El soriano que pudo ser de Muchachada Nui, pero escogió volver a su pueblo y ahora es el alcalde
Enrique Rubio compartió piso en Cuenca con Ernesto Sevilla y Julián López y por él también pasaron Raúl Cimas y Joaquín Reyes

Enrique Rubio, con su Vespa y, al fondo, el Castillo de Berlanga.
«Lo más peligroso era cuando llegabas a casa y oías a Los Chunguitos, volver al piso era muy difícil porque no sabías lo que te podías encontrar». Esto le sucedía al actual alcalde de Berlanga de Duero, Enrique Rubio, en su época de estudiante en Cuenca. En ese piso peligroso podían estar Ernesto Sevilla, Julián López, Joaquín Reyes o Raúl Cimas. Se pudo ir con ellos y tal vez formar parte de La hora chanante o Muchachada Nui, pero a él le tiraba su pueblo.
Cuando Enrique Rubio ve en la televisión el inicio de una broma de estos cómicos, muchas veces sabe cómo va a terminar, porque vivió el germen de este grupo de estudiantes que acabó por cambiar el humor en España.
El primer edil berlangués no encaja en el modelo clásico de político, pero tampoco hoy nadie se lo imaginaría tocando el bajo en un grupo de música en el que el atuendo de todos los integrantes era un albornoz.
Los músicos eran parte de los que en los años noventa vivían con él en un piso de estudiantes en Cuenca. Lo compartía con Ernesto Sevilla y Julián López junto a otro joven de Albacete. Raúl Cimas vivía en una residencia de estudiantes, pero era un asiduo visitante, al igual que Joaquín Reyes, que también coincidía en la Facultad de Bellas Artes con el hoy alcalde Berlanga.
En una entrevista en prensa, Joaquín Reyes reconoce que «pasar por Cuenca nos marcó a todos» y que quizá esas juergas de universitarios fueron el capítulo cero de La hora chanante. En ese capítulo cero estaba el alcalde de Berlanga. «Me hubiera podido ir con ellos», afirma Rubio, pero a él le tiraba el pueblo, «estar en Berlanga», y los animales.
Lleva el área de Cultura en la Diputación de Soria y en Berlanga se afana por frenar la sangría demográfica. De sus tiempos en Cuenca con los que luego crearían La hora chanante y Muchachada Nui recuerda que «nos reíamos de manera inteligente de todo». Y esa forma de entender el humor trascendió, porque «las coñas de casa salían luego en La hora chanante».
«En todo su humor hay mucho fondo», dice Enrique Rubio de los cómicos con los que compartió andanzas como estudiante. «Ridiculizan a la gente que ridiculiza a los de los pueblos». A su juicio, en su humor «hay respeto al territorio y a las personas. Saben leer las curiosidades, las diferencias desconocidas por la gente de la ciudad». También alaba su «humor absurdo, inteligente». «Hacer bromas y llevarlo a lo inteligente es lo interesante», afirma alguien que valora «reírse con lo inteligente».
Enrique Rubio ha perdido el contacto con ellos, aunque después de su etapa de estudiante coincidió algunas veces con Ernesto Sevilla, la última hace unos siete años, y con Raúl Cimas, algo más reciente, que estuvo Soria.
Tras su paso por Bellas Artes en Cuenca, su trayectoria fue muy diferente a la de los cómicos con los que convivió. Se marchó a Alcalá de Henares a hacer un máster en Restauración y Rehabilitación del Patrimonio, que concluyó con matrícula de honor, y eso que mientras lo hacía también jugaba al rugby en Soria.
Participó en proyectos importantes de restauración en España, pero a él le tiraba su pueblo. «Me gusta mi tierra, Berlanga», recalca. También los animales y por entonces tenía un perro y una yegua. Es experto en comida italiana, «cocino italiano todo lo que quieras», porque estuvo trabajando en una pizzería en Soria.
Consiguió el CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica) en Cuenca y dio clases en los Escolapios de Soria y en el Calasanz de Almazán, pero sin dejar lo que más le gusta, la actividad artística, y participó en el Colectivo Latidos del Olvido, haciendo arte efímero en lugares abandonados.
Cuando volvía de un viaje a Portugal le sonó el teléfono y la llamada le anunciaba su despido de Escolapios. Eso le hizo replantearse su vida y volvió a apostar por su pueblo, donde decidió montar una granja con 4.000 cerdos, para lo que tuvo que endeudarse.
El negocio de la explotación ganadera sigue en pie. Es mucho más rentable que otro en el que se embarcó Rubio, los bueyes de vaca serrana negra, que pastan en Andaluz. Consigue una carne excelente pero la rentabilidad que obtiene tiene que ver más con los sentimientos que con lo material.
En las últimas elecciones se convirtió en alcalde de un pueblo «que es capaz de representar lo que han sufrido los pueblos pequeños».
Apuesta por fomentar las comarcas e insiste en que destruirlas es destruir el territorio». Él está empeñado en dinamizar su municipio y tiene algún proyecto pionero en marcha para atraer emprendedores, a los que a principios del año que viene estará en condiciones de ofrecerles vivienda y espacio de trabajo con un alquiler muy barato en unas construcciones modulares y versátiles.
También aprovecha una de sus aficiones, las motos antiguas, para atraer gente a Berlanga, con las rutas de motos y coches clásicos que gracias a él llegan a la localidad y que han hecho que un par de personas lleven al pueblo sus vehículos y hagan vida allí.
En las motos –tiene más de quince– prima el romanticismo de «hacer que funcionen las cosas». A lo largo de los años ha ido comprando motos que desmonta y repara. «Todas tienen una historia que hace que algo sea relevante», como la alemana NSV de 1935 que fue ideada en Inglaterra por ingenieros de la Norton que se fueron luego a Alemania. La compró en San Sebastián, perteneció a un médico holandés y estaba metida en cajas. Algunas de sus motos parecen auténticas joyas, pero para la foto él prefiere montar en la Vespino que está pendiente de restaurar.
Son pequeñas las pequeñas, o grandes, cosas con las que el alcalde de Berlanga disfruta en su pueblo. Tuvo posibilidades de estar en La hora chanante o en Muchada Nui, pero él es «más feliz cavando para plantar tomates que siendo otra cosa en otro sitio». «He dejado siempre todo para volver al pueblo». Esa frase resume su trayectoria vital.