el hecho de no ser citado por José Antonio Pérez Rioja en sus «Apuntes para un diccionario biográfico de Soria».
Natural de San Pedro Manrique y bautizado el 24 de marzo de 1663 en la parroquia de San Juan, radicada al norte de la villa y próxima al castillo, de la que fueron parroquianos los gobernadores de Villa y Tierra. Fue hijo de Gaspar Fernández Zapata y de María Malo, familia de hidalgos, varios de cuyos miembros ejercieron cargos en los que se exigía nobleza y expediente de «puritate sanguinis».
Aprendió las primeras letras, al igual que otros niños, en la escuela de la Villa, ya documentada el 30 de abril de 1609, fecha en la que consta la presencia de Juan de Antoñanzas, ocupado en el noble arte de enseñar «la doctrina cristiana y a leer, escribir y cantar a los niños de los vecinos de esta villa y tierra». Luego estudió, se lee en el «Diccionario Biográfico Español» de la Real Academia de la Historia, en las universidades de Salamanca y Alcalá, y en la de San Antonio de Portacoeli, de Sigüenza, se graduó de bachiller en Cánones, el 5 de enero de 1685, y de licenciado el día siguiente. Ocupó el curato de la insigne colegial de San Pedro en Soria, ciudad en la que, además, ejerció de juez eclesiástico.
Fue relator del Consejo de la Inquisición (1696), inquisidor de Galicia (1705), oidor de la Chancillería de Valladolid (1707), capellán de honor de su majestad…
El 1.º de junio de 1722 se le presentó para la Diócesis de Mallorca y el 16 de agosto, en la iglesia de San Martín de Madrid, de monjes benedictinos, fue consagrado por Juan de Camargo y Angulo, natural de Ágreda, obispo de Pamplona (1716-1725) e inquisidor general (1720-1733), asistido por Benito Madueño Ramos y Dionisio Mellado Eguíluz, titulares de Sión (1698-1739) y Lares (1716-1737), ambos auxiliares de la primada de Toledo.
Tomó posesión de la diócesis por apoderados y el hecho de no haber seguido algunos usos y costumbres le creó, desde el principio, «malestar y cierto enfrentamiento entre el obispado y la ciudad». Actitud, la del prelado, que nos recuerda, en cierto modo, la de un obispo enviado por Dios a la diócesis de Osma-Soria que se llamaba y llama Gerardo. Muchas de las autoridades, en represalia, no acudieron a su entrada solemne, el 8 de noviembre de 1722.
Juan Fernández Zapata, que era un hombre reservado, rígido, intransigente y decidido a mantener un estricto celo en su diócesis tras los caóticos años de su antecesor, Atanasio de Estérripa Tranajáuregui (1711-1721), llegaba en la isla totalmente desconcertado por la situación que se estaba viviendo. Contó con gran cantidad de espías que le informaban de las costumbres, en especial sexuales, por lo que pretendió abrir una casa de retiro para mujeres de conducta descarriada, oponiéndose radicalmente toda la ciudad. En su visita pastoral a la parroquia de Alcudia quiso disparasen las salvas de honor, a lo que se negó la Audiencia y el obispo reaccionó excomulgando a algunos de sus ministros. A pesar de ello gozó fama de ser caritativo, tener un carácter devoto y melancólico «aunque excesivamente rígido en ciertas convicciones».
Informado el monarca de sus enfrentamientos con sectores civiles y con el cabildo catedralicio, que envió un representante a la Corte para defender sus derechos y que terminase con el autoritarismo del obispo, el 3 de agosto de 1729 se le confirmó como obispo a León, si bien no llegó a posesionarse. De camino a su nuevo destino, en la villa de Aniago (Valladolid), una repentina y fulminante enfermedad acabó con sus días el 12 de octubre de 1729 y su cuerpo fue sepultado en la cartuja, actualmente en ruinas, de Nuestra Señora de dicha villa, que había sido fundada en 1441.
Años antes, en concreto el 13 de enero de 1728, Juan Fernández de Araujo, vecino de Soria, con poder el obispo, fechado el 13 de abril de 1727, informaba que Lucas Jerónimo Yáñez de Barnuevo, caballero de la Orden de Calatrava y marqués de Zafra, de igual vecindad, había tomado del prelado un censo, al redimir, por importe de 4.000 ducados de principal. El censo, que había pasado ante Baltasar Sánchez Duero de Velasco, el 20 de diciembre de 1701 no ha llegado a nuestros días. Y en la primera de las fechas citadas, confiesa el apoderado haber recibido del nominado marqués, por mano de Matías Roncal, 72.080 reales para redimir varios censos, entre ellos el anterior.
Otra referencia se data el 30 de diciembre de 1728, si bien suponemos que habrá bastantes más en las escrituras de protocolos notariales y en las actas capitulares de la insigne colegial de San Pedro de la ciudad de Soria. En esa ocasión, Isabel de Ortega y Santa Cruz, viuda y heredera de Martín de Esparza y Zapata, vecino que había sido de Soria, asegura que por muerte de Bárbara de Zapata, de la misma vecindad y tía de dicho Martín, quedaron bienes muebles y raíces que heredó Isabel usufructuariamente. El caso es que vende a Juan Fernández de Zapata, obispo de Mallorca, representado por su poderhabiente, Juan Fernández de Araujo, todas las huertas, casas, herreñales, huertos y demás bienes que poseía en el lugar de Los Rábanos, sus términos y labranzas por 16.500 reales. Heredades que fueron apeadas ese mismo año.
Cuando aún no peinábamos canas frecuentábamos aquellas Tierras Altas pasando agradables ratos y amenas charlas con Antonio Arroyo, Alfonso Gonzalo, Víctor Sanz, el «périto don Grabriel» y su secretaria que ya nos dejó…, Carmen la peluquera, Irene la primera mujer que pasó el fuego, la bibliotecaria Dolores y su prima Luisa, ésta recientemente fallecida como nos informaba el también sampedrano Sergio del Rincón. Nos unimos al dolor de la familia de la finada recordándola con cariño y elevando una oración por su eterno descanso y porque Dios, en su infinita misericordia, la haya acogido en su seno. Descanse en paz la amiga Luisa.