Heraldo-Diario de Soria

Ignacio Soria

A `deshonrar´ a Saturio, fieles venid

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El pasado 2 de octubre, día de San Saturio, patrón de la ciudad, la capital amaneció bajo un sol radiante. Haga frío o calor, San Saturio el día dos. E hizo calor.  Fue uno de esos días en los que al salir a la calle y contemplar el cielo piensas que todo va a salir fetén. Un poco antes de las once, y con la marcha “Bajo Mazas” tocada magistralmente por la Banda Municipal de Soria, desfilaban desde el consistorio y por la calle Real camino a la concatedral toda la corporación municipal junto al resto de autoridades y jurados de cuadrilla. 

El arzobispo emérito de Zaragoza —y también paisano nuestro—, Monseñor D. Vicente Jiménez Zamora, esperaba en la puerta con la sotana morada y el solideo en la cabeza para recibir a la comitiva antes de revestirse y dirigir la misa en ausencia de obispo propio al estar nuestra diócesis en sede vacante. 

La concatedral estaba a rebosar como hacía años no se veía. Sentado en mi banco de feligrés raso, y ya con las autoridades en sus lugares reservados, me vino a la memoria aquel dos de octubre de 2021 en el que como concejal del PP me tocó compartir banco con el alcalde y ante una iglesia absolutamente vacía por las restricciones del Covid. Ese año, tan solo el alcalde y tres concejales con la mascarilla puesta hicimos la procesión previa a la misa donde no habría ni 30 personas. Pareciera que fue hace siglos, y tan solo han pasado unos años de aquellos aciagos días ya olvidados. Pero el pasado jueves, a buen seguro, San Saturio estaba feliz de ver a tanta gente congregada en su memoria. 

Después de la misa, y de un más que acertadísimo sermón de monseñor Jiménez Zamora, de nuevo las autoridades y en procesión, marcharon hacia el ayuntamiento donde les esperaba un apetitoso ágape en el patio de columnas. Allí y como es tradición, el alcalde atendió a los medios de comunicación. 

El regidor aprovechó para volver a ensalzar los logros de su acción de gobierno en estos últimos años. Ante la que quizás pudiera ser su última fiesta del patrón como alcalde, Martínez Mínguez aprovechó para anunciar más inversiones en materia ferroviaria que ya veremos en qué quedan. Y ya en los famosos corrillos políticos que en ese día se producen, se aparcaron las diferencias entre la clase política —aunque sin mezclarse mucho por aquello del qué dirán—, y todos juntos brindaron. Pero lo que parecía un día idílico como decidía al principio, se tornó al anochecer en un bochorno de lo más censurable. Y me refiero a que cuando la procesión con el patrón llegaba a la plaza de Mariano Granados, una caterva pro Palestina —a la que aún no hemos oído condenar el terrorismo de Hamas—, demostró que eso del respeto a las tradiciones del pueblo no va con ellos. Y así, el santo tuvo que oír en su día grande, gritos, por un lado, y pitidos, por otro, cuando no era ni el momento ni el lugar para ello. Del “a honrar a Saturio, fieles venid” como dice el himno, se pasó más bien a deshonrarlo de forma ignominiosa y no por fieles, precisamente, al santo anacoreta. Y todo, créanme, bajo el silencio cómplice y con sonrisa muda de quien debería de haberlo evitado y no lo hizo. Vergonzoso. Y así nos va…

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