Prevención contra la peste en la villa de Ágreda a finales del siglo XVI
El Ayuntamiento ordenó cerrar las puertas del recinto amurallado con el fin de evitar el contagio

Acta del Ayuntamiento de Ágreda de 19 de agosto de 1589.
La peste, producida por la bacteria «Yersina pestis», fue una enfermedad endémica en Cataluña durante el siglo XVI con constantes brotes que causaron gran mortandad, siendo la que mayor repercusión tuvo y la más devastadora la epidemia correspondiente al periodo de 1586 a 1592. Durante el mencionado siglo se padecieron en el principado alrededor de treinta y cinco años de pestilencia bubónica, distribuidos en nueve periodos, que marcaron la vida cotidiana de sus habitantes hasta bien entrado el silgo XVII.
Luego vendría la peste atlántica o cantábrica, que de las dos formas se la conoce, que asoló el norte de España y especialmente la corona de Castilla entre los años 1596 y 1602. La epidemia tuvo su origen en Santander, con la llegada de un navío procedente de Calais y Flandes, desde donde pasó a Oviedo en 1598 y al valle del Duero al año siguiente. Se calcula que falleció entre un 10 y 15% de la población del reino de Castilla, es decir más de medio millón de víctimas.
En el primero de los casos, del que nos vamos a ocupar dejando la peste cantábrica para que sea estudiada, Deo volente, por Pilar Francisca Ruiz Cacho, el Ayuntamiento de la villa de Ágreda, en la periferia del reino castellano, hubo de adoptar controles estrictos para intentar frenar el contagio. También recurriría, como en infinidad de lugares se hizo, al auxilio de lo alto. De hecho, sus autoridades, si bien a principios del siglo XVII trataron sobre la construcción de una ermita dedicada a San Sebastián y a San Roque, por este orden.
La primera referencia que hemos podido documentar se remonta al sábado 19 de agosto de 1589. Son las actas capitulares del concejo las que nos informan que, en la reunión de ese día, se hizo saber que en Cataluña morían de peste. Extremo, éste, del que tenían noticia por relación hecha mediante una carta de la ciudad de Tarazona, así de como se ponían los medios oportunos para evitar el contagio en pueblos comarcanos. Ágreda, sabedora de ello, se previno con antelación.
Tratado sobre el asunto acordaron los munícipes, para evitar la catástrofe sanitaria, “se cierren las puertas y solamente queden abiertas solamente la puerta Almacan y la puerta de Añavieja y el azer cerrar las demas puertas y portillos y de donde se a de tomar el dinero para ello, y el horden que ha de aver en guardar se comete a don Diego de Castejon y Joan Andres de Fuenmayor, regidores, y que lo que se oviere de gastar en ello se tome prestado de lo de los montes de Valdehierro”.
Se comete, de igual modo, y apodera a los comisionados «para que nonbren y conpelan las personas que vieren que conbiene para guarda de las dichas puertas y para que abren (sic por hablen) al cabildo desta villa para que, como otras vezes se a hecho, ayuden a guardar las dichas puertas».
Además, para que se den «mandamyentos para las aldeas, para que se haga en ella la mesma diligençia y visiten mesones y ospitales y se pregone en esta villa que nyngun mesonero ny otras personas reçiban persona nynguna del dicho reyno de Catalunya ny del reyno de Aragon sin traher testimonio los del reyno de Aragon, donde oviere salud, y del susodicho reyno de Catalunya de ninguna manera».
Pocos días después, el 9 de septiembre, se volvió a tratar señalando que, con el fin de que tuviera mejor efecto, estaban cerrados los pasos por donde se podía entrar en la Villa y puestas puertas en todas ellas. Quedaban abiertas las puertas de San Lázaro, la del Arco, la de Almazán y la del convento de franciscanos descalzos de San Julián, ordenando que en las de San Lázaro y de Almazán «se hexaminen los testimonyos de los que extrangeros y que no puedan entrar por otra parte».
El 12 de noviembre, consciente el concejo «que en el reyno de Valencia y Cataluña y otras partes mueren de peste», nombra sobreguardas de puertas para esa semana, como ya lo había hecho en otras ocasiones. Nombramiento que se repite el 18 y 25 de noviembre… y 30 de diciembre.
Ya en 1590, el sábado 13 de enero, tenía entendido la justicia y regimiento de Ágreda haber cesado la pestilencia en Cataluña «y que en los pueblos comarcanos no se guarda ni se guarde de aquí adelante y las llabes de las puertas se pongan en el archivo y la fusta del rio la haga recoger y guardar don Diego Ruiz Castejon».
Me viene a la memoria, al socaire de lo que se documenta sobre los prohibición de acceso a los catalanes y sin ningún ánimo de ofender, aquello que recoge el romancero popular cuando asegura que
Desde el fondo de un barranco
grita un negro con afán:
¡Dios mío, quien fuera blanco,
aunque fuera catalán!