El último vuelo de Antonio Soto: la familia del aviador abatido en Ágreda en la Guerra Civil recupera sus restos
Han tenido que pasar casi 89 años para que los descendientes del aviador republicano, natural de Tenerife, hallaran la pista, gracias a una información de Diario de Soria que publicó la exhumación del cuerpo en 2010

Tareas de exhumación en 2010 en el cementerio de Ágreda donde aparecieron los restos del aviador.
Los cielos de Ágreda, 24 de agosto de 1937. Antonio Soto pilotaba un bimotor Katiuska del Ejército Republicano, en plena batalla de Belchite, Guerra Civil Española. Junto a él, surcando las nubes sorianas, el sargento observador Luis Gil y el cabo ametrallador Blas Paredes. Un caza italiano, de los Nacionales, se cruzó en su camino y tuvo la puntería suficiente para alcanzarles. Antonio y Luis fallecieron al estrellarse sobre la tierra del Moncayo, sólo Blas pudo llegar a salvo porque su paracaídas sí se abrió. Acabaría prisionero y encarcelado.
Antonio Soto Romero y Luis Gil Longares fueron enterrados en el cementerio civil de Ágreda hasta que en 2010, las exhumaciones llevadas a cabo por la asociación soriana Recuerdo y Dignidad, junto a la Fundación Aranzadi, permitieron recuperar sus restos. Llegaron a ellos buscando a dos vecinos de Vierlas y uno de Santa Cruz de Moncayo, ambas localidades zaragozanas. Los restos de estos tres últimos fueron recogidos por sus familiares. Los de Antonio y Luis nadie los reclamó entonces y han permanecido estos 15 años bajo custodia de la Fundación Aranzadi, en sus instalaciones de San Sebastián.
Antonio saldrá de allí el próximo mes de enero, posiblemente el 24 lo recoja en Soria su familia que llegará, desde La Laguna, en Tenerife, donde residen y donde nació el aviador en 1914. Tenía 22 años cuando su Katiuska acabó estrellado en tierras agredeñas. Era el pequeño de siete hermanos.
Han pasado 89 años en los que la familia de Antonio no ha dejado de buscarle. Sus hermanas, luego sus sobrinas y ahora sus sobrinos nietos, hasta que se ha obrado el milagro. Una información publicada en 2020 en Diario de Soria por Eva Sánchez, sobre la exhumación de los cuerpos de los aragoneses y los pilotos abatidos lo hizo posible. La pieza clave en esta historia es Sara Felipe, la esposa de Martín García, el sobrino nieto del joven aviador. Su afición a la historia le llevó a iniciar las pesquisas y el corazón le dio un vuelco al leer la noticia de Diario de Soria en su búsqueda por internet. Ha devuelto a la actualidad una historia, de la que se ha hecho eco la Cadena Ser Soria.
«A principios de año, las tías de mi marido, de 80 años, nos dieron fotos de la familia para que las digitalizáramos, para no perderlas, y apareció el retrato de Antonio, que fue piloto de la República, al que la familia había estado toda la vida buscando y no habían podido dar con él. Ahora los medios son otros», explica Sara, desde La Laguna.
La confirmación de la vinculación llegó este mismo año tras las pruebas de ADN llevadas a cabo por Biomics de la Universidad del País Vasco, con quien trabaja la Fundación Aranzadi. Las muestras las facilitaron las sobrinas de Antonio, Aurora e Isabel, de 85 y 83 años.
Fue vital en su éxito el contacto con la asociación soriana Recuerdo y Dignidad y con el autor del libro Los aviones del Moncayo, Michel Lozares Sánchez. Él había documentado lo ocurrido aquel 24 de agosto de 1937 gracias al testimonio del piloto italiano que abatió al Katiuska, que lo dejó por escrito en su diario de vuelo. También que los restos del avión siniestrado siguen allí, al abrigo del Moncayo, en el paraje de la Dehesilla, donde cayeron en combate cuando el bimotor se dirigía al objetivo del aeródromo de Soria para bombardearlo.
«Sentimos emoción y que estamos haciendo lo correcto, con ayuda de la asociación y los amigos que hemos hecho en este camino», afirmó Sara, que ayer mismo acudió al Registro Civil de La Laguna para formalizar el traslado de los restos de su tío abuelo político. El deseo es que sea enterrado en su tierra, en el cementerio de la localidad canaria que le vio nacer. «Es un momento bonito pero amargo al mismo tiempo porque llega tarde. Su familia murió sin saber dónde estaba», añadió Sara.
Las sobrinas de Antonio recibieron la noticia del hallazgo sobre todo con sorpresa, y con especial recuerdo a su tía María Luisa, la que más buscó al benjamín y que falleció sin poder encontrar a su hermano. «Lo estuvieron intentando durante años pero no pudieron, en la Guerra Civil y republicano, estaban condenados al olvido», reflexiona esta familiar cuya insistencia en recuperar los restos de Antonio han hecho posible que vuelvan a casa después de 89 años. «Que por fin descanse en paz».
Tras la exhumación de los cuerpos en 2010, la Fundación Aranzadi y Recuerdo y Dignidad dieron a conocer los nombres de los dos aviadores cuyos cadáveres habían sido recuperados, pero ninguna pista sobre las familias. Además, la información de la que se disponía apuntaba a Murcia, de donde procedía el cabo ametrallador, Blas Paredes Sarabia, el único que sobrevivió al ataque del caza italiano del bando nacionalista. Éste fue hecho prisionero, encarcelado y posteriormente liberado en el intercambio de presos entre los dos ejércitos enfrentados en la Guerra Civil.
Antonio Soto tuvo una vida corta pero intensa. Tras quedar viudo, su padre emigró a Cuba con los cinco hermanos más pequeños. Cuando el protagonista de este artículo regresó a Tenerife se alistó voluntariamente para defender la República y formó parte de la primera promoción de pilotos de Kirosabad, en la antigua Unión Soviética, lo que viene a ser ahora la zona de Uzbekistán, matizó Sara. Hasta allí se trasladó para una rápida formación como piloto, lo que el ejército republicano necesitaba en ese momento. «Hubo tres promociones de chicos jóvenes como Antonio», contó su sobrina nieta. Había ascendido a sargento el 30 de abril de 1937. Moriría apenas cuatro meses después con tan solo 22 años a los mandos de un Tupolev SB Katiuska.
Provincia
Recuerdo y Dignidad de Soria localiza dos nuevos cuerpos en una tercera fosa en La Riba de Escalote
Verónica Reglero
Michel Lozáres Sánchez cuenta en su libro que «a finales de agosto del 37, el ejército de la República con el fin de aliviar la presión nacionalista en el frente del Norte, lanzaba la denominada Batalla de Belchite. Para detener dicha ofensiva, el Grupo 24 de Bombardeo estableció la 1ª Escuadrilla en Balaguer, la 2ª en Lérida y la 3ª en Reus. En el marco de dicha batalla, el día 24 de agosto de 1937 a las 8.20 horas, despegó del Aeródromo de Villafamés (Castellón) una patrulla de dos Túpolev SB Katiuska pertenecientes a la 3ª Escuadrilla, por entonces mandada por el Capitán Leocadio Mendiola. El objetivo del servicio era bombardear el Aeródromo de Soria. Antes de llegar al mismo les salieron dos cazas nacionales a su encuentro cuando volaban a 1.500 metros. Tras dar alcance a los bombarderos, uno de los cazas disparó varias ráfagas de ametralladora, alcanzando a unos de los aparatos con varios impactos e incendiándose a continuación».
Y ese fue el final de Antonio Soto, cuyo homenaje se llevara a cabo en Soria en apenas un mes por parte de Recuerdo y Dignidad y la presencia de la familia que acudirá para recibir los restos. Está pendiente de cerrar fechas y lugar, como apuntó desde la asociación Sherezade Benito, posiblemente en el espacio cultural Santa Clara. Se pondrá así final a una historia de búsqueda que unirá para siempre Ágreda con La Laguna.
Sara Felipe también realiza pesquisas para localizar a los familiares de Luis Gil Longares. Ya sabe que procedía de Zaragoza, que su familia tenía negocios de construcción, y que sus padres y sus hermanos están enterrados en Valencia. Allí centró Sara sus investigaciones y, a través de los datos del cementerio, pudo localizar el nombre de un sobrino que vive. Calcula que pueda tener en torno a los 85 años. «Hemos llamado varias veces a un teléfono fijo pero no hay respuesta», apuntó Sara, quien no abandona la búsqueda aunque las vías para continuar se agotan. Además, la ley de protección de datos hace difícil obtener información sobre identidades, a lo que hay que sumar que han pasado casi nueve décadas de historia.