Heraldo-Diario de Soria

BODEGA PARDAL Y PUNTO

Los nietos del herrero de Argusino

En el centro, Germán Panero; a su izquierda, Lorena Asenjo y Paco Nieto; a la derecha, Félix Garro y Mari Luz Pardal, en el embalse de Almendra junto a los restos de cepas en la zona de Pozaco en el desaparecido pueblo sayagués de Argusino. - RobertoVicen-RobertoVicent

En el centro, Germán Panero; a su izquierda, Lorena Asenjo y Paco Nieto; a la derecha, Félix Garro y Mari Luz Pardal, en el embalse de Almendra junto a los restos de cepas en la zona de Pozaco en el desaparecido pueblo sayagués de Argusino. - RobertoVicen-RobertoVicent

Publicado por
JAVIER PÉREZ ANDRÉS
Soria

Creado:

Actualizado:

Carlos, Germán, Lorena, Paco, Mari Luz, Félix, José María, Alberto y Resu son los creadores de la Bodega Pardal y Punto que ha abierto sus puertas en Fermoselle, en la Denominación de Origen Arribes, en esta añada que se nos va. Son descendientes de argusinejos y nietos de Manuel Pardal, el herrero de Argusino, y juntos han conseguido emocionarnos a todos desde el arribe zamorano -algo harto difícil en los tiempos que corren en el mundo del vino tan lleno de historias vacías de argumento y, más aún, de sentimiento-. El conductor de la historia de vinos más bonita y jamás contada en Zamora, es un enólogo catalán con sangre sayaguesa y ADN de Argusino. Se llama Carlos Nieto Pardal, hijo de Amelia Pardal y nieto de Manuel, el herrero. Carlos ha elaborado un vino de familia y, junto a sus primos, se lo dedican a su abuelo Manuel y a la memoria del pueblo de su familia: Argusino. Lo más curioso es que ninguno de ellos conoció el pueblo de sus mayores, aunque si saben dónde está y lo que queda de él.

El tinto se llama ‘Salsipuedes’ y es de la añada de 2016. Han salido al mercado apenas unas 1.200 botellas, con un diseño perfectamente integrado en la parte sentimental del tinto. Hasta aquí, una historia de vinos donde se unen la tierra, la viña, la familia y una botella con etiqueta. Bien... pero no, lo verdaderamente emocionante va mucho más allá del equilibrio sensorial de un tinto con Denominación de Origen elaborado con tempranillo, Juan García y bruñal de la añada de 2016 con un ligero paso por el roble. Va tan lejos que tendríamos que regresar al pasado y volver a recorrer con la imaginación y la memoria las viñas en vaso de Valdegrumo, La Molina, Los Rondillones o las recién cavadas cepas viejas de Pozaco. Y recordar que la última vendimia fue por la añada del 66 o 67. Y también deberíamos escuchar una charrada del tamboril de Pardal visitando su fragua. Y, sobre todo, pasear por la calle Salsipuedes, tan concurrida antes de que las aguas del embalse de Almendra anegaran huertos, cortinas, casas, bodegas, majuelos y borraran para siempre la historia de un pueblo de Zamora que se inmoló obligado para que la luz eléctrica iluminara nuestras casas. Mientras a ellos, a los argusinejos, se les apagó el candil para siempre. Esta es la historia de un vino cuya etiqueta diseñó Javier Garduño trasladando el sentimiento a las lágrimas de piedra ahogadas en el cuello de cristal y el laberinto intrincado del callejero fantasma en la etiqueta.

Argusino lleva 60 años sumergido bajo las aguas del pantano de Almendra. Esta fue la razón por la que un grupo de descendientes de una familia argusineja decidió diseñar un vino. Todo un canto a la cultura del vino con mayúsculas. En los días que el embalse languidece, los primeros restos de vida de los últimos cultivos leñosos que quedan de Argusino son los nudos de las cepas de la viña de Ricardo, adonde acuden los pardales con frecuencia para lograr una foto documento de la existencia de la viña en el pueblo de sus mayores. Otro miembro, Germán Panero, arquitecto sayagués de Roelos, se encargó del diseño de una bodega de elaboración encalada en el corazón de granito de Fermoselle, respetando sus cimbreados de piedra de sillería. La calle follaca más vinatera de la villa de la que procede Resu, otra integrante de este grupo de sayagueses que, como buenos hijos de Viriato, afrontan con orgullo una resistencia casi heroica para que no se olvide nadie de que también en Argusino hubo viñas, se vendimió y se elaboraron vinos. El padre del curtido viticultor fermosellano, Armando Ramos, ha sido clave para el desarrollo de este proyecto familiar.

La bodega se llama Pardal y Punto y está en el casco monumental de Fermoselle. Allí envejecen los vinos del 17 y se elaboraron los del 18 bajo el arco de piedra tradicional de las bellísimas bodegas follacas. En principio, la nueva bodega arribeña que adquiere uvas dentro del entorno de la localidad Fermoselle, siempre de viñedos inscritos en el Consejo Regulador de Arribes, cuenta con casi una hectárea de viña de uva bruñal. Suerte a esta bodega que nació en una calle del año 2018, sesenta años después, y lo hizo en el corazón de Sayago para brindar por una parte de su memoria.

tracking