Huellas de la castilla inmemorial
Las comarcas de Tierra de Lara y Arlanza alumbraron el Condado de Castilla, pero su pasado es inmemorial. Hoy sus vestigios salpican el paisaje

Monasterio de San Pedro de Arlanza.
Las raíces de Castilla se hunden y fructifican en un territorio a apenas media hora en coche desde la capital burgalesa, a caballo entre las comarcas de Tierra de Lara y Arlanza en las que, Fernán González, el buen conde, colocó la primera piedra de un reino que asombró al mundo desde su nacimiento en el siglo noveno. Mucho antes, los visigodos habían dejado sus huellas en el territorio, como antes aún fueron los celtíberos y en los albores de la humanidad fueron los misteriosos constructores de dólmenes. Todavía más atrás en la línea del tiempo, los dinosaurios ya habían dejado su rastro en este territorio que ahora es una maravilla geológica y paisajística, cargado de historia y monumentos que la recuerdan y que culmina como la guinda del pastel el majestuoso sabinar que ha llevado a la comarca de Arlanza a ser declarada parque natural. Como colofón, dos de las localidades más turísticas de la provincia de Burgos, que serán las que provean de alojamiento y restauración a quienes se animen a realizar esta ruta por las huellas del nacimiento de Castilla.
Desde Burgos, el viaje arranca en dirección hacia el sureste de la provincia siguiendo primero la autovía de Madrid y después la carretera N-234 hacia Soria, una vía que, a lo largo de su recorrido entre las dos capitales más orientales de Castilla y León, conduce a un territorio donde el pasado y el paisaje se despliegan en capas superpuestas. La ruta que hoy recorremos comienza en la localidad de Quintanilla de las Viñas, donde una parada inicial permite observar uno de los rastros más antiguos conservados en la Comunidad, como es el yacimiento de icnitas de dinosaurio, que es fácilmente accesible desde la carretera que procedente de la N-234 lleva hasta el pueblo. No es el único ejemplo de icnitas de la provincia de Burgos, pero en esta ruta evidencia parte de las riquezas prehistóricas de la comarca. Sobre un banco de arenisca endurecida, protegido por una sencilla estructura de madera, permanecen impresas numerosas huellas fósiles que imprimieron los grandes saurios hace milenios. Corresponden a distintos ejemplares que caminaron por esta zona durante el tránsito entre el Jurásico y el Cretácico, cuando la cuenca del Duero era una llanura húmeda, cubierta por pantanos y lagunas. A poca distancia, en Mabrillas de Lara, también se encuentra el yacimiento de icnitas ‘La Pedraja’. Dos paradas imprescindibles, especialmente si se viaja con niños, siempre grandes aficionados a los dinosaurios
El conjunto de icnitas abarca una superficie de unos quince metros de diámetro. Las pisadas, dispuestas en diferentes direcciones, permiten interpretar el movimiento de varios individuos sobre un suelo entonces blando, dejando un fragmento intacto del pasado geológico.
Desde allí se continúa hacia Quintanilla de las Viñas, dejando atrás el pueblo hasta la ermita visigoda de Quintanilla de las Viñas, situada a las afueras a unos dos kilómetros del núcleo urbano. Este valioso edificio religioso, que recientemente ha recuperado dos capiteles robados, conserva la cabecera del templo y parte del crucero, con muros de sillería y un conjunto escultórico que destaca por su calidad y simbolismo. Los frisos exteriores, donde se representan figuras humanas, motivos vegetales y elementos cristológicos, permiten interpretar este enclave como uno de los testimonios mejor conservados del arte visigodo en la península. Es un tesoro del arte visigodo datado en el siglo VII al que se accede con facilidad desde la carretera.
A partir de este punto, el viajero puede elegir entre dos direcciones opuestas para continuar la ruta. Si decide seguir hacia el este por la BU-V-8207, en dirección a Lara de los Infantes, una pista a mitad de camino conduce a pie hasta las ruinas del castillo de Lara. El acceso, algo irregular en su tramo final, lleva a una antigua fortaleza que dominó durante siglos el alfoz de Lara. Se conservan restos del recinto y estructuras excavadas en la roca, con una panorámica abierta sobre la comarca. Es el destino de los vecinos de la comarca cuando ascienden con los pendones de sus pueblos en una fiesta peculiar y muy sentida. Los senderistas que deseen prolongar el recorrido pueden continuar desde la cima hasta Peñalara, una cumbre más alta que permite una lectura completa del relieve y aún mejores vistas, pero hay que advertir que la subida presenta cierta dificultad y requiere calzado adecuado.
Desde la ermita de Quintanilla de las Viñas, podemos encaminarnos en dirección contraria, para llegar a Cubillejo de Lara y visitar su misterioso dolmen, al que se accede por una pista de tierra señalizada desde el propio pueblo. El conjunto conserva la cámara y parte del corredor, con orientación solar hacia el solsticio de invierno. Se trata de una construcción funeraria del Neolítico, con más de cinco mil años de antigüedad, que refleja cómo las primeras comunidades agrícolas marcaron el territorio mediante estructuras rituales.
Dejando atrás las Tierras, el itinerario entra en el valle del Arlanza. Allí se encuentra el monasterio de San Pedro de Arlanza, fundado en el año 912 por Gonzalo Fernández, padre de Fernán González, el buen conde. Gran parte del tesoro artístico de la llamada ‘cuna de Castilla’ fue dispersado o expoliado, como la portada de la iglesia, que se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional o las pinturas murales románicas de gran valor que se conservan fragmentadas en museos como el Nacional de Arte de Cataluña y el Metropolitano de Nueva York.
Estas mismas ruinas fueron elegidas por Sergio Leone para una de las escenas de ‘El bueno, el feo y el malo’. El monasterio se transformó en un hospital de campaña para la película y otros escenarios del rodaje se encuentran muy cerca, como el puente sobre el Arlanza, construido para una secuencia mítica; el campamento militar de Betterville, en el alto de Carazo; y el cementerio de Sad Hill, recreado en el valle del Mirandilla y restaurado por una asociación local. Todos los puntos son accesibles por carretera y permiten completar la ruta sin grandes desvíos.
Covarrubias y Santo Domingo de Silos ofrecen buenas opciones para comer o alojarse y sirven de base cómoda para organizar el recorrido. Ambos pueblos se encuentran bien conectados y cuentan con servicios que permiten rematar la escapada con una buena comida.