La sequía desploma la cosecha de lavanda en San Felices
La falta de precipitaciones durante el último trimestre provoca un impacto histórico en los campos de Tierras Altas, reduciendo la producción de esta temporada un 50%. Sus propietarios no recuerdan una campaña con unas cifras tan malas
Imagen de archivo de los campos de lavanda de San Felices.
La campaña de recolección de lavanda y lavandín en San Felices ha llegado a su fin antes de lo previsto y con unos resultados «regulares tirando a malos». Los agricultores Virginia Re y Damián Navascués, propietarios de las 45 hectáreas destinadas a estos cultivos en esta zona de Tierras Altas, califican esta cosecha como la peor que recuerdan desde que trabajan sus tierras, tras un verano marcado por la falta de agua y unas temperaturas sofocantes con pérdidas históricas en la producción.
La ausencia total de precipitaciones durante los últimos tres meses forzó el adelanto de las labores de siega, que habitualmente se extienden más en el calendario. El impacto de la meteorología se ha dejado sentir con dureza en los campos. Las altas temperaturas y el calor persistente provocaron un agostamiento acelerado del cultivo, haciendo que el grano madurara mal y a destiempo debido al estrés térmico acumulado en las plantas, tal y como explica Navascués. Esta situación ha recortado drásticamente el volumen cosechado y el rendimiento final. Así, «la lavanda ha registrado un desplome del 50%, mientras que en el lavandín las mermas superan el 30%», continúa.
A las pérdidas por la sequía estival se han sumado los problemas derivados de la irregularidad meteorológica de la primavera. Algunas parcelas de suelo más arcilloso, que acumularon un exceso de agua durante las lluvias de marzo, quedaron en condiciones que impidieron la entrada de la maquinaria, por lo que «ni siquiera se han podido cosechar».
Tras dar por finalizados los trabajos en el campo antes de lo habitual, Re y Navascués afrontan las consecuencias de una campaña inédita. Con casi la mitad de la producción perdida entre la sequía y los terrenos inaccesibles, los agricultores coinciden en que nunca se habían enfrentado a un golpe de estas dimensiones en sus tierras.
Tanto la lavanda como el lavandín -de mayor rendimiento- son cultivos altamente valorados. La lavanda destaca por su aceite esencial de gran pureza, demandado en la alta perfumería, la cosmética fina y por sus propiedades relajantes e inflamatorias en fitoterapia. Por su parte, el lavandín -un híbrido natural más resistente y vigoroso- ofrece una mayor cantidad de esencia que se destina de forma mayoritaria a la elaboración de jabones, detergentes, ambientadores y cosmética de gran consumo por su fragancia penetrante y duradera.
Detrás de estas 45 hectáreas moradas se encuentra una historia de arraigo y emprendimiento rural. Virginia Re y Damián Navascués decidieron en su día dar un giro radical a sus vidas, dejando atrás la vorágine de Madrid y sus respectivas carreras profesionales para instalarse en San Felices, el pueblo del que Damián es originario. Desde su llegada, la pareja se convirtió en un motor de revitalización para la zona mediante un modelo diversificado que combina la agricultura tradicional con la truficultura, la implantación de los campos aromáticos y el desarrollo de iniciativas de turismo rural. Tras años de trabajo constante para posicionar sus productos, este duro golpe climático ensombrece el cierre de la temporada. Con casi la mitad de la cosecha perdida, Re y Navascués afrontan el balance de una campaña inédita reconociendo que nunca se habían enfrentado a un impacto de semejante magnitud en sus tierras.
La recolección es un arte técnico y metódico que exige una coordinación absoluta para no echar a perder las propiedades aromáticas de la planta. Se realiza mediante cosechadoras especialmente adaptadas que peinan con precisión las hileras moradas, cortando la espiga a la altura justa para no dañar la estructura leñosa de la mata. La clave reside en la elección del momento: la siega debe ejecutarse en las horas más cálidas de jornadas secas y soleadas, justo en el punto álgido de la floración, cuando la concentración de aceites esenciales alcanza su nivel máximo. Una vez cortada, el tiempo corre en contra. Los fajos de flor se trasladan a las instalaciones de destilación, donde mediante un proceso de extracción se obtiene el aceite esencial puro, evitando así que el calor ambiental evapore las sustancias aromáticas o degrade la calidad del perfume.