Francisco Rivera, al frente del monasterio de Huerta: «El abad se pone el delantal y en alguna ocasión también el gorro de cocinero»

El nuevo abad del monasterio de Santa María de Huerta es licenciado en Derecho y dejó las oposiciones a judicatura por la Regla de San Benito y uno de los lugares históricos más importantes de la orden del Císter en España

Francisco Rivera en el monasterio de Santa María de HuertaHDS

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Soria

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He aquí un hombre radical. Que descubrió el Císter por Internet, que estudió Derecho y hasta oposiciones a judicatura antes de engancharse a la Regla de San Benito, que a veces se ríe de Paco Rivera. Habla suave y manda, dice, obedeciendo. Y reza, trabaja y ama el abad, un cristiano radical que dirige el monasterio de Santa María de Huerta (Soria), a quien gusta la escucha, sabedor de que no tiene toda la verdad, y que invita a ir a la raíz de las cosas. Conversamos con Francisco Rivera Jiménez (Granada, 1979), abad de uno de los grandes monasterios de España, y nos descubre qué hay detrás de esta radicalidad y otras cosas.

P. Si hubiéramos hablado a la hora prevista (9.30 horas, pero la conversación tuvo que posponerse), ¿cuántas horas llevaría levantado?

R. Unas cinco horas. (¿Duerme poco?). Nos acostamos en torno a las nueve o nueve y media de la noche, porque nos levantamos sobre las cuatro y media.

P. Oiga, ¿cómo le ha marcado en la vida tener hombre de torero?

R. (Ríe). A mí poco; a mi padre más, sí. Sí ha habido alguna confusión graciosa sobre todo con mi padre. A mí algunas veces me han apodado Paquirri en el colegio, pero no he sufrido demasiado tener un nombre y un apellido tan famoso.

P. Entonces qué lo ha hecho, ¿qué le ha marcado? Y no me diga haber respondido a ‘la llamada’ de la fe, la Iglesia...

R. A mí sobre todo me han marcado mis padres. Ellos han sido quienes han forjado mi personalidad, los que han determinado en muchos aspectos mi forma de ser, de comportarme, de lo que Paco Rivera es hoy día, a 14 de julio de 2026. Ellos son los que realmente me han marcado.

P. ¿Cómo descubre el Císter?

R. Descubro el Císter por casualidad, navegando por Internet, a principio de los años 2000, cuando todavía no había Internet en mi casa. Un día navegando por Internet me topé con la página web del monasterio de Huerta y ahí descubrí que organizaban en verano los cursillos de vida monástica que todavía los seguimos haciendo. Para mí fue la excusa perfecta, viajar los casi 700 kilómetros que hay de distancia entre Soria y Granada. Así fue como conocí el Císter.

P. Imagino que alguna vocación o inclinación espiritual ya tendría.

R. Sí, sí. Mi vocación nace en torno a los 14 años cuando empiezo a plantearme más que lo que va a ser de mi vida, qué es lo que me está pidiendo el Señor. Con 14 años evidentemente no sabía que existía la vida monástica: en el colegio te hablaban de los monjes cuando en Historia se estudiaba la Edad Media y pensaba que los monjes no existían. Pero unos años después fue, entre comillas, el boom del canto gregoriano y los discos que sacaron los monjes de Silos que, si no recuerdo mal, llegaron a ser número uno en los 40 Principales. Ahí fue cuando me di cuenta de que los monjes existen. Mi gran interrogante cuando llegué a Santa María de Huerta era cómo me podía sentir atraído a un tipo de vida que realmente desconocía y no tenía referencias. Era lo que me generaba dudas. En Granada y alrededores no hay vida monástica masculina, sí femenina.

P. ¿A qué no se ha acostumbrado un granadino en tierras sorianas?

R. Todavía no he terminado de acostumbrarme al carácter vamos a decir un poco frío, seco, del castellano. Los andaluces somos más cercanos, más próximos. El castellano de primeras es siempre un poco más seco, más retirado. La primera vez que viajé a Castilla, que fue precisamente a pasar unos días en la hospedería de Silos, aproveché para visitar la Catedral y recuerdo estar en Burgos y tener que intercambiar unas palabras con un ciudadano de allí y contestarme -desde mi punto de vista, aunque no era así- como si estuviera enfadado. Eso es algo a lo que no me termino de acostumbrar, el carácter.

P. Quizá por el cargo, pero usted también destila cierta seriedad.

R. También me lo dicen, sí.

P. He leído que ser monje es ser un cristiano radical. Vaya fuerte que suena. ¿Qué es eso?

R. Aquí el tema está en qué entendemos por radical. A veces, hoy en día la palabra radical se suele asociar al extremismo, a irse a los extremos, a no ser flexible, a la intolerancia. Pero si vamos la cuestión filológica radical viene de la palabra latina radix y radix significa raíz. Una persona radical es alguien que va a la raíz, a lo profundo, a lo esencial, a lo auténtico. Eso es ser radical y eso es ser monje, vivir con nuestro compromiso bautismal, pero de una forma seria, coherente, yendo a lo esencial y a lo fundamental. Eso es ser radical.

P. Bonito e interesante eso que acaba de descubrirme. ¿Cómo se siente dentro del monasterio la radicalidad y la polarización cada vez está más extendidas fuera?

R. Aquí en comunidad esa radicalidad, entendida en sentido negativo, no se vive. Ahora mismo somos 14 los que vivimos en comunidad, cada uno de nuestro padre y de nuestra madre, cada uno con ideas y visiones distintas. Somos capaces de dialogar, de entender la postura o visión distinta del hermano y eso no significa que tengamos enfrente a un enemigo, o a alguien que se oponga a nuestro criterio, a nuestra forma de ver. Eso es lo que a nosotros nos cuestiona cuando vemos que nuestro mundo, la sociedad en la que vivimos (porque aunque vivimos en un monasterio no somos ajenos a lo que se vive fuera) por esa polarización está rasgando las costuras del tejido social, de la convivencia entre las personas. Ya no somos vecinos, conciudadanos, somos enemigos y vamos generando una especie de frente, de grupo en constante oposición, unos contra otros. Eso es una pena, porque al final las posturas divergentes, los puntos de vista distintos, más que separar deberían ayudarnos a enriquecernos, a poder valorar otra visión, otra idea que a lo mejor a mí no se me ha ocurrido, pero que también tiene su parte de verdad. Así es como lo vivimos nosotros en el monasterio.

P. Reza siete veces al día, gestiona y planifica, o sea, dirige, trabaja además en la huerta y muestra al mundo la belleza del monasterio. Porque no solo de lo espiritual vive el Císter, también de patrimonio, turismo y mermelada.

R. Así es. Es muy bonito pensar que el monje se dedica todo el día a rezar, pero también hay que llenar el estómago. Al final somos hombres de carne y hueso. Quizá una de las innovaciones de la vida monástica que introdujo el Císter -porque nosotros nos desgajamos de los benedictinos, a finales del siglo XI- es lo que se ha denominado una economía de beneficio. Porque Cluny vivía en una economía de regalo -es decir, ellos vivían de las donaciones que hacían los nobles, los grandes señores pagaban a cambio de oraciones, misas, etcétera- pero eso también conllevaba no ser totalmente libres, estar condicionados a lo que la nobleza y señores pudieran disponer. 

El Cister tuvo eso claro y entendió que para ser autónomos y estar libres necesitaban otro tipo de economía, es decir, la economía de beneficio, hacer una serie de trabajos para poder obtener la suficiente solvencia económica para comprar lo necesario y tener la gestión de nuestra vida diaria. Y así se empiezan a introducir las distintas industrias dentro de los monasterios. Era otra cosa que quería desde un primer momento San Benito en la Regla. El quiere que los monjes trabajen con las manos y entonces serán llamados verdaderos monjes. A parte de eso, el trabajo tiene una importante dimensión a la hora de equilibrar: no podemos estar todo el día en oración. Es necesario que el trabajo nos ayude a poner los pies en la tierra y a identificarnos y poder solidarizarnos con el mundo obrero. Hay mucha gente que necesita trabajar para mantenerse y poder mantener a sus familias.

P. Amén de lo que dice, es importante la dimensión turística de Huerta, un polo turístico potente, en lo que también trabajan como comunidad.

R. Evidentemente. La cuestión patrimonial del edificio del monasterio tiene un valor y para nosotros es muy importante. A diferencia de otro tipo de monasterios, el hecho de que esté habitado hace que el turista cuando venga entienda completamente el sentido del edificio, porque el edificio, y sus distintas dependencias, está construido de una determinada forma y con una disposición porque buscan garantizar un estilo de vida concreto. Hay algunas dependencias únicas en Europa. Tenemos la bóveda sexpartita del refectorio, que hay poquísimos ejemplos en el mundo porque era una bóveda de muy compleja construcción. En el gótico ese estilo de bóveda estuvo vigente durante muy poco tiempo porque era compleja de construir y costaba muchas vidas humanas. Uno de los pocos ejemplos de bóveda sexpartita que se conserva íntegramente la tenemos en el refectorio gótico de Huerta. Una estudiante de arquitectura de Madrid hizo su tesis doctoral sobre ella. Nosotros acompañamos no solamente a las piedras, sino al sentido que tienen porque hay una comunidad de monjes viva detrás.

P. ¿Cuántos minutos libres le quedan al día y qué hace con ellos?

R. Libres, libres quedan pocos y ahora de abad todavía menos. Es importante también tener un poco de tiempo de ocio, de desconexión. Yo lo dedico fundamentalmente a pasear en la zona de bosque que tenemos en el monasterio; también a leer otro tipo de literatura que no sea espiritual; un poco a escuchar música… Algo que me distraiga y me saque de la rutina para volver a engancharme a ella con renovada energía.

P. Un día malo.

R. Un día malo es cuando empiezan a torcerse las cosas desde primera hora de la mañana. A veces suceden imprevistos; nuestra vida comunitaria es regular, prácticamente todos los días hacemos lo mismo, pero a veces las circunstancias mandan. Si hay algún hermano que se pone enfermo y hay que llevarlo al hospital; se estropea algo de la maquinaria que utilizamos en la fábrica de mermeladas… Eso siempre altera un poco el ritmo normal de nuestra vida. Lo que pasa es que ya estamos preparados para los imprevistos y sabemos encajarlos con más o menos normalidad.

P. ¿Por qué reza más, para agradecer, para pedir o porque sí?

R. Conforme van pasando los años, cada vez más para agradecer. Cuando uno hace revisión de su vida, hablo de mi vida personal, y veo tantos dones que Dios ha hecho conmigo y está haciendo con la comunidad, lo que me sale más espontáneamente es la acción de gracias.

P. Sí, pero el jefe no les manda más monjes. Lo digo por la escasez de vocaciones en la Iglesia en general. Podía echarles un capote, digo.

R. (Se le escucha sonreír). Pero como esta empresa no es nuestra, sino que es del Señor, nosotros también tenemos claro que, por ejemplo, el Císter estará aquí hasta que Dios quiera. El Císter es un movimiento carismático, como otros de la Iglesia, que el Espíritu Santo lo suscita para dar respuesta a alguna necesidad Pero en algún momento si esa necesidad queda cubierta el Señor puede decir que el tiempo del Císter ha concluido su misión y nada más. A los que ya estamos aquí, embarcados en esto (a ver cómo puedo explicarme para que se me entienda bien) no nos preocupa en demasía el que esto tenga que perdurar sí o sí para siempre. Perdurará si Dios quiere y hay vocaciones. Si no las hay y el Císter tiene que desaparecer, los monjes estaremos también contentos porque hemos cumplido la misión que se nos ha encomendado.

P. ¿Qué le quita entonces el sueño al nuevo abad de Santa María de Huerta?

R. Me quita el sueño que mis hermanos de comunidad puedan vivir con normalidad, con rigurosidad, con autenticidad. Es decir, que los hermanos puedan desempeñar sus tareas de la forma más adecuada posible.

P. Habla la página web del monasterio cisterciense de Huerta de la escucha en el silencio. Cuénteme que oye el abad en el silencio monacal.

R. En el silencio monacal lo primero que se escucha es la cantidad de ruido que hay en mi cabeza. Eso fue lo primero que más me impactó cuando llegué al monasterio. Y no es fácil, y hablo en general ahora, que una persona que no está acostumbrada al silencio aprenda a quedarse en silencio. Conforme uno se va enfrentando a ese silencio y al ruido que lleva interno, y que muchas veces no es consciente de él, va descubriendo que entre esa maraña de voces interiores hay una pequeña voz que al principio es muy tenue y pasa desapercibida, pero que poco a poco se va haciendo más fuerte. Para nosotros es la voz del Señor, para otros será la voz de la conciencia, en la que se nos invita a hacer, a mirar, a escuchar, a atender distintas cosas y distintas situaciones. 

Y únicamente cuando somos capaces y nos atrevemos a hacer caso a esa voz interior que todos llevamos dentro, empezamos a descubrir el sentido de nuestra vida, entendemos por qué estamos aquí y descubrimos lo que todo el mundo anhela, esa palabra mágica que es la felicidad. Muchas veces no se trata de conseguir caprichos, sino de hacer caso a esa voz tenue que nos va marcando el camino o la orientación de nuestra vida.

P. ¿Y cuándo oye algo que no le gusta?

R. Cuando escucho algo que no me gusta, antes me enfadaba mucho; ahora le doy vueltas, intento ver hacia dónde me quiere dirigir, porque todo -lo bueno y lo malo- si sabemos orientarlo bien nos conduce a tener una mayor sabiduría y un mayor conocimiento. Las cosas que no nos suenan bien, que nos incomodan, pueden tener un gran aprendizaje si sabemos aprovecharlo.

P. Dice Carlos de la Casa en su libro Monasterio Cisterciense de Santa María de Huerta: “El monje vive del trabajo de sus manos”. ¿De qué vive usted? Lo digo por las cotizaciones y porque esto de las pensiones se está poniendo feo.

R. Nosotros de lo que vivimos fundamente es de la elaboración de las mermeladas de frutas. Ese es nuestro trabajo e implica a la mayor parte de la comunidad. Cuando hacemos una elaboración de mermelada, pelamos alrededor de 100 kilos de fruta, que se pela a mano y eso implica a la mayor parte. También de la hospedería monástica, de los huéspedes que vienen a estar unos días con nosotros en un clima de retiro y de silencio. Son nuestras principales fuentes de ingresos.

P. ¿Y el abad también se pone el delantal?

R. El abad se pone el delantal, Y el abad también en alguna ocasión tiene que ponerse el gorro de cocinero cuando hay que sustituir en la cocina. El abad hoy en día en 2026 está también para tapar agujeros y además es una cosa muy buena, para el abad y para la comunidad.

P. ¿De qué peca más un fraile?

R. Una pregunta súper abierta… ¿De qué puede pecar más un monje? Puede pecar más de presunción, sobre todo cuando van pasando los años de creerse que está ya todo hecho, que ya se lo sabe todo, de perder la inocencia del novicio. El novicio cuando comienza en la vida monástica tiene una gran ansia por aprender, de vivir todo con autenticidad, con coherencia, con alegría. El paso de los años lo puede ir nublando todo, enturbiando. ‘Es que ya me lo sé’. Y está la otra cara, frente a esa humildad del novicio aparece la soberbia, la vanidad. Ese puede ser el gran pecado del monje.

P. Ha pasado de prior a abad. Ahora que hay tantas estrategias de dirección, pilotaje… ¿Cómo manda un monje?

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R. Un monje manda más obedeciendo que mandando. Desde que empecé el pasado 20 de mayo, lo primero que hice fue escuchar a los hermanos; me he reunido personalmente con cada uno y simplemente me he puesto a escuchar. Sus inquietudes, sus alegrías, sus penas, sus preocupaciones, sus ilusiones, cómo se encuentran. Porque si no escuchamos a los hermanos, en mi caso, puedo mandar, disponer, pero seguramente meteré la pata en muchas ocasiones, sabiendo que yo no tengo toda la verdad, aunque sea el abad, sino que muchas veces la voz del Señor y lo que quiere para la comunidad de Huerta se manifiesta también a través de los hermanos. Por eso para mí es muy importante escuchar a la comunidad, individualmente a cada hermano, pero también como conjunto. Creo que de ahí es de donde nace cómo tiene que mandar un abad. En esa doble dirección de escuchar y actuar conforme a lo que se va escuchando. Evidentemente habrá situaciones y momentos en que el abad tendrá que tomar la iniciativa, animar, pero la parte de la escucha y el dejarse asesorar por los hermanos es fundamental.