Milagros, jubilada, trabajadora desde los 11 años y aún en activo: «Fui feliz de pastora y sirviendo y en la fábrica; cada persona es un mundo»
El trabajo marcó la trayectoria vital de esta soriana al dejar la provincia en su adolescencia para marchar a Pamplona, pero siempre mantuvo una profunda conexión con su pueblo, Sarnago, que hoy ayuda a reconstruir. Con la nostalgia justa y sus botas pisando el suelo de Tierras Altas más de la mitad del año, Milagros reflexiona sobre su historia, que es la crónica de una generación forjada en el esfuerzo

Milagros Jiménez Lasanta.
Trabajó de pastora, sirviendo y en una fábrica. Siempre se pasó de hora y fue feliz. «Me dio pena dejar la escuela, pero no me supuso ningún trauma», recuerda Milagros. Acostumbrada a bregar y a hincar el lomo como ya no ocurre, conmemoramos con ella el Día del Trabajador. No le da tiempo a ir a la manifestación del 1º de Mayo porque está de hacenderas ayudando a reconstruir su pueblo, Sarnago. Hija de Román y Sebastiana, nieta de Casimiro y Milagros, a Milagros Jiménez Lasanta (Sarnago, 1949) aún le parece oír a las ovejas en aquella "finca tremenda" de la Virgen del Monte, allí en las Tierras Altas de Soria.
P. Hablamos en el Día del Trabajo y de los trabajadores. ¿Qué tipo de trabajadora ha sido usted? Perdón, es.
R. Efectivamente. Ahora, ama de casa. Las mujeres no dejamos nunca de trabajar. Mira, cuando estuvimos aquí en el pueblo (por Sarnago) fui muy poquito a la escuela y enseguida comencé de pastora, con las ovejas al campo. Luego, a ayudar a los padres a segar, a recoger la cosecha, a plantar en la época de siembra...
P. ¿Cómo fue aquel primer trabajo suyo de pastora en Soria?
R. A mí me gustan mucho los animales. Me daba pena dejar la escuela, pero a eso de ir con las ovejas y los perros al campo iba contenta. No me supuso ningún trauma ¿eh? Fui feliz, pero claro, es que en los pueblos no había otra cosa. Ibas a las ovejas, venías a casa a ayudar a barrer, fregar, echarles a las gallinas, a los conejos, a los cerdos... y todas esas cosas. Toda la vida así hasta que, ya algo más mayor, estuve sirviendo en una casa 4 años. Ahí aprendí mucho. De vivir en un pueblo a ir a una casa a Pamplona, con tan buena gente...
Cuando entré en ella y vi la fregadera y luego el baño le dije a la señora ‘ jo, aquí hay muchas fuentes, en mi pueblo nada más que una’. (Ríe). Me enseñaron mucho. Sabía hacer todo, pero el campo es muy distinto a una capital. Había que planchar, barrer, y todas esas cosas sí las sabías, pero había diferencias: en el pueblo teníamos planchas de esas antiguas que se le metían las ascuas dentro y allí eran eléctricas, por ejemplo.
P. Unos marcharon a Logroño, otros a Zaragoza y también a Pamplona, como su familia.
R. Efectivamente. La gente empezamos a irnos porque aquí en el pueblo no nos daba para todos. La tierra que había no llegaba para todos los habitantes del pueblo. Si había 60 vecinos y en cada casa había 8, 10 hijos, o los que hubiera, no había trabajo suficiente. Y entonces la gente empezó a emigrar. Fue sobre los años 60 o así. Unos, como dices tú, a Navarra, otros a Logroño, a Barcelona, a Bilbao. Mis padres fueron de los últimos que se marcharon de Sarnago, no sé si fue en el 69 o por ahí. Cuando ya no le dejaron sembrar, porque hicieron la parcelaria, le dijeron ‘señor Román, usted ya no puede sembrar más’ y vendieron. Ya antes, él había ido a Pamplona a trabajar a una fábrica en los inviernos, a la azucarera, a la fábrica de remolacha que se decía.
También solía bajar a Igea, en La Rioja, y se traían aceite para todo el año. Mi padre ya veía que ‘de aquí a unos años’, como él decía, le iban a botar y se compró un piso en Pamplona. Lo tuvo cerrado 2 ó 3 años y cuando ya no pudo sembrar más, se marcharon para Pamplona.
P. ¿Qué le hace volver a Milagros con frecuencia a Tierras Altas, a Sarnago?
R. Mis padres tenían una casica, pero la tiraron cuando se vendió el pueblo, porque abrieron caminos. Él no dejó de venir nunca, aunque no teníamos vivienda. Cogíamos camas para dormir en otro pueblo cercano y nos veníamos al pueblo. Hacías un fueguico, ponías un caldero y hacías unas costillicas de cordero asadas o de cerdo. Así estuvimos unos años y luego mis padres compraron una casa. Aun no teniendo vivienda, veníamos todos los años, aunque no estuviéramos más que 2 días. Ahora nosotros, desde que se jubiló mi marido, llegamos en Semana Santa y estamos aquí hasta octubre, noviembre. Solo vamos a Pamplona si tenemos que ir de médicos.
P. Ayúdeme a reivindicar la palabra hacenderas.
R. Sí, pero, perdona, cuando a mí me dijeron ir de hacenderas, yo no sabía lo que era, porque le llamábamos a reo vecino. ¿Y eso qué es, pensé? Yo me dediqué a trabajar, nada de estudios. (Pero sí participó siempre en el trabajo vecinal y comunitario de este pueblo, antes de despoblarse y luego en su reconstrucción). Claro. El Ayuntamiento llamaba a los vecinos y se comentaba ‘mañana hay que ir a limpiar los caminos, el de Orcajo, las calles…’. Y decían un bando. Cada uno tenía que limpiar lo suyo.
P. Ahora, 'Sarnago el recuperado' es de los pocos pueblos donde se sigue haciendo.
R. Sí, pero te voy a decir algo. Está la Ventosa de San Pedro, que ahí ayudan mucho; a Matasejún también le ayudan. Y, sin embargo, a nosotros aquí no nos ayudan. Lo poco que tenemos, lo vamos haciendo nosotros. Si tenemos luz eléctrica, nos la hemos pagado nosotros. Le tocó a mi marido, por cierto, ir a todos los pueblos donde vivía gente de Sarnago recogiendo dinero para traer la luz. Aquí lo poco que tenemos lo hacemos nosotros. Hay agua corriente porque la traemos también. Eso sí que es verdad, trabajando.
P. Dígame qué imagen le viene a la mente de aquel a reo vecino de su infancia y juventud.
R. La primera que se me viene es que cuando ibas de caminos, había unos que trabajaban mucho y otros poco o nada. Como pasa en todos sitios. Pero bueno, se hacía la limpieza de acequias, calles… Todo. Llegaba el verano y donde había fincas que eran del pueblo, segaba todo el pueblo. Luego a trillar. Eran trabajos muy fuertes. Pero yo, tan feliz
P. ¿Qué hay en Tierras Altas que no haya en Pamplona?
R. Solamente el aire y el estar todo el día en la calle. Es lo que más valoro. Vengo aquí y disfruto mucho con el campo, me voy para Alcarama, al castillo o a la Virgen del Monte. Esa finca era de mis abuelos y de unos cuantos más y estuve feliz allí de pastora. En Pamplona (donde reside) también lo fui y lo sigo siendo. Pero el campo…
P. Dice una filósofa contemporánea que a los humanos nos mueven a actuar los sentimientos más que la razón. ¿A Milagros?
R. A mí me mueve pensar cuando vivían aquí mis abuelos. Ahora vengo y veo las casas caídas. Me da una pena… Lo que ellos trabajaron y lo que nosotros disfrutamos con nuestros abuelos. Todo lo que corrimos de aquí para allá de muchachos. Yo lo revivo cuando estoy aquí. Voy por un sitio y digo ‘anda, por aquí estaba yo con mis ovejas’. O voy al monte y pienso en cuando íbamos a hacer leña para el invierno, para calentarnos en casa. Cuando veo las ovejas, que estos días están subiendo las de San Pedro, pienso en cómo disfrutaba con ellas y ahora disfruto viéndolas. Revivo mi infancia. Pienso en lo que estaríamos plantando en esta fecha, en cómo estarían los huertos. Siempre estábamos faltos de agua. Todo esto me revuelve.
P. ¿Por qué cree que se perdió ese sentimiento comunal de los pueblos en el trabajo?
R. Pienso que mucha gente si tuvieran sus casas arregladas en los pueblos, vendría. Lo que pasa que no venden. Yo lo veo por aquí. A lo mejor han venido a comprar casas y les han dicho que no venden. ¿Por qué? Porque son de dos o tres y no se avienen. Yo aquí estoy tan feliz. Es cuestión de aclimatarse. Ahora mismo, sin cobertura. Pero gente mayor, de 80, 90 años, no pueden estar solos en un pueblo así.
P. ¿Qué priorizó en su trayectoria laboral, como pastora en el campo, en la fábrica, sirviendo? ¿Más los derechos, que tanto se reivindican ahora, o sus deberes?
R. Ahora se llevan mucho los derechos, sí. Pero antes no. Y estabas a lo que te tocaba. Que había que ir pastora, pues bien. Otros no querían. Es que cada persona es un mundo. Por ejemplo, yo tenía una prima que no quiso ir pastora y no fue. Eso ya depende de cada uno. Yo he sido tan feliz aquí y sigo siéndolo. He sido feliz tanto en la fábrica como sirviendo en esa casa, la única que he estado. Estuve cuatro años en una fábrica; me levantaba a las 5 para a las 5.30 tener todo preparado en la fábrica. Había dos turnos. Trabajando mucho, eso sí, pero muy feliz.
Ahora disfruto también. Cada uno es un mundo para explicar. A veces viene gente a dar una vuelta, a recordar cosas. Yo les suelo decir ‘chico, ahí tienes tu casa. Habértela arreglado’. A mi padre le gustaba mucho y compró la casa donde estamos ahora. A mi marido le encanta estar aquí también. En cambio a mi hijo no tanto. Los jóvenes son distintos. Cuando mi hijo tenía 15 años, lo traía aquí; ahora con 15 años ya no vienen.
P. Sarnago está empujando esa supervivencia del pueblo reconstruyéndolo de forma comunitaria, a través de la Asociación Amigos de Sarnago. ¿En qué colabora?
R. En todo lo que puedo. A las hacenderas no he faltado nada más que en una, a móndidas. Ayer mismo (por el jueves 30 de abril), que vinieron los camiones, mi marido estuvo ayudando a descargar, porque había que dejar el material y todas esas cosas.