Heraldo-Diario de Soria

Jesús Lope

San Polo, 16 de enero de 1270: «La paz de los diezmos»

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Terrenales disputas. El lugar elegido para el encuentro no era casual: la iglesia del monasterio de San Polo, en la margen izquierda del Duero, cruzando el puente. Un espacio neutral, aislado, austero y silencioso, apartado de las collaciones urbanas y ajeno a las tensiones parroquiales. Alfonso X, el rey Sabio, había tomado una decisión meditada, cargada de significado.

San Polo había sido donado a la orden del Temple en el testamento de Alfonso I, fundador y repoblador de Soria. A su muerte, en 1134, el monarca aragonés había legado todos sus reinos –Aragón, Pamplona y las conquistas fronterizas– a las órdenes militares del Santo Sepulcro, el Temple y el Hospital de San Juan de Jerusalén. Aunque su última voluntad no se cumplió –la nobleza aragonesa y navarra proclamaron a su hermano Ramiro, el monje, como rey–, San Polo sí pasó a manos templarias.

En este lugar emblemático –vestigio de los ideales cruzados nunca consumados de Alfonso el Batallador–, «a XVII kalendas februarii», el 16 de febrero de 1270, se encontraron el rey Alfonso X, el obispo de Osma y seis clérigos representantes de las collaciones de la villa y de las iglesias rurales de los cinco sexmos de la Tierra de Soria. El motivo: resolver un pleito antiguo por la percepción de los diezmos y el control de los dezmeros.

El priorato de San Polo no era un mero escenario; era un emblema destinado a sellar las ancestrales luchas eclesiales, la garantía de un pacto sagrado.

Una solución salomónica. El contenido exacto de la disputa no ha llegado hasta nosotros pero el «Padrón de 1270», redactado poco después, refleja claramente el acuerdo. Tras años de controversias por los diezmos, Alfonso X y el obispo Agustín optaron por un reparto equitativo de los derechos entre las parroquias de la villa y las iglesias de las aldeas de la Tierra a ellas adscritas.

El códice registra cláusulas casi notariales: «et media pars decimarum est de collacione Sancti Laurencii»; «et media pars est de collacione Sancti Myguelis». Es decir, la mitad de los diezmos pertenecía a la colación de San Lorenzo o a la de San Miguel. Los diezmos de cada aldea se dividían: la mitad para los clérigos de la villa y la otra mitad para los sacerdotes del alfoz. Esta medida reconocía las necesidades económicas de los clérigos rurales y preservaba al mismo tiempo la autoridad histórica de la villa.

El equilibrio alcanzado en el monasterio de San Polo consolidaba un modelo que uniría a la comunidad durante siglos. El Padrón se convertía en mucho más que un registro: en reflejo de la prudencia y la capacidad de conciliación de quienes gobernaban la vida espiritual de la Soria medieval.

«El primer censo de nuestra historia». El Padrón de 1270 emerge como un faro que ilumina los orígenes de Soria, de la Villa y Tierra y de su gente. Manuscrito en letra gótica con tinta roja y negra y pautado con mina de plomo, conserva nombres de collaciones: «De Sant Agostin», «Santa M[ari]a del Miron», «De Sant Matheo»; de aldeas: «Canparannon», «Derrunnadas», «Garaheio», «Rionieblas»; vecinos: «don Vicent e don Xemeno», «donna M[ari]a muger de don Viceynt»; oficios: «texedor», «guchellero», «ferrero», «vinadero», «gritador»; y de condición social: «el moço», «su cunnado», «de las biudas», «judíos, moros».

Comienza el manuscrito con un «Calendario agrícola-litúrgico» que fijaba las labores del campo y la recaudación de los diezmos [Fols. 2r–6r], seguido del Padrón, minuciosa y detallada enumeración de collaciones y aldeas [Fols. 10r–71v], y concluye con documentos sobre conflictos derivados de la fiscalidad religiosa [Fols. 71v–76r]. Setenta y nueve hojas de pergamino, cosidas con pericia, que nos permiten reconstruir la organización social, económica y eclesiástica de Soria y su Tierra en la Plena Edad Media.

Desde su redacción, el Padrón ha permanecido como testimonio vivo de la memoria soriana. Encargado por Alfonso X y redactado por su escribano Diego Gil de Ayllón, perteneció a Eduardo Saavedra y Moragas, quien lo donó a la Real Academia de la Historia, de la que era miembro desde 1862, año en que ingresó con solo 32 años. Décadas más tarde, fue publicado por Esther Jimeno, «La población de Soria y su término en 1270» (1958) y estudiado con detalle y profundidad por María Asenjo González, «Espacio y sociedad en la Soria medieval. Siglos XIII-XV» (1999). Restaurado en el año 2000, el Padrón es mucho más que un censo: es un testimonio excepcional de la compleja organización de la Villa y Tierra de Soria en el siglo XIII y una ventana única para la comprensión de la vida de sus habitantes.

Del conflicto a la paz: la Villa y su Tierra. Hacia 1270, Soria contaba con 35 collaciones parroquiales que articulaban la vida religiosa y social dentro de la villa, y a ellas estaban vinculadas desde sus orígenes las numerosas iglesias rurales. La Tierra de Soria se dividía en cinco sexmos –Arciel, Tera, Lubia, Frentes y San Juan–, cada uno con decenas de aldeas que dependían administrativa y espiritualmente de la villa.

El conflicto surgió de la superposición de derechos: los curas rurales reclamaban –por necesidadH los diezmos de sus parroquias, mientras que los clérigos urbanos defendían su derecho sobre esas rentas por la adscripción histórica de las iglesias del alfoz a las collaciones de la villa. No era un caso aislado: problemas similares se habían dado en Segovia, Ávila o Burgos. En Ávila, por ejemplo, el cardenal Gil Torres ordenó en 1250 la elaboración de un censo de parroquias de la diócesis para fijar el reparto de los «prestimonios» –una parte del diezmo– en agria disputa.

Los reyes castellanos, conscientes de la necesidad de mantener la cohesión de los territorios del reino, habían adoptado con frecuencia un papel arbitral. Alfonso X buscaba fortalecer la organización interna de las comunidades repobladas, fijar la población y garantizar el equilibrio entre Villa y Tierra. Su intervención en Soria formaba parte de esta política: impedir que las disputas por los diezmos debilitaran la unidad de la Villa y su territorio, en una frontera clave de la Castilla medieval.

San Polo no fue solo el escenario de un pacto inspirado por la sabiduría de un rey. En las páginas del Padrón no palpitan solo cláusulas jurídicas. Cobran vida aldeas como «Chavaler», «Argançuela», «Sauqiello» «Castellanos»; vecinos con nombre: «Gomez de Yllana» o «Fer[n]an P[ere]z con sus h[er]manos», «Gil del Royo y su h[er]mana», «Juan Catalan», «donna Mayor»; oficios humildes como «canpanero», «pastor», «guchellero», «carnicero», «vinadero» o «gritador». Toda una comunidad viva que, en aquel enero de 1270, encontró un frágil equilibrio entre los muros templarios de San Polo.

Este cenobio, emblema de espiritualidad y frontera, fue el escenario donde se selló «la paz de los diezmos». Siete siglos después, paseando a orillas del Duero, el priorato de San Polo nos recuerda que, entre disputas terrenales, siempre puede hallarse la concordia bajo los auspicios de un lugar sagrado.

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