Heraldo-Diario de Soria

Ignacio, el escritor amante de la ciencia que invita a vivir 'otro' eclipse: «Es astronomía, pero también una experiencia interior que invita a la reflexión»

Este docente jubilado, vinculado a Ágreda por orígenes maternos, invita a ver el fenómeno astronómico desde este pueblo de Soria, del que fue pregonero de fiestas el año anterior

Ignacio Cólera.

Ignacio Cólera.HDS

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El Moncayo es su lugar en el mundo, un tsunami interior. «Algo inevitable», dice. Llegar a Ágreda es encuentro, conexión vital. Docente jubilado, escritor, asombrado siempre con la magnitud del Universo, este hombre sugiere no solo ver el eclipse, también sentirlo. Hablamos con Ignacio Cólera Beamonte, siempre con un pie en Zaragoza y otro en la Villa de las Tres Culturas, de donde se siente. La culpa, de su madre y de su abuela. Y de la calle del medio.

P. Explíqueme, ¿por qué debo ver el eclipse en Ágreda?

R. Ágreda es una tierra de ensueño, junto al Moncayo, y luego hay geografías de la luna. ¿Qué mejor que una experiencia compartida como un eclipse, aunque es un acontecimiento, una casualidad, una carambola cósmica? Ahí es un buen lugar, hay buena compañía y es una villa, una tierra de fronteras en la que veo una gran inquietud por saber, por conocer y por la cultura. Es la villa de las Tres Culturas. Un buen sitio, aquí hay muy buenos lugares de observación para presenciar ese evento.

P. ¿De dónde viene su interés por la astronomía? (Firma un amplio artículo sobre el eclipse en el programa de fiestas de Ágreda 2026  y que pregonó el año anterior).

R. De pequeño en realidad no pensaba ser docente, quería ser astronauta. Y me encantaban las series de ciencia ficción, Star Trek, los viajes en el tiempo, los mundos paralelos, y sobre todo el espacio, el universo como última frontera. Cuando estudié, vi que que había algo llamado astronomía, aunque yo estudié química, y la ciencia estaba ahí. Me ha tocado impartir también física, química, matemáticas. Y la astronomía siempre estuvo ahí. He intentado que mis alumnos tuvieran siempre pinceladas mías sobre las estrellas y el universo.

P. De ese universo del que habla, dígame algo que le maraville.

R. Lo que primero me maravilla es la magnitud del universo. Hace años hubo una foto que Carl Sagan, un divulgador científico, astrónomo. Sugirió echar una foto desde los confines del sistema solar, de la nave Voyager, donde se encontraba la Tierra. Y al final era solamente un puntito, un pixel. Ahí estaba contenido todo lo que sabemos, todo lo que conocemos, la historia de la humanidad. La foto se definió como un punto azul brillante. Siempre me ha fascinado que, a pesar de ser ese puntito tan pequeño, en él se concentra todo el saber humano, toda nuestra historia. A veces también nuestras miserias. Ése sería para mí el aspecto más llamativo de la astronomía. Dónde estamos, quiénes somos y cuál es el misterio de nuestra existencia.

P. ¿Cómo es el hombre ante un eclipse?

R. Creo que, independientemente de lo que es el fenómeno astronómico (simplemente un alineamiento entre el punto de observación, la luna y el sol, y además una casualidad que ocurre cada bastantes años), para mí el eclipse es una experiencia interior.

Se han hecho muchas fotografías de eclipses, se han estudiado. Es la mejor manera de conocer la corona solar, por ejemplo, porque la luna oculta el disco solar y entonces se puede observar la corona solar perfectamente.

Y, en cambio, para quien lo experimenta -cómo es, cómo es un día con dos noches, y en este caso, con dos atardeceres- es algo inusual y que parece casi mágico.

Entonces, creo que nos lleva a la reflexión, pero de la misma manera que una persona que sube a un monte para observar el paisaje queda ensimismado; o el budista que hace meditación en un momento determinado; o el que va a una iglesia, para empaparse de lo que podría ser el corazón, el alma, de algo más grande que uno mismo, ¿no?

Creo que un eclipse sitúa a la persona cuando lo observamos, como cuando el observador modifica también el experimento, al igual que dicen en la mecánica cuántica. El observador genera una experiencia en sí misma, sobre todo si lo observa con esa inquietud.

P. Es interesante esta visión interior de la que habla. ¿Cuál será su sitio el 12 de agosto, físico e interiormente?

R. Mi sitio físico será algún paraje de Ágreda, algún monte que permita ver muy bien el horizonte. Cuanto mejor se vea el horizonte sin obstáculos en medio, como montes o o árboles, durante más tiempo disfrutaremos de la experiencia, porque va a ser al atardecer. 

Hay varios montes alrededor de Ágreda y también dependerá un poco de lo que organice el Ayuntamiento. Y supongo también que a mi alrededor habrá gente que querrá que le cuente cosas a la vez. Ese minuto y medio, un minuto 40 segundos, no es mucho tiempo. Ese tiempo creo que va a provocar un silencio en los espectadores, un silencio interior.

Imagino que la gente aprovechará para hacer fotografías. Yo también haré alguna, pero es un momento, con esa oscuridad y esa noche en que se verán las estrellas a las 20.30 horas, hay que aprovechar para verlo y hay que sentirlo. Compartirlo con los que me rodeen, porque supongo que estaré rodeado de amigos y de familia.

P. Su mejor lugar en el mundo.

R. La cima del Moncayo. (Caramba, no te lo has pensado).

Sí. Hace que no voy a la cima del Moncayo desde el año 22 y tengo que volver. Lo que ocurre es que para ver el eclipse es muy complicado subir a la cima del Moncayo. Pero el Moncayo para mí es la montaña mágica, la montaña de las experiencias vitales. Ya lo fue en tiempos de los celtíberos.

El Moncayo es la montaña mágica; cuando me acerco, cuando voy en el coche hacia Ágreda, pasamos el cruce de Gallur y se va acercando al Moncayo, lo veo casi como una ola gigante, como un tsunami. Un tsunami inevitable que se va acercando. Es un  tsunami que arrasa en lo interior.

Mirar esa montaña azul, a veces oculta por nubes. En mis escritos decía que en esas nubes están deliberando los dioses cuando se reúnen y por eso truena a veces. Hay veces que no hace falta esperar a un acontecimiento cósmico para tener un acontecimiento cósmico interior. Hay naturaleza, contacto, hay baños de bosque... El Moncayo lo tiene prácticamente todo. Y además es un bien natural que hay que proteger y cuidar, ¿no?

P. Lo que le atrapa de esta villa que es Ágreda creo que tiene que ver con sus orígenes maternos.

R. Tiene que ver un poquito con mi historia, sí. Tenía tres calles prácticamente y una transversal. 

Y en la calle del medio, pues nos juntábamos veraneantes agredeños, niños, y jugábamos. Estamos hablando de los años 60, en los que la educación era nacional-católica. Yo estaba sufriendo una educación, para mí horrible, así de claro. En un colegio de frailes en los que el maltrato era continuo. Entonces, llegar a a Ágreda en julio y juntarte con la gente era compartir experiencias. Luego venía gente del pueblo a jugar a esa calle y nos juntamos a veces 30 ó 40 chavales. La aventura duraba hasta bien avanzada la noche cuando nos llamaban para ir a dormir. Aquello era una llamada a la libertad. Ahora, que sigo yendo a Ágreda, hemos formado un grupo de caminantes y sigo caminando con gente de la calle del medio. Sigue habiendo un vínculo de aquella famosa calle del medio.

P. Al escritor. Sugerente, pero algo tétrico. Hablo de Morir donde nace el cierzo, su segundo libro, después  de El tiempo es color azul.

R. Es una historia al principio aparentemente angustiosa, porque es una persona que desde el primer párrafo ya se dice que busca la muerte. En realidad es una historia de mundos paralelos, de ciencia ficción, que toca temas como la muerte o las experiencias cercanas a la muerte. La vida, la infancia, se menciona la Calle del Medio, en Ágreda, los primeros amores, los segundos y hasta los definitivos. Para mí es una historia de amor, porque tiene un final un poquito inesperado, que no es un sueño, es algo diferente. Quizás unido a esa magia del Moncayo y a esa idea de morir para renacer. Puede parecer tétrico, pero creo que la muerte es una realidad tan necesaria a veces, al menos biológicamente, como la vida. Y tan presente.

P. De maña a maño, ambos con sangre soriana. ¿Qué le insufla el cierzo?

R. El cierzo es un viento a veces peligroso. En Ágreda hablan de una palabra que me gusta, dicen "vamos a ver qué daños ha hecho la ventolada". Como he dicho antes, el Moncayo le imprime carácter. Y nos llega a Zaragoza a veces exageradamente. Pero también tenemos la suerte de disfrutar de que es un aire depurador que limpia los cielos. Incluso en tiempos rotos, pues eso, que va a seguir limpiándonos el cielo.

P. Vamos a la docencia. Durante su trayectoria profesional ganó usted diversos premios sobre proyectos relacionados con la informática en el aula. Y yo pregunto, ¿sobran chips y faltan libros físicos?

R. Esos premios fueron muy antiguos, estamos hablando de los años 90, hace 30 años, cuando elaboré unos programitas para alumnado con parálisis cerebral. Todo es bueno y todo es malo a la vez. En estos momentos, la informática, Internet, nos proporciona todos los datos que queremos, pero también hay que saber gestionarlos. Yo sigo pensando que lo mejor es el contacto humano.

Mis experiencias tienen que ver más con el mundo del aula, no tanto con la informática, que era casi como un hobby aparte. Además, dejé de programar porque me alienaba la cabeza. Después me dediqué a un alumnado muy especial, que era el de atención a la diversidad, grupos de diversificación con determinados problemas educativos a veces. Y tuve que aprender a cambiar el chip y hacer otras cosas. Y entonces vinieron otros premios que además eran para ellos, porque eran sus cortometrajes. Los cortometrajes que hacíamos en el aula eran premiados y valorados. Este tipo de alumnado además te hace reflexionar, y a mí creo que me convirtieron en mejor persona.

Ahora me encanta encontrarme con algunos de ellos y todavía me recuerdan ese tipo de experiencias. Los chips en este caso eran la cámara y el ordenador para editar los vídeos. Bien utilizados son un buen recurso educativo.

P. Al docente jubilado. En las aulas, ¿se enseña más o se aprende más?

R. Creo que, a veces, de igual forma que decimos de evaluar al alumnado, el profesorado debe también auto evaluarse, ver si lo que hace en el aula funciona o no y si fracasamos también como docentes. A mí mis alumnos me han enseñado muchas cosas, sobre todo a orientarlos mejor. Porque hay que observarlos, ver sus ritmos de aprendizaje. Y cuanto más te enseñan, más aprenden también.

P. ¿Qué tiene de su apellido?

R. Cólera. Creo que cuando era más joven era más colérico. Y ahora busco más la serenidad.  A veces uno sale divertido, otras enfadado. Y hay que llevarse todo eso y limpiarlo como el cierzo, que limpia las cóleras y las iras. Ahora busco más la serenidad. Quizá también por la edad.

P. ¿Más espiritual o más científico?

R. Espiritual en sentido religioso, no. Sin embargo, hay un interior que yo también llamo espiritual, que hay que combinar con la razón, con el método científico. Necesitamos de la ciencia, de ese pensamiento, porque es la ciencia la que nos ha dado esos avances en salud, física, mental, en salud social. La ciencia puede construir armas, pero hay que confiar en el ser humano y por lo tanto en ese espíritu.

P. ¿Hasta qué punto ha marcado su vida el adn agredeño?

R. Creo que totalmente. Aunque no olvido a mi padre. Cuando uno es pequeño no quiere parecerse a su padre, luego, conforme va creciendo, ve que cada vez se parece más a él. Pero con respecto a mi madre, es la que nos dio el regalo de amar un lugar, un pueblo, una villa, que para mí es mi gran retiro, si le puede llamar espiritual. Ágreda es un refugio ante, a veces, determinados vientos. Y también un lugar de encuentro.

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