MÁS SE PERDIÓ EN CUBA
Paren España, que me bajo
Recuerdo como si fuera ayer la campaña electoral del año 2015. Había elecciones generales el 20 de diciembre. Mariano Rajoy era el candidato a revalidar la presidencia del gobierno de España. Yo estaba integrado en uno de los tres grupos de campaña que se recorrían la provincia de cabo a rabo pidiendo el voto para el Partido Popular. Era un momento complicado para el partido por las informaciones sobre los casos de corrupción protagonizados por aquellos que confundieron las siglas del PP con la cueva de Alí Babá. Esa noche, con el frío metido en los huesos, acabábamos la ruta en Castillejo de Robledo. A esas horas y en diciembre, no era fácil encontrar potenciales votantes. Pero en ese pueblo, sucedió un hecho que se me quedó grabado a fuego. En una de las casas, una familia salió a la puerta a hablar con nosotros. Tras la preceptiva entrega de mecheros y bolis, y no menos importante, “el prospecto” —así se refería al programa electoral el veterano político Jesús Posada que antes de salir de la sede en Soria decía siempre: “no olvidéis entregar el prospecto junto con el mechero, que es lo más importante”—, llegó una breve charla con aquella familia. Eran votantes nuestros, pero votantes cabreados por lo que en aquellos días se publicaba en la prensa. Y en un momento de la conversación, la señora y cabeza de familia soltó aquella frase que siempre me ha acompañado: “…mirad, nosotros viviremos en un pueblo, pero no somos tontos, eh”. Y digo que esa frase siempre me ha acompañado, porque la comparto en toda su naturaleza, y porque tiene adherida una carga de importancia que bien se puede extrapolar a todo cuanto está aconteciendo ahora en este país de la mano de un gobierno sectario, que ya no es que trate a los ciudadanos como tontos, sino como a verdaderos borregos colectivizados. El actual presidente del gobierno, Pedro Sánchez, se valió de la trama Gürtel para desalojar a Rajoy y al PP de la Moncloa —sería interesante que muchos se leyeran hoy la sentencia para ver que no fue el PP sino un grupo de rateros quienes se lo llevaron crudo—, pero ahora, es quien tanto fustigó contra la corrupción y quien daba lecciones de moral, quien la tiene metida en su casa hasta las trancas y con un hedor nauseabundo. No solo han cambiado la ley para amnistiar a corruptos y sediciosos; no solo han asaltado las más sagradas instituciones para anular sentencias contra políticos condenados por corrupción; no solo es que el presidente tenga imputados a su esposa, a su hermano y al que fuera su sombra y su mano derecha en el PSOE; y no es solo que hasta el mismísimo fiscal general del Estado esté también imputado. El problema es que, ante toda esta cloaca infecta, el pueblo se mantenga impasible. Tengo cierta esperanza en que, como la vecina de Castillejo, los españoles en algún momento se den cuenta de los graves hechos que están ocurriendo. Pero ante este dantesco panorama, créanme, no hay día que no me diga: paren España, que me bajo.