Susana de Pedro, farmacéutica en un pueblo de Soria: «El factor escucha es importante en la farmacia rural y saber callar y dar ánimos cuando se necesitan»
La boticaria destaca el desempeño de la profesión farmacéutica en el medio rural frente a la farmacia urbana, ensalzando la cercanía con el paciente en los pueblos

Susana de Pedro, en la farmacia de Fuentearmegil.
Ser farmacéutica rural no es ejercer de boticaria al uso. Es saberse el nombre del paisano, de la señora, de algún hijo y hasta de lo que tenga en el huerto. Es un plus que no se paga con dinero y falto de reconocimiento. Susana de Pedro Blázquez nunca se imaginó al mando de una farmacia rural y ahí sigue, en la de Fuentearmegil, un municipio de Soria que integran otros tres pueblos (Zayuelas, Santervás y Fuencaliente del Burgo). Treinta años ya y aún sin entender aquello de «perdona que te moleste...» o que un mayor no llame al médico «por no molestar».
P. Lo más raro, recetado o no, que le han pedido en la farmacia.
R. Es una población muy pequeña, así que no sé qué es lo más raro, la verdad. Son medicamentos corrientes. Somos pocos, es una población de 300 habitantes, aunque luego tengo algún cliente más, pero la población que abarco es muy pequeña.
P. Lo mejor de eso, si es que lo hay.
R. Son muchas cosas. La cercanía con el paciente, la confianza, te cuentan lo que les pasa y preocupa, les puedes orientar, el trato cercano con el médico… Más bien son casi todo ventajas.
P. Y la llaman por su nombre.
R. Sí. Me llaman Susana. Cuando cogí esta farmacia me trataba todo el mundo de usted. Me doblaban o casi triplicaban la edad, porque empecé aquí con casi 30 años. Les decía que no, que me trataran de tú. Y ahora así es. Y yo les conozco por el nombre a la mayoría.
P. ¿Qué distancia hay entre una boticaria urbana y una rural?
R. La distancia es la cercanía con el paciente. Yo sé lo que es una farmacia urbana porque empecé en una farmacia muy grande en Madrid. Y allí conoces a la gente, pero no pasas a un trato cercano. En esta situación sí.
P. ¿Por qué aquí, en Fuentearmegil?
R. Aquí empecé a ejercer con 29 años en esta provincia y en esta farmacia y ahora tengo 54. Cuando acabé la carrera puse un anuncio en el Colegio de Farmacéuticos de Soria y seis años después me llamó la anterior farmacéutica de esta farmacia a ver si estaba interesada en cogerla. Yo ni siquiera pensaba que el anuncio seguiría, son las peculiaridades de estas zonas en contraposición de la capital, donde el anuncio dura dos minutos colgado. Aquí duró seis años. En aquel entonces, mi novio, hoy mi marido, se había ido a vivir conmigo a Toledo, donde yo trabajaba, porque él es de El Burgo de Osma. Y cosas del destino, él dejó su trabajó aquí, se fue a probar a Toledo y en esto que, fortuitamente, me llamaron de la farmacia. Lo pensamos, dijimos que sí y aquí estamos tan ricamente.
P. La vida de una farmacéutica rural en dos palabras a modo de resumen.
R. Tranquila y sencilla. Sobre todo lo primero.
P. Una queja de usted.
R. Siempre somos los que menos opinamos, los que menos importancia tiene nuestra opinión. (¿Habla en general o de los farmacéuticos rurales?). De los farmacéuticos en general.
P. Ahora cuénteme de qué se le quejan los mayores en la farmacia.
R. La verdad es que los mayores no se suelen quejar. Son personas bastante menos exigentes que otros pacientes que están en zonas más urbanas. Están como menos resabiados. Cuando viene gente de la capital: ‘Esto me lo hacen en mi farmacia’, cuando hoy por hoy en todas las farmacias hacemos lo mismo, en cuanto a las prescripciones o en dar una medicación. Los de fuera siempre vienen un poco más resabiados, pero yo nunca he tenido ningún problema.
P. ¿Qué ve más allá de una receta?
R. Más allá de una receta veo mucho a la persona, veo al paciente. Por ejemplo, ahora cuando estamos en un mundo en que priman los genéricos, que todos ellos son los mismos, yo intento darles siempre el mismo medicamento del mismo laboratorio, para tener la seguridad de que no se equivoquen a la hora de tomarlos. Si les cambias la caja, la marca, quizá una pastilla sea redonda y en otra alargada. O la caja de diferente color… Por eso intento que sean los mismos.
P. ¿Hasta qué punto saben en la gran ciudad qué es un botiquín de pueblo?
R. Creo que no tienen ni idea de qué es un botiquín ni una farmacia rural. Allí la mayoría de los pacientes son números que entran y se van. Y aquí tienes un día a día con ellos. Es muy diferente. No cuenta tanto la facturación como el trato con las personas. La cercanía o el trato con las personas es prioritario a lo que al final me pueda rentar.
P. ¿Hasta qué punto su vida es como la imaginó?
R. Para nada. Yo soy de Madrid, aunque venía aquí a El Burgo toda la vida. Venir no estaba dentro de mis ideas, pero estoy muy contenta.
P. El dolor de cabeza que le asalta de vez en cuando.
R. Me podría preocupar si vives en una gran ciudad y ves que te has equivocado; aquí es muy diferente, es todo muy tranquilo. Te podría preocupar si hicieras algo mal, pero sabes quién es, todo, y puedes llamar o pitar al timbre y decir ‘oye, me ha pasado esto, me he equivocado al leer la receta o darte esto’. O si ves a alguien mal, preguntarle, animarle a que vaya al médico o incluso llamar tú al médico. La mayor preocupación es que salga un día nevando, que esté la carretera helada, pero lo demás… pues no. El trato es cercano y yo soy campechana con la gente.
P. Oiga, ¿ponemos un consultorio y una farmacia en cada pueblo o hablamos de racionalidad?
R. A ver, la tendencia es a racionalizar, como dices, pero lo necesario sería poner un consultorio y una farmacia en cada pueblo. Las personas mayores, que son mayoría en estos pueblos, por no molestar, que dicen ellos, pues no van. Va el médico y aprovechan para decirle ‘me pasa esto y lo otro’. Pero llamar por teléfono para pedir la consulta y que venga el médico por ti al pueblo, pues no porque es molestar. Eso se debería suprimir. Si va el médico, enseguida va la gente. En la farmacia viene alguien porque estoy, pero si no estuviera se quedarían con el sarpullido o lo que sea sin hacer nada. Hay gente que se quita la preocupación comentándote a ti las cosas, unas veces de medicina y otras haces de psicólogo. Te cuentan su preocupación, les ves… Hay mucha gente que está muy sola en la zona rural.
P. Objetivos cercanos.
R. Pues cuidar de la farmacia. Antes decía '¡cómo me voy a jubilar aquí!', pero ahora sí, sí creo que me voy a jubilar en esta farmacia.
P. La frase que más escucha y nada tiene que ver con el Paracetamol.
R. Perdona que te moleste. Ésa es la frase. Qué me van a molestar, no me molesta nadie… Yo agradecida de que vengan y hasta para hablar un rato.
P. Duro el invierno en Soria.
R. Muy duro, el invierno soriano es muy duro por la climatología, la escasez de gente, porque todo está como invernando. Lo que se dice invernar pues es lo que pasa en el invierno soriano, especialmente en las zonas rurales. De no ver un alma por la calle.
P. Dígame qué exige el veraneante que no acabe de entender.
R. Las prisas. Tienen prisa para todo y están de vacaciones. Eso no lo entiendo. Y eso que no hay ni colas, ni nada para esperar. Aquí siguen así, sin prisa, ni demás.
P. El quehacer más ingrato del farmacéutico.
R. Cuando te viene un paciente que sabes que no tiene remedio y tienes que estar ahí como disimulando, poniendo una cara que es algo de hipocresía. (¿Y lo mejor?). Cuando les puedes ayudar. Yo en esta población rural, como nacimientos no tengo, que sería la gran alegría, pues lo mejor es sentir que les puedes ayudar si te piden que les hagas algo de compra u otra cosa.
P. Ser farmacéutico es dispensar medicamentos. ¿Y qué más?
R. Es mucho más. Ser farmacéutica no solo es, digamos entre comillas, ‘tienda’, es hacer un seguimiento farmacológico, de la enfermedad, del envejecimiento, del paciente, de intentar mejorarles la calidad de vida. Yo veo más la farmacia urbana encaminada a lo económico y la farmacia rural, al seguimiento, la dispensación, el tú a tú con el paciente. Que no quiere decir que en la urbana no se haga, pero los pacientes en ella son más inestables. Aquí en la farmacia rural, el factor escucha es muy importante, escuchar y saber callar y también dar ánimos cuando se necesitan.