Intento de fundación de un convento de monjas en Ágreda en 1604 y de cómo la idea no llegó a nada
Una de las condiciones puestas por el Ayuntamiento fue que las hermanas de villa y tierra fueran preferidas a ingresar, pero el propósito no llegó a ejecutarse

Documento examinado de las actas municipales.
Con paciencia benedictina, en nuestro caso más bien jerónima, hemos leído los cuatro primeros tomos de actas del Ayuntamiento de la villa de Ágreda que abarcan desde 1516 a 1605. Y cuál ha no sido nuestra sorpresa al tropezar con una noticia no reseñada hasta el momento, según creemos, por ninguno de los autores que se han ocupado de la rica historia de esa villa de la que, por cierto, pese a quien pese, aún quedan muchas cosas que escribir.
Se abre el volumen con el acta del consejo celebrada el domingo 15 de octubre de 1589 y se cierra con la correspondiente al sábado 23 de abril de 1605. Tiene un total de 345 folios a los que hay que sumar otros ocho que se hallan sueltos. Como se aprecia en la foto, el manuscrito ha sido restaurado.
Lado Oculto
Prevención contra la peste en la villa de Ágreda a finales del siglo XVI
José Vicente de Frías Balsa
La presencia de frailes y monjas en la susodicha villa, y está documentada, fue de sanjuanistas, franciscanos y agustinos; y las ramas femeninas de clarisas, agustinas y concepcionistas. Además, el 7 de julio de 1637, Diego Ruiz, clérigo, beneficiado en la parroquial de San Pedro, manifestaba su ardiente deseo que los padres de la Compañía de Jesús, de la provincia de Castilla, «vengan a fundar en esta villa convento o colegio o que tengan residencia en ella». Pero volvamos unos años antes, en concreto al sábado 25 de mayo de 1604.
Ese día se juntó ayuntamiento ordinario, presidido por D. Juan Díez de Fuenmayor, teniente de corregidor de villa y tierra. Entre los asuntos que allí se trataron fue uno el que refiere el acta, el la que se deja constancia de la propuesta presentada por fray Pedro Martínez, fraile franciscano y guardián que había sido del convento de San Julián, de la mencionada orden, sito en la Villa.
El religioso les hizo saber como cierta persona o personas devotas deseaban fundar un monasterio de monjas, ayudando la villa con lo que pareciere ser justo y principalmente con casa e iglesia con «que las dichas personas darán la dotación suficiente a contento de esta villa y darán renta para el sustento de las dichas monjas». Los asistentes acordaron dar lo que pedían y para tratarlo con fray Pedro se cometió a Marcos de Orobio y Francisco Ruiz Hogazón. También se delegó en los mimos para hacerlo con fray Diego de Yepes, OSH, obispo de Tarazona (1599-1613)«para que favorezca esta santa obra».
El 11 de abril de 1605, estando en el dicho ayuntamiento, presidido por el mismo, dijeron que por cuanto, por medio del prelado de Tarazona, se había dado parte a la villa que cierta persona trataba de fundar en ella un monasterio de monjas y que para que tan santa obra tuviera efecto y pasase adelante, la villa determinó favorecer la idea. Para ello ofreció, con ciertas condiciones, dar el sitio de Peñas Caídas, que era público y concegil y las huertas del señor de Velamán, dos de D. Francisco de Castejón, la huerta de la capellanía de Joan Gomez y más cuatro 4.000 ducados pagados en ocho años a 500 ducados en cada uno e ellos. Se les daría, además, donde hacer caleras en parte cómoda sin perjuicio de la villa y la leña necesaria para las mismas. Los pies de roble que fueren necesarios; casa a las fundadoras hasta estar hecho el convento pagando el alquiler la Villa.
Entre las condiciones establecidas por el concejo y regimiento una de ellas fue que siempre que se hubiera de recibir monjas en el monasterio fueran las primeras las de la Villa y tierra. Que para esto se pusieron edictos para que llegara a noticia de todos. Y otra más de la que desconocemos el contenido por estar roto el folio.
Poco después, el sábado 16 de abril, acordaron las autoridades que, para tratar con la persona que quería fundar, «aunque no sabe quién es», tenían entendido que residía en la Corte. Por ello se debía acudir allí en donde «se podía saber quien es». Para lo que comisionaron, así como realizar el resto de gestiones, a Francisco Ruiz Hogazón, procurador general, y a fray Pedro a los que apoderaron para hacerlo y se les mandó dar 400 rs. para los gastos.
Ya en el mes de mayo, el sábado 9, estando en el dicho ayuntamiento sus mercedes acordaron que el acuerdo que se había hecho el día 8 del mismo -del que no tenemos noticias- se revocaba. Y esto en razón de que las dotes de las monjas que hubiesen de entrar en el nuevo monasterio «se alargase a quince ducados y por ciertos inconbinientes y que despues aca a pareçido se acuerda que las dotes de las dichas monjas sean y se concedan a quatro ducados cada una y que no pueda eceder de ellos en las naturales desta villa y su tierra». Y que, en todo, se guardaran los acuerdos de 11 de abril y 8 de mayo «y uer en lo que toca a dar ynstrucion y dar dineros y libraza para ello».
Desconocemos, hasta el momento, qué Orden iba a ser la que se estableciese en el nuevo convento. No obstante nos inclinamos a creer que muy bien pudieran haber sido hijas de Santa Clara de Asís. Monjas que, en tiempos pasados, ya habían residido en Ágreda mas, «por su probeza y hauerse caydo la dicha casa yglesia, se acauo dicho monesterio». Otra posible pista consistiría en el hecho de que el que presentó el proyecto de nueva erección al consistorio fue un fray Pedro Martínez, fraile franciscano y guardián que había sido del convento de San Julián. Más noticias esperamos hallar en libro de actas municipales de los siguientes años.