Vecinos cabreados; ¡manda huevos!

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Hace ya algún tiempo que distintos vecinos del centro de la capital vienen quejándose porque según ellos, sus calles se han convertido en algo parecido a una bacanal romana, donde ya saben, se rendía tributo a Baco —dios del vino—, y en donde el libertinaje, la fiesta nocturna y el alcohol en ingentes cantidades, campaban a sus anchas por las calles de la ciudad eterna. Tal era el desenfreno de aquellos días, que el Senado de Roma se vio obligado a prohibirlo parcialmente. Les hablo allá por el año 186 antes de Cristo. Como verán, los romanos sabían liarla parda ya entonces. Pero volvamos a nuestro tiempo. La semana pasada los residentes de la zona centro de la capital volvían a poner el grito en el cielo porque lejos de que sus quejas hayan surtido efecto, su situación ha ido a peor según ellos por la que consideran una inacción de quien pudiendo y teniendo competencia, no resuelve el problema. Y vaya por delante que la solución no es fácil. Que el centro de la ciudad se ha convertido en los últimos años en el escenario —nunca mejor dicho—, de verbenas, conciertos, despedidas de solteros o celebraciones varias con la contratación de charangas, es una realidad. Todos lo hemos visto. Y como en todo en la vida, aquí hay beneficiados y claro está, también damnificados. Los negocios de hostelería del centro, como se podrán imaginar, estarán encantados. Pero en la otra cara de la moneda está la salud mental de un vecindario y su sagrado derecho al descanso. Ya les decía que el problema es complejo. Pero entonces, ¿qué solución se les puede dar a estos vecinos? Dejando a un lado las fiestas de San Juan y las de San Saturio, que yo creo son inveteradas al soriano —y por tanto con ‘derecho de pernada’ en sus días de celebración—, lo que se debería es de controlar con rigor que el resto de las celebraciones se ajusten a la normativa horaria y de ruidos. Pero no criminalicemos a los hosteleros, porque, aunque se beneficien de estos eventos, muchos botellones que los mismos atraen y que se están poniendo de moda entre la juventud (los vecinos también se quejan de ellos), no son su responsabilidad y sí del consistorio o de la subdelegación del gobierno a la hora de controlarlos o evitarlos. Duele escuchar que algunos vecinos estén abandonando sus casas porque ya no aguantan más. Me imagino a personas mayores y vulnerables soportando ruidos a altas horas en su barrio de toda la vida cuando lo que se merecen es dormir tranquilos, y se me llevan los demonios. El ayuntamiento de la capital no solo debería mover ficha, sino que está obligado a hacerlo. Pero no se engañen. Ir contra el ocio nocturno por parte de la clase política no está bien visto. Por eso no se sorprendan de que, en una de esas fiestas, en una de esas verbenas, o en alguna de esas charangas, haya alguna cara conocida de la política soriana con el vaso en la mano. Así que, queridos convecinos, paciencia y resignación. Pero eso sí, y como dijo Trillo: ¡manda huevos!