Heraldo-Diario de Soria

RUTAS DE TEMPORADA

Paseo entre las flores

Narcisos, almendros, cerezos, gamones y lavanda inspiran cinco recorridos por la provincia de Burgos. Un nuevo aliciente turístico sostenible para atraer visitas todo el año

Los campos de lavanda de Caleruega permiten disfrutar del colorido ya entrado el verano. Alcanzan su máximo esplendor en la primera quincena de julio.

Los campos de lavanda de Caleruega permiten disfrutar del colorido ya entrado el verano. Alcanzan su máximo esplendor en la primera quincena de julio.CAMINOS EN FLOR

Publicado por
L. Briones
Soria

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Burgos es historia, arte, tradición y legado en piedra. Burgos es refugio, calma, escenario y descanso. Burgos es alimento, sabor, disfrute y detalle. Burgos es cultura y patrimonio. Y, además, Burgos es color. Belleza, en definitiva, que por momentos bulle reventona y se erige en aliciente extraordinario para perderse, de nuevo, por sus tierras. En tan rico sustrato hunde sus raíces la última propuesta empeñada en sumar visitas a la provincia en cualquier momento del año. La naturaleza manda y salpica el calendario de eventos tan efímeros como hermosos con los que alegrar la retina, aderezar la memoria (y no solo la del teléfono móvil) y ampliar el catálogo de experiencias.

‘Caminos en flor’ aspira a eso y más con cinco rutas pensadas para provocar a los espíritus más sensibles, vinculadas todas a la eclosión de especies vegetales de singular hermosura -ideales para inundar de alegría cualquier red social- que acontece en la provincia a cada rato para ponerla guapa y teñirla de matices infinitos, cual mosaico, despojada ya de los rigores del frío. Un espectáculo natural ideal para mirar y admirar, pero, por supuesto, no tocar, dado que la clave es preservarlo.

Los narcisos son los primeros en irrumpir, en la zona del Geoparque de las Loras, con su amarillo chillón. Con los primeros días de marzo, cuando el invierno comienza a retirarse, el Narcissus bulbocodium emerge en turberas y pastizales formando auténticas alfombras doradas que, al caer la tarde, brillan bajo el sol. «Esta delicada planta bulbosa apenas alcanza los veinte centímetros de altura, pero su corola amarilla en forma de embudo destaca con intensidad entre la hierba aún fría», según indica la guía elaborada al respecto, redactada por el fotógrafo y escritor Enrique del Rivero, que -como el resto- puede consultarse en detalle en la web turismoburgos.org/rutas/caminos-en-flor.

El fenómeno se concentra especialmente en el noroeste de la provincia, en el entorno de Las Loras, un territorio de singulares relieves calizos donde también aparece, de forma más discreta, el narciso de los prados (Narcissus pseudonarcissus), de mayor tamaño y flores bicolores. La ruta para contemplarlos puede iniciarse en Amaya y recorrer después algunos de los enclaves más emblemáticos del geoparque: Peña Amaya, La Ulaña, la cascada de La Yeguamea en Fuenteodra, el elegante pórtico románico de Rebolledo de la Torre, la Cueva del Agua de Basconcillos del Tozo o la iglesia románica de Fuente Úrbel, antes de terminar en Úrbel del Castillo.

También en plena transición entre estaciones, pero a una hora de distancia en coche, tocan a rebato primaveral los almendros de Poza de la Sal. A finales de febrero y comienzos de marzo, el entorno de esta villa burebana se cubre con el delicado blanco de su floración, una de las más tempranas y conocidas de la provincia, espectáculo natural que con los años ha escalado a evento imprescindible.

La presencia de estos árboles en la zona no es casual. Desde hace siglos el Prunus dulcis forma parte de su paisaje agrícola gracias a un microclima muy particular, favorecido por la orientación soleada del terreno y por el abrigo que ofrece el cerro del Castellar frente a los fríos vientos del norte, según precisa el documento. Estas condiciones explican que, en su momento de mayor esplendor, Poza de la Sal llegara a contar con casi 7.000 ejemplares repartidos por pequeñas fincas y caminos del entorno, capaces de producir 200.000 kilos de almendras.

Esta ruta permite además descubrir algunos de los lugares más representativos de La Bureba, desde el propio municipio ya citado (villa medieval ligada históricamente a la explotación de la sal), hasta otros enclaves como Hermosilla, el santuario de Santa Casilda, el dolmen de Reinoso, Monasterio de Rodilla o Castil de Lences, en un recorrido que en suma desborda paisaje, historia y patrimonio rural.

Toman el testigo en el calendario, cerca, muy cerca, los cerezos de Las Caderechas. A mediados de abril, este pequeño y aislado valle burgalés se transforma cuando «el paisaje se cubre con el espectacular blanco de sus miles de árboles en flor».

Este singular territorio, situado en el extremo noroccidental de La Bureba, debe buena parte de su riqueza agrícola a un microclima privilegiado, tal y como señala Del Rivero, «protegido por una elevada cresta caliza que lo resguarda de los fríos vientos del norte y surcado por arroyos de aguas constantes». Se convierte así el valle en un auténtico paraíso para los frutales.

En concreto, los cerezos, introducidos hace siglos por los religiosos del monasterio de Oña, conviven hoy con bosques, huertas y pequeños pueblos que conservan intacta su arquitectura tradicional. Recorrer la zona permite descubrir lugares de interés como Aguas Cándidas, Río Quintanilla, Hozabejas, Rucandio, Madrid de las Caderechas o Quintanaopio.

Hora y media al volante separa aquellos rincones del emblema de la biodiversidad que alberga los gamones y las sabinas que se erigen en el codiciado tesoro de la siguiente ruta. En el sureste de la provincia, el valle del Arlanza encierra uno de los entornos naturales más singulares de Burgos. Aquí, entre finales de mayo y comienzos de junio, irrumpe el gamón (Asphodelus albus), una «esbelta planta herbácea que puede superar el metro de altura y que destaca por su llamativa inflorescencia de flores blancas atravesadas por delicadas líneas pardas». Crece en claros de bosque y praderas pastoreadas, y encuentra en el Parque Natural de los Sabinares del Arlanza uno de sus territorios más propicios.

El paisaje se completa con la presencia imponente de la sabina albar (Juniperus thurifera), árbol perenne capaz de resistir condiciones extremas y considerado «una auténtica reliquia vegetal del Cenozoico». No en vano, los sabinares del Arlanza figuran entre los más extensos y mejor conservados del planeta. En este punto, el viaje se enriquece con paradas de valor natural y patrimonial como Hortigüela, el monasterio de San Pedro de Arlanza, Covarrubias, el claustro de Santo Domingo de Silos, el desfiladero de La Yecla o el ya célebre cementerio cinematográfico de Sad Hill.

Cierra el círculo, geográfico y temporal, el camino que discurre entre campos de lavanda. Caleruega, al sur de la provincia, es el objetivo. En pleno verano, durante la primera quincena de julio, los campos que rodean la localidad ribereña alcanzan su máximo esplendor cromático, al combinarse el púrpura de los cultivos con el rojizo de las tierras y el verde intenso de las encinas, árbol que, por cierto, también merece mención y contemplación por ser «fundamental en la vida, la economía y la etnobotánica burgalesa», destaca Del Rivero.

La presencia de la flor que protagoniza esta ruta responde a que «desde hace unos años, los agricultores de la zona han comenzado a sustituir cultivos tradicionales por estas plantas aromáticas», vistiendo de belleza y sosiego los paisajes del entorno, lugar de peregrinaje para no pocos devotos de las estampas singulares. Priman dos especies: la lavanda fina (Lavandula angustifolia) y el lavandín (Lavandula x intermedia), que se convierten en razón añadida para acercarse a un territorio de notable riqueza histórica y cultural, desde la propia Caleruega, cuna de Santo Domingo de Guzmán, hasta enclaves cercanos como Peñaranda de Duero, Coruña del Conde o las ruinas romanas de Clunia Sulpicia.

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