TRIBUNA
Puerto de Oncala, 7 de enero de 1891: una muerte invisible
En enero de 1891 el coche-correo de Calahorra, conducido por un muchacho, volcó en medio de una ventisca en el puerto de Oncala. La prensa había advertido repetidamente que aquellos coches circulaban sin el personal que debían llevar.

Recreación del episodio.
I. LO INTENTÓ
Tiró de las riendas con todas sus fuerzas apoyándose con ambos pies en el pescante y luego tensó el freno de mano hasta que el coche se detuvo del todo, no sin resbalar sobre la fina capa de nieve que ya cubría la calzada.
-¡Alto, Catalán! ¡Sooo, Lucero! -ordenó el zagal a los sufridos matalones que, sin tardanza, obedecieron su orden.
El chico bajó del carruaje, echó un vistazo al cielo, se embozó el capote hasta más arriba de las orejas y golpeando con la palma de la mano la portezuela del carruaje, se dirigió a los que allí esperaban:
-¡Viajeros de Soria! Tal como está el astro, tenemos prisa. Nos vamos enseguida. Las valijas a la baca, sacos y baúles bien amarrados a la zaga. Vayan subiendo a la berlina, los billetes en la mano.
Avanzó lento, con una dificultad casi imposible, durante horas, pero lo que en Calahorra era una tibia nevada, al subir la sierra se desató la tempestad con toda su crudeza.
En una noche así ni siquiera los lobos hubieran osado abandonar sus guaridas; sin embargo, el coche-correo de Calahorra, pese a la amenaza de temporal, había salido en dirección a Soria. A las riendas iba un zagal de apenas dieciséis años -un niño cargado con responsabilidades de hombre-, que sentía cómo el frío le entumecía las manos, la nieve lo cegaba y el miedo le comía las fuerzas.
La mortecina claridad de los faroles apenas arañaba la espesa cortina de nieve obligando, al zagal a seguir el camino más por el instinto de las caballerías que por lo que sus ojos alcanzaban a ver.
Había subido el puerto con una dificultad casi imposible, pero cerca ya del cruce de Oncala, la calzada desapareció de pronto bajo el espeso manto de un ventisquero. Los sufridos matalones, hundidos hasta los corvejones, bufaban vapores de pánico. Fue entonces cuando los de guía perdieron el suelo, arrastrando al resto en un torbellino de carne y arreos que nada ni nadie hubiera podido gobernar. El zagal lo intentó: desde el pescante hundió el pie en el freno y se aferró como pudo a las riendas. Fue inútil. El latigazo del tiro y el choque contra el malecón lo proyectaron al vacío.
Entre los gritos de pánico del pasaje, el carruaje siguió unos metros sin gobierno, se escoró hacia el lado contrario, y al final volcó.
Primero, los bultos y el equipaje que coronaban la baca salieron despedidos sobre el ventisquero. Después, la violencia del impacto reventó los cierres de la zaga y esparció las sacas del correo y los pesados baúles, que quedaron medio enterrados en la nieve.
El zagal -apenas un niño- sabía bien de las durezas del camino y conocía las caballerías. Había hecho aquel trayecto muchas veces, cuando subía el puerto a grupas del caballo guía o corriendo a su lado, porque su peso restaba tiro. Había aprendido antes de tiempo los secretos de un oficio que, aquella noche, no le sirvieron para contener la fuerza ciega de una masa desbocada.
Lo intentó todo, pero no pudo.
No fue solo la cellisca, ni el hielo, ni la oscuridad. Faltaba el mayoral. No era un descuido, era la costumbre. Y se sabía.
El Noticiero de Soria lo denunciaba apenas unos días después, el 14 de enero de 1891, haciéndose eco de «innumerables quejas que sobre nosotros llueven» por las malas condiciones en que «hacen sus viajes los coches correos». «Que el de Tarazona no lleva mayoral, que al de Calahorra le pasa lo mismo algunos dias, que el del Burgo de Osma se detiene en una venta dos ó tres horas dejando abandonados en medio del camino viajeros y correspondencia…».
Todos lo sabían y, sin embargo, nada cambiaba. Se viajaba igual. Se arriesgaba igual. Se callaba igual.
Hasta que esa noche, en el puerto de Oncala, la realidad decidió pasar la cuenta.
II. UNA LUZ LEJANA
-¡Auxilio! ¡Socooorro! ¡Aquí, aquí!
Caminando a ciegas y hundiéndose en los ventisqueros, «los pobres viajeros, pidiendo ausilio á grandes voces y medio helados, siguieron la carretera» hasta que vieron el temblor de una luz lejana, tenue y difuminada.
-¡Una luz, una luz… allí! -voceó un niño con la voz casi rota por el frío, soltando la mano de su madre y señalando a lo lejos-. ¡Mamá… una luz!
Apremiados por lo que parecía una salvación segura, aceleraron sus pasos gritando cuanto pudieron. Cuando abrieron la puerta de la caseta, comprobaron que habían tenido «la no escasa fortuna de llegar á una casilla de camineros» que hay por aquel punto. Dentro estaba «una pareja de la Guardia civil que allí se había cobijado huyendo del horroroso frío», junto a dos resignados camineros.
Aquella noche en Oncala, los viajeros del coche de Calahorra, «que resultaron con algunas lesiones de escasa importancia», pudieron descansar al calor de la lumbre. Mientras tanto, a pesar de la oscuridad y del temporal que arreciaba, los camineros -«á los que ayudó la Benemérita»- salieron sin demora en busca del zagal.
Avanzaban a tientas contra el vendaval, sondeando los ventisqueros con chuzos y guiados solo por el mortecino resplandor de los cuatro faroles de petróleo que portaban. Cuando lo encontraron, hundido en la nieve a pocos metros del malecón, semiinconsciente y rígido por el frío, aún tenía un hálito de vida.
Entre los cuatro, lo trasladaron a duras penas hasta la casilla de camineros, lo tendieron frente a la lumbre y lo arroparon con todas las mantas que pudieron. Pero el muchacho no salió de su inconsciencia ni aun cuando fue evacuado, un día y medio después, en dirección al Hospital Provincial de Soria.
III. «A ESO CONDUCEN LAS CONDESCENDENCIAS»
El temporal, que era «general en toda España», no dio tregua durante semanas y era «en nuestra provincia grandísimo». En el término de Los Rábanos se había cobrado su primera víctima: la noche del 10 de enero «se encontró helado á un pobre anciano llamado Cosme Rodrigo, que habitaba en Nabalcaballo».
Mientras en el puerto la nieve cubría los restos del carruaje, en la capital la borrasca de frío arreciaba sin parar: el 21 de enero «el termómetro del Observatorio del Instituto provincial» marcaba mínimas de 22 grados bajo cero, mínimas que durante semanas habían «llegado a solidificar el río Duero».
Poco más tarde, el 23, cayó «en la Póveda tan gran nevada que la capa de nieve llegó a alcanzar 4 y 5 varas de espesor» -entre tres y cuatro metros- y los vecinos tuvieron «que abrir túneles entre la nieve para poder entrar en sus casas»-, según detalla la prensa del sábado 24.
Pero aquella gelidez no lograba templar la febril actividad electoral. Se habían disuelto las Cortes y los políticos y la prensa local se preocupaban casi exclusivamente por las elecciones del 1 de febrero de 1891, las primeras tras el restablecimiento del sufragio universal masculino.
Tres semanas y media después del accidente, el sábado 31, aquel zagal -un niño cargado con responsabilidades de hombre- «que guiaba el coche correo de Calahorra á esta Ciudad, la noche que volcó en el puerto de Oncala» falleció a consecuencia del enfriamiento y las gravísimas lesiones sufridas.
El mismo periódico, al dar la noticia, añadía: «A eso conducen las condescendencias con las empresas de carruajes». En este caso, ya han costado una vida.
Las elecciones se celebraron el día previsto. La vida de la ciudad siguió adelante.
Y el coche-correo de Calahorra siguió saliendo sin mayoral.