Heraldo-Diario de Soria

Apuntes históricos sobre las indagaciones en los robos en la iglesia del Rivero, de San Esteban de Gormaz

En los expolios sufridos en el siglo XVIII en este bonito templo se encuentran valiosas piezas como vinajeras, lámparas, patenas, un incensario, un pie de cáliz y una manzana de cruz 

Iglesia de Nuestra Señora del Rivero desde la parte lateral y posterior del templo.

Iglesia de Nuestra Señora del Rivero desde la parte lateral y posterior del templo.MARIO TEJEDOR

Publicado por
José Vicente de Frías Balsa
Soria

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Andrés Moreno, vecino de San Esteban de Gormaz y mayordomo de la parroquia de Nuestra Señora del Rivero, «extramuros de ella», ponía en conocimiento del alcalde de la villa de lo ocurrido el 27 de abril de 1720. ¿Qué había sucedido? Pues que la noche de ese día, sin saber quién ni qué personas, barrenaron una de las puertas principales de dicha iglesia «e hicieron un bujero, que cabía el cuerpo de dicha persona, por el cual entraron en la referida iglesia y de ella sacaron y llevaron, de la parte donde se hallaban», varios objetos de plata.

Las piezas sustraídas fueron dos candeleros de plata, de peso de ocho libras poco más o menos; dos pares de vinajeras, unas pequeñas y otras grandes, sobredoradas, con sus tapas, de peso de hasta veinte onzas; un plato sobredorado, de peso de hasta doce onzas; la maza de la cruz grande, en que está el apostolado, sobredorada, de peso de hasta sesenta onzas; y un pie de cáliz sobredorado. También sustrajeron un incensario de plata; una lámpara pequeña con un rótulo alrededor de ella que se lee el nombre de quien la dio, con los escudos de sus armas; dos patenas sobredoradas; una lámpara grande, con las cadenas eslabonadas, el pabellón del humo el remate de abajo de dicha lámpara y tres eses de plata con sus hembrillas para los tornillos en que se ponía la luminaria.

Dichas alhajas faltaron y se echaron de menos el día 28, entre las siete y ocho de la mañana, y para averiguación de los ladrones y su descubrimiento el citado mayordomo pasó, en compañía de Bernardo Rodríguez, escribano, y otras personas «a hacer vista ocular de dicha puerta» de todo y a formar causa de oficio y hacer otras diligencias. Por lo que se refiere a la iglesia informaba cómo «se halla con muy corta renta; y sus feligreses pobres». También de que, en 1712, «ha sido robada de dichas alhajas de plata y sobredoradas […] y que a no haberla dado algunos devotos de fuera de esta dicha villa, por la devoción de dicha imagen y sus milagros, se hallara con muy pocas o ningunas por la imposibilidad de esta dicha villa y sus vecinos como es notorio».

Por el bachiller José de Toro y Castro, cura propio de esa iglesia, vicario y juez eclesiástico de ella y del arciprestazgo, sabemos que la mañana del 28 de abril, entre las siete y ocho de la mañana, fue a su casa Pablo Azorero, sacristán, y le dijo habían robado en la parroquia. Al punto fue allí y halló que a la puerta «la habían barrenado y hecho un bujero», que de los cajones donde estaban las alhajas se habían llevado unos candeleros de plata grandes dobles; un incensario; vinajeras pequeñas y otras sobredoradas con sus tapas y con unas letras A y V y su plato también sobredorado; la maza de la Cruz grande «las señas de ella son tener alrededor seis apóstoles o siete todos sobredorados y entre apóstol y apóstol unos mármoles hasta cuatro dedos de alto cada uno y esta estará toda deshecha por haberse quebrado de la cruz»; un pie de cáliz; una lámpara pequeña, toda grabada y con labores, y cuatro cadenas grandes y otras cuatro pequeñas, con inscripción que dice la donó el capitán Baltasar Callejo, natural de la villa, y el año y escudos con sus armas; de otra lámpara grande, que no pudieron sacar «por el bujero», se llevaron el pabellón del humo, cuatro cadenas de eslabón muy grandes labrados unidas con eses de plata; una bola de plata que tenía por remate una lámpara que había venido de Indias.

Por lo que se refiere a esta última acaso fuera donación, como informa el buen amigo Javier Herrero Gómez, del licenciado Diego de Baños y Sotomayor «oydor de Santa Fe en las Yndias del Peru». O del citado capitán que trajo de América a la titular del Rivero, como escribe Argáiz, «una muy rica lámpara de plata, unos candeleros, corona o diadema de lo mismo, todo muy costoso y de mucho valor».

Otro testigo presentado por el mayordomo fue el licenciado Juan González Andrés y Gallo, cura de la iglesia de San Miguel, en la misma villa. Éste lo hizo por haber ido a decir misa al Rivero y haber «visto, en distintas ocasiones, las alhajas de plata». Otro fue Pablo Azorero, sacristán. Sus declaraciones son similares a las reseñadas.

Desconocemos si se logró dar con los ladrones. 

Una pista parece ofrecer el contrato, firmado con consentimiento del citado bachiller y orden del tribunal eclesiástico del obispado de Osma, el 17 de junio de 1723, entre Francisco Esteban Manrique, maestro de platería en Aranda de Duero, y Antonio de Huerta, mayordomo de la iglesia. Platero y mayordomo dijeron que las alhajas robadas en 1720, «que han aparecido, las ha de fabricar e imponer dicho Francisco Esteban en la manera y forma siguiente».

El maestro arandino, que estuvo activo entre 1681 y 1735, trabajó para la catedral y las iglesias de Pedro, Torresuso, Morcuera, Matanza, San Leonardo… Y en el caso de San Esteban de Gormaz, por lo que se refiere al robo, se obligó a hacer la manzana para la cruz «de la hechura de la de la parroquia de San Esteban de esta dicha villa». Un incensario. Una lámpara pequeña grabada con un rótulo alrededor que diga la dio el capitán Baltasar Callejo con sus armas. Otra lámpara grande grabada con los escudos que tiene la vieja. Por su trabajo, que debería dar acabado en perfección para la feria de San Miguel de 1723, se le pagarían ochocientos reales de vellón «de todas hechuras».

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