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Adiós a las Hijas de la Caridad
Todos los días lo hacía minutos antes de que acabara el recreo. Sor Consuelo abría la ventana que daba al patio donde jugábamos, y tirando de la cadena -no sin esfuerzo- volteaba la campana. Todos corríamos hacia la puerta y de nuevo a clase. Lo recuerdo perfectamente. Los buenos recuerdos siempre se mantienen. En la capilla del colegio hicimos nuestra primera comunión; nos la dio D. Alejandro, el cura del cole, y con la música de fondo que Sor Margarita hacía salir del órgano. Aprendimos a leer con doña Paquita, que cuando te aprendías la cartilla, te ponía la escarapela para que con orgullo la lucieras en la solapa todo el día. En el salón de actos celebrábamos las «comedias» vísperas de la Navidad, mientras que, en las fiestas de la virgen de la Milagrosa, veíamos los desfiles de las alumnas mayores que cantaban eso de «…viva la virgen, rantamplan, la milagrosa, rantamplan…». Y todas las mañanas, ya muy anciana, Sor Concepción vigilaba la entrada al colegio apostada en la puerta con el gesto impertérrito. Les hablo de finales de los años 80. Y del colegio de mi niñez, el Sagrado Corazón de la capital que las Hijas de la Caridad gestionaron durante casi dos siglos. Pero antes de todo esto el colegio tuvo una dilatada historia en esta ciudad. Antes de que yo y mis hermanas mayores corriéramos de niños por esos pasillos, lo hicieron también como alumnas mi abuela materna, mi madre, o la hermana pequeña de mi padre al venir del pueblo e instalarse allí como alumna del internado. Y lo hicieron cuando solo las niñas podían ocupar sus aulas y cuando las monjas, fieles a su orden, vestían hábito rematado con el característico `cornette´ blanco y puntiagudo sobre la cabeza y el `bandeau´ sobre la frente. Nada que ver con el austero hábito azul y sencilla cofia de nuestros tiempos, y que les sigue acompañando hoy en día, aunque cada vez con menos tocados sobre la cabeza. Hace unos días, saltaba la noticia de que el último grupo de monjas que quedaba en el colegio se despedía para siempre de nuestra capital. Con ellas se apaga un trozo de historia que moldeó a miles de personas. Hace unos años tuve la oportunidad de volver al colegio tras la llamada de Sor Carmen de la Peña -otra histórica hermana ya fallecida-, para gestionarles a un grupo de hermanas mayores el voto por correo. Pisar de nuevo los pasillos, ver la campana del patio en su lugar exacto, entrar en la capilla o percibir el característico e indeleble olor a colegio, me trajo muy buenos recuerdos. Algunas amistades actuales se forjaron allí hace 40 años. Cada vez que paso por el edificio con su imponente campanario, una sonrisa se dibuja en mi cara. El adiós a las Hijas de la Caridad a buen seguro habrá despertado muchos recuerdos estos días. Pero el colegio no se cierra; bajo otra dirección y desde hace ya unos cuantos años, nuevas generaciones continúan llenando los pasillos de un colegio con mucha historia y muchos recuerdos grabados en sus centenarios muros.