Heraldo-Diario de Soria

RELIGIÓN

El sacerdote soriano que conoció al Papa

Pablo Hernando, en Argentina hace 40 años, retrata a Bergoglio: «No se dedica a las relaciones sociales sino a las humanas»

Arriba, Bergoglio bautizando en febrero en la parroquia que dirige el sacerdote soriano Pablo Hernando, el cual aparece abajo a la izquierda también en un bautismo familiar.-

Arriba, Bergoglio bautizando en febrero en la parroquia que dirige el sacerdote soriano Pablo Hernando, el cual aparece abajo a la izquierda también en un bautismo familiar.-

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P. P. S. / Soria
Soria

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Francisco «tiene la normalidad de un cura rural. Es como un cura rural al servicio de su pueblo». Así habla del Papa alguien que conoce bien a uno y a otros. Se trata del soriano Pablo Hernando Moreno, párroco de San Martín de Tours, perteneciente a la Archidiócesis de Buenos Aires, en Argentina, al frente de la cual estaba hasta su nombramiento, hace unas semanas, el cardenal Bergoglio. Este misionero agustino, nacido en la capital soriana y residente «por elección» en Argentina desde poco después de ser ordenado en 1970, no ha perdido los lazos con su tierra, que visita todos los años, y probablemente será el soriano que más veces ha estado con el Papa también más cerca.

«La última fue hace unos dos meses, cuando vino a celebrar unos bautismos a nuestra parroquia, ya que una de las familias era amiga personal suya», cuenta. «Le pregunté y él mismo celebró la ceremonia con la normalidad de un cura rural», reitera Pablo Hernando, que hace un retrato del Papa que no varía mucho del ya conocido: alguien «sencillo, cercano y muy servicial». Una de las muestras de ello es la anécdota que recuerda: «Después de la celebración le pregunté si había venido en auto de la curia. Su respuesta, con toda normalidad, fue que no. Le acompañé a buscar un taxi, dada la distancia hasta la curia eclesiástica, y nos despedimos como dos buenos amigos».

En Buenos Aires al hoy Papa se le llamaba siempre «cardenal Bergoglio», con quien Hernando ha coincidido y saludado en diversas ocasiones desde que hace un par de años el sorianos llegara a la Archidiócesis de Buenos Aires, en la cual el jefe de la Iglesia católica era entonces arzobispo. 

No le cuesta mucho al párroco recordar la tarde de de marzo en que «Georgium Marium Bergoglio» salió al balcón del Vaticano, «aquella figura para nosotros tan familiar», después de ser elegido Papa. Eran las 15.30 horas en Buenos Aires, sobre las 19 horas en Soria. «Nadie lo podíamos creer, todos subimos el tono de las radios y de las televisiones para cerciorarnos de la hermosa noticia. De pronto, como movidos por un resorte y antes de que pronunciara ni una palabra, sonaron las campanas de la iglesias de la ciudad. Por unos instantes como que se paralizó la enorme metrópoli para prestar oído a sus primeras palabras». 

«¿Que cómo viví la elección? Como la mayoría de los argentinos, con una inmensa alegría y sorpresa», cuenta mientras nos deja seguir acercándonos a sus impresiones sobre el Papa. «Era muy parco en palabras, no puedo decir «duro» (palabra que habíamos utilizado en la pregunta), sino exigente y muy poco sociable». «¿Perdón?, inquirimos, ¿poco sociable?».  «Poco sociable en el sentido de que no era persona que se entretuviera... No se dedicaba a las relaciones sociales, sino a las relaciones humanas. Hacía lo que tenía que hacer y ya estaba. Era muy del pueblo...», explica

A poco menos de un mes de su presentación al mundo, pocos quedan sin saber que Francisco no calza los zapatos rojos, nuevos y limpios como la patena, que han distinguido a pontífices anteriores. Los suyos hasta el momento son los zapatos bastante gastados con los que pisaba suelo bonaerense. Se explica de este modo que indaguemos sobre su vestimenta allá. «Nunca hace alarde de rango cardenalicio, más bien se presenta con su traje de ‘clergyman’, asistiendo donde se le necesita, tanto a nivel personal como para una ceremonia comunitaria». El clériman, castellanizando la palabra, es la camisa de los sacerdotes católicos cuando no usan sotana. «Era muy austero en su vestimenta. Va menos elegante que tu obispo de Soria», añade el párroco de San Martín.

La práctica de la austeridad no la aplica únicamente al hábito, sino también al que hasta hace poco era el mobiliario de su trabajo: «Apenas el sillón, la mesa y dos sillas para recibir a las visitas».

Su día a día comenzaba muy temprano, sobre las 4.30 de la mañana, que era cuando se levantaba para organizar su día. «Almorzaba a las 12.30, casi siempre solo, y se dedicaba a su trabajo con gran intensidad», afirma Pablo Hernando.

Este trabajo estaba a veces muy pegado al suelo. «Escucha atentamente y ha sido muy cercano a muchas personas, familias y asociaciones de la Archidiócesis de Buenos Aires. Cabe destacar su trabajo en las ‘villas de emergencia’, como la Villa 31, que está muy cerca de mi parroquia pero tremendamente separada por la vía del ferrocarril y muros de las viviendas». Estas zonas de suburbios, con extensiones de hasta dos kilómetros, como la villa citada, donde se hacinan 50.000 personas, han sido visitadas en varias ocasiones por el cardenal, en apoyo a los curas que allí estaban trabajando.

De dominio conocido a nivel internacional, y especialmente en la capital argentina, son los desencuentros en su época de cardenal con la presidenta Cristina Kitchner, a quien Bergoglio llevaba solicitadas «10 ó 12 audiencias y no se las daba», rememora el agustino. 

El sacerdote soriano recuerda otras dos ocasiones en que Bergoglio ha estado a pie de calle, «dos auténticas tragedias» ante las que pidió justicia. Una de ellas fue el incendio ocurrido en 2004 en la discoteca de Cromagnon, en Buenos Aires, en el que perecieron 194 personas. La otra, un accidente ferroviario ocurrido el pasado año en la capital argentina en el que murieron más de medio centenar de personas.  «A los familiares les exhortó a seguir un reclamo sereno de la justicia», recuerda Pablo Moreno. 

El sacerdote agustino pone encima de la mesa que el «efecto Francisco, el Papa que llegó desde casi el fin del mundo», sigue siendo visible en Argentina. Un «milagro porteño» que él ha tocado con las manos.

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