Notas sobre la vida de un soriano, platero y ludópata, en el siglo XVII
Jorge del Ortega Rodríguez estuvo casado con Isabel de la Torre de la Vega, vecina de Soria, y fueron padres de nueve hijos

Entrada a la Calle Mayor de El Burgo, desde la Calle de San Pedro de Osma.
No se equivoca el adagio latino cuando afirma que «nihil est novum sub sole». Vamos, que nada hay nuevo bajo el sol. Que la historia se repite lo pone de manifiesto el tema que viene, hoy a esta página, desde algunos de los folios de protocolos notariales de la escribanía de número de El Burgo de Osma. Tratamos de un caso de ludopatía, documentado en el siglo XVII cuando el «Diccionario de la Real Academia» aún no reseñaba esa palabra, simplemente por no haber sido fundada en aquellas fechas la docta corporación.
Jorge de Ortega Rodríguez (1611-1668), platero, hijo de Jorge, de igual profesión, y de Ana. Casó, en 1635, con Isabel de la Torre a la que hizo madre, cuando menos, de nueve hijos: Jorge, Agustina, Juan, Josefa, Mateo, Bárbara, Bárbara, Francisco y Francisco. Debió de ser un gran aficionada a los juegos del azar y, concretamente, al de las pintas. Juego que, según el «Diccionario de Autoridades», es una especie del que llamaban «Parar».
A la muerte de su padre, sobrevenida en 19 de marzo de 1639, tras más de cuarenta años casado con Ana Rodríguez, ponía de manifiesto, junto con su madre, que Dios «ha sido servido darnos bienes temporales en mayor suma y cantidad de la que merecemos, usando de su misericordia». Poco después, en 1641, se asegura de él que «es hombre rico y hacendado y abonado en cantidad de más de ocho mil ducados».
Lado Oculto
Intento de fundación de un convento de monjas en Ágreda en 1604 y de cómo la idea no llegó a nada
José V. de Frías Balsa
En tal situación parece ser que fue poco el tiempo que se dedicó al oficio de platero ocupándose en otros menesteres como administrador de las memorias del canónigo Remigio Cuenca y de las memorias, capellanías y obras pías de Roque de Cogollos; del Colegio-Universidad de Santa Catalina, del que cobraba y administraba todas las rentas del dicho Colegio sin limitación alguna; de las nuevas alcabalas del uno por ciento… En el mundo de la política fue alcalde ordinario y alcalde mayor, regidor, diputado y procurador de la Villa; arrendador de los frutos y rentas; tesorero de la Santa Cruzada y medias annatas en el obispado de Osma; prestamistas…
En el campo de la platería únicamente parece que en 1640 hizo una manzana para la Cruz de la parroquial de Langa y una custodia para la de Valdeande, y en 1643 se le pagaron los aderezos que había hecho en la cruz de la iglesia de Rioseco.
El 10 de mayo de 1641 Jorge de Ortega y Tomás Ramírez, vecinos de El Burgo, éste como marido de María de Ortega, hijos y herederos de Jorge de Ortega y Ana Rodríguez, difuntos, hasta esa facha no habían partido los bienes y hacienda de sus padres. Como, al parecer, cada uno de ellos tenía diferentes pretensiones a tales bienes se esperaban diferentes demandas y litios. Mas, «por ser como de suyo los pleitos son largos, costosos y sus fines dudosos por bien de paz y otras justas causas» se habían concertado de comprometer las dudas, diferencias, litigios, la tasación de todos los bienes y hacienda, así muebles como raíces, la partición y división de todos ellos a Juan García de San Juan, vecino de la Villa, y al bachiller Gregorio de Puelles, capellán en la catedral de Osma y mayordomo del hospital de San Agustín, nombrados, respectivamente, por Jorge y Tomás. Pero la pretendida partición no debió ser fácil, ya que debió efectuarse el 19 de julio de 1656.
No es raro, pues, que, dada su situación económica, en 20 de marzo de 1649, reconociese la inquietud y graves daños que se le seguían «de jugar a las pintas», juego de naipes. Reflexionaba entonces «que, con segura conciencia, ningún hombre cargado de obligaciones, de hijos y mujer, ni conforme a leyes destos Reinos, lo puede hacer».
Es por ello por lo que, en la indicada fecha y ante Pedro de Escalante, escribano del Ayuntamiento burgense, de su propia, libre y espontánea voluntad prometió y juró, en forma de Derecho, y se obligó, con su persona y bienes muebles y raíces, habidos y por haber, a no jugar en todos los días de su vida. Y esto «por sí ni por interposita persona dicho juego de pintas en ninguna parte ni por ninguna causa ni razón». Caso de hacerlo, se le podía penalizar con la respetable suma de trescientos ducados aplicados: cincuenta para la cofradía del Santísimo Sacramento de la Villa, ciento cincuenta destinados a la fábrica de la catedral de Santa María de Osma, y los cien restantes para repartir entre los pobres de El Burgo a disposición del obispo que era o fuese de Osma.
Fue aficionado, también, al arte como lo pone de manifiesto el hecho de que, en la almoneda hecha a los bienes que quedaron por fin y muerte del licenciado Juan Martínez, racionero de la catedral oxomense, adquiriese, en 1653, por seiscientos reales, «seis países del testamento viejo pintados al ólio, con sus marcos dorados apartes»; «un cuadro del rico avariento pintado al ólio, con su bastidor», por cien reales y «cuatro lienzos de bodegones, con sus marcos dorados aparte» por cuarenta y un ducados. Años antes, en 1639, en la almoneda de los bienes de doña María de San Pelayo, el 16 de agosto, se le habían adjudicado cuatro tapices de figuras, una alfombra y un escritorio de taracea, en veinticinco ducados.
Prestó dinero, en varias ocasiones, a quienes se lo pidieron, por lo que nos viene a la memoria aquel poemilla que leímos en 'La Propaganda', de 30 de mayo de 1884:
Un cura con ardimiento
en la iglesia predicaba
contra todo el que prestaba
hasta el sesenta por ciento.
Lo oyó Agustín: -¡Santo Dios!
Dijo: -¡Que bien argumenta!
Mas yo no entro en esa cuenta,
que presto al sesenta y dos.