Heraldo-Diario de Soria

Editorial

 

El Procurador del Común tampoco debe regirse por las ocurrencias

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El procurador del Común de Castilla y León es una de las instituciones más prestigiada de la Comunidad, esencialmente porque ejerce con autonomía, sinceridad, independencia y honestidad el cometido de defender a los ciudadanos antes los atropellos y desmanes de las administraciones. Y lo es esencialmente porque quien está al frente, el prestigioso jurista Tomás Quintana, es un convencido de esos valores y de la necesidad de su ejercicio desde la institución como lubricante democrático. Cuestión bien distinta es que esta institución, que emana de las Cortes, es constantemente desatendida por las administraciones, que suelen hacer caso omiso a sus recomendaciones, cuando no repudiarlas si conllevan crítica. Los políticos achican cada día más su capacidad de asumir la crítica. Y ese es uno de los males fundamentales de la política. No asumir la crítica ajena, acertada o desacertada, y, por supuesto, no ejercer la autocrítica o el examen de conciencia de sus acciones. Difícil crecer y mejorar así.

Sin embargo, últimamente, el Procurador del Común, no se sabe si por la popularidad que ha alcanzado en los medios de comunicación, que se suelen hacer eco de cualquier tipo de resolución, por absurda que sea, y algunas lo son, o por que la institución está ‘crecida’ se excede en sus recomendaciones. El Procurador del Común no lo sabe todo ni sabe de todo. Por eso sería más prudente por parte de la institución abstenerse en la emisión de dictámenes más propios de un populismo simplón, cuando no de la pura frivolidad. En cualquier caso, podría recurrir a otros entes u organismos antes de hacer pronunciamientos a la ligera. Cierto es que sus medios materiales y humanos son escasos. Pero eso no es justificación suficiente para pronunciarse sobre cualquier cosa y sin argumentos.

Sin ir más lejos, y desde el desconocimiento completo sobre el sector, recomendó la necesidad de habilitar los bajos de los edificios para construir viviendas. Esto no es Londres, ni siquiera Dinamarca. Sobran las ocurrencias. El Procurador del Común no tiene que pronunciarse sobre todo. Convertir los bajos en viviendas convertiría nuestras ciudades en espacios casi desérticos, empujando a los ciudadanos a los nuevos centros urbanos de ocio y consumo que son los centros comerciales. Castilla y León es un lugar en el que el vigor de las ciudades atrae riqueza. Se llama turismo. Seguro que hay otras fórmulas para combatir el problema de la vivienda y su especulación. Pero no esta. La mejor prueba es Valladolid, donde la iniciativa, fruto de la ocurrencia política de quien creía que esto era Berlín, no ha tenido éxito alguno.

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