Heraldo-Diario de Soria

El remate solo para adultos que Arguiñano añade a su receta de torrijas de la abuela para darse un capricho

Karlos Arguiñano actualiza la torrija tradicional con pan de Viena, leche aromática y un inesperado toque de anís que convierte este postre de infancia en un placer para adultos

Torrijas clásicas al estilo Arguiñano, doradas por fuera, tiernas por dentro y acabadas con azúcar y canela: un postre que nunca falla

Torrijas clásicas al estilo Arguiñano, doradas por fuera, tiernas por dentro y acabadas con azúcar y canela: un postre que nunca fallaGetty Images

Patricia de la Torre
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Hay platos que no necesitan presentación, y la torrija es uno de ellos. Pero si alguien puede hacer que volvamos a mirarlas con hambre renovada, ese es Karlos Arguiñano. Con su estilo inconfundible, el chef vasco recupera la receta más clásica de torrijas y la adapta ligeramente, sin perder ni una pizca del encanto original. El resultado: un postre que sigue funcionando cada invierno y que cualquiera puede preparar en casa.

Esta vez, la base elegida es el pan de Viena, un pan «más esponjoso», que, como recuerda el cocinero, «viene de Austria, de Viena, de Viena pasó a Francia y de Francia a España». Aunque admite que las torrijas «se pueden hacer con pan duro», apuesta por un pan más tierno para darle un punto más jugoso y goloso al bocado.

Leche aromática con cítricos y agua de azahar

La receta arranca con una infusión de leche que marca la diferencia. Se hierve con azúcar, «agua de azahar, cáscara de naranja y cáscara de limón». Solo eso, ingredientes sencillos, pero aromáticos. Una vez hervida, la leche se deja atemperar. Es importante que no esté demasiado caliente al empapar el pan, para que no se rompa.

Las rebanadas de pan se colocan con cuidado y se les vierte la leche por encima. «Que se remojen bien, bien remojaditos», dice Arguiñano.

Paso por huevo y fritura con mimo

Una vez empapadas, las torrijas descansan unos minutos en una rejilla o bandeja ligeramente inclinada, para que suelten el exceso de líquido. Después, se pasan por huevo batido y van directas al aceite caliente. Aquí, el cocinero insiste en no sobrecargar la sartén: «No amontonéis para que no se os rompan».

El pan está muy tierno, así que se fríe con delicadeza, dorándolo bien por los dos lados. Arguiñano se permite disfrutar el momento: «Quiero que veas mi felicidad aquí… cada vez que estoy dándole la vuelta a esto». Y se entiende. La cocina, cuando se hace con gusto, también emociona.

Azúcar, canela… y un chorrito de anís para los adultos

Una vez fritas, las torrijas se rebozan en una mezcla de azúcar y canela. El toque final de toda la vida. Pero hay más: «Esto acompañado con una bolita de helado, con un yogur…». Y, para quienes quieran un punto más festivo, «a mí me suele gustar con anís quemadito. Sí, un anís de esos tipo Chinchón».

Un detalle que, bien equilibrado, potencia los aromas cítricos y florales sin invadir el postre. Solo un hilo, servido al final, si se quiere, pero que añade una capa más a una receta que no necesita grandes gestos para brillar.

«Hay distintas formas de hacer las torrijas, pero esta es una tradicional que no os va a fallar», dice claro. Es una de esas recetas que se quedan en la memoria, que se transmiten con facilidad y que se adaptan a lo que uno tiene en casa.

El pan puede cambiar, el tipo de leche, incluso los aromas, pero lo esencial está en el método.

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