Heraldo-Diario de Soria

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Cuando hace casi 25 años militaba en Nuevas Generaciones del Partido Popular de Soria —de las que fui secretario general y después presidente—, se me quedó grabada a fuego una conversación con la que entonces era presidenta de las juventudes del PP en una provincia vasca. Ella tendría como yo alrededor de los veinte años. Ya a esa edad, tenía la terrible losa sobre sus espaldas de verse obligada a llevar escolta. Como a todos los jóvenes del partido, nos unía la ilusión de creer que las cosas desde la política se podían cambiar para mejorar la vida de los ciudadanos. Pero lo de ellos era un acto heroico. Cuando les invitábamos a venir a Soria, para ellos era un fin de semana de desconexión y de tomar aire fresco. “Nacho —me dijo una vez—, no sabes lo que para nosotros significa salir del País Vaco unos días; la libertad que tenéis aquí, y el anonimato de vuestras calles, nos recarga las pilas para continuar después allí”. Años después y en San Sebastián, donde volvimos a coincidir, recuerdo que al salir del acto del partido al que fuimos y camino a un bar por las calles, se acercó y me quitó la credencial con el distintivo del partido que yo llevaba colgada; sutilmente me dijo: “guárdate eso hasta que volvamos”. Ella sabía el ambiente que se respiraba y vivía en el País Vasco. Lo sabía bien. Cuando hace unos días vi al sociópata que tenemos por presidente del gobierno reírse de los españoles por enésima vez al interpretar ese `mea culpa´ en modo cuasi plañidero tras la explosión del caso de corrupción de su amigo del alma y con el que a la sazón recorrió España en un Peugeot antes de nombrarlo su número 2, no pude evitar que me viniera a la mente el recuerdo de toda la sangre derramada por el terrorismo etarra y que hoy de forma infame, riega su jardín tiñendo de rojo sus podridas rosas. Y me vino ese pensamiento, porque el gobierno más miserable de nuestra democracia, donde la peor escoria y calaña campa a sus anchas bajo el amparo de un presidente asediado ya hasta a nivel personal y familiar por presuntos casos de corrupción, se sustenta precisamente y añadiendo aún más repugnancia y putrefacción moral al hecho, por los votos de quienes hace poco aplaudían el tiro en la nuca o la bomba lapa que dejaba niños huérfanos, mujeres viudas, o madres y padres tristes de por vida tras enterrar en la más absoluta soledad los fríos y destrozados cuerpos de sus familiares. Incluso de ser un ladrón o de cobrar mordidas, uno puede rehabilitarse. Pero de traicionar a tu país y a los ciudadanos pactando con quienes quieren la destrucción del estado y de todo lo que representa, de eso uno no se recupera nunca. José de San Martín dijo una vez: “…robar es un delito, pero arruinar al país es traicionar a la patria…”. Las cloacas están abiertas. Y el hedor es nauseabundo. Ya solo es cuestión de tiempo que las ratas vayan saliendo y de que los ciudadanos, despiertos de una puñetera vez, las pisen con el zapato de la justicia y de la memoria digna que España clama.

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