El pueblo de Soria donde hubo 40 familias de alfareros y hoy solo queda uno: «Yo soy el único que ha seguido»
Tajueco, el pequeño pueblo de Soria donde la alfarería tradicional llegó a sostener a 40 familias y hoy sobrevive gracias a Alfonso Almazán

Alfonso Almazán, último alfarero tradicional de Soria, trabaja el barro en el taller familiar de Tajueco donde su familia lleva generaciones dedicada al oficio.
Durante siglos, el barro fue el motor económico y cultural de Tajueco, un pequeño municipio soriano donde la alfarería era una forma de vida. Hoy, sin embargo, aquella imagen de hornos encendidos, cántaros alineados y familias enteras moldeando arcilla parece casi un recuerdo imposible. De las 40 familias de alfareros que llegaron a vivir de este trabajo a mediados del siglo XX, solo queda una persona manteniendo viva la tradición: Alfonso Almazán Mínguez, de 56 años.
«Yo soy el único que ha seguido manteniendo la tradición de mi padre», explica Alfonso en un vídeo del Instagram de David Ortega Gallardo.
Tajueco y la alfarería de Soria: un legado que viene del siglo XVI
En Tajueco hay constancia documental de actividad alfarera desde el siglo XVI. Mucho antes de que existieran las grandes superficies o los objetos de plástico importados, el barro formaba parte esencial de la vida cotidiana. Aquí se fabricaban botijos, cántaros, ollas, fuentes, cazuelas, macetas, tarros y un sinfín de piezas destinadas a conservar agua, cocinar o almacenar alimentos.
«Ya desde mil seiscientos, mil setecientos ya había alfareros», recuerda Alfonso en el mismo vídeo. Su propia historia familiar está completamente ligada al barro. «Mi padre y mi madre han sido alfareros. Y mis abuelos también. Luego ya se pierde la pista», cuenta.
Tajueco llegó a convertirse en uno de los grandes centros alfareros de Castilla. En los años cuarenta, cincuenta y sesenta, hasta 40 familias vivían de este trabajo. Cada una tenía incluso rutas comerciales asignadas para vender sus piezas por pueblos de Soria y provincias vecinas como Burgos, Segovia o Guadalajara. En el caso de la familia Almazán, recorrían la Ribera del Duero hasta Lerma abasteciendo ferias, mercados y romerías.
El barro salía directamente de las terreras del municipio, conocidas por ofrecer hasta cinco variedades de arcilla de enorme calidad. Después llegaba el trabajo paciente del torno, la decoración y el vidriado tradicional.
«Esto es la decoración, que es un engobe. Luego sí que se le da el vidriado, que llamaban el vidriado, que es el esmalte», explica Alfonso en el vídeo mientras continúa trabajando en el pequeño taller familiar junto a la plaza del pueblo.
Alfonso Almazán, el último alfarero de Soria que resiste al olvido
Cuando Alfonso era niño todavía llegó a conocer a varios artesanos trabajando. «Yo conocía que igual había cuatro o cinco alfareros», recuerda. Pero el declive ya había comenzado.
La industrialización, la llegada de materiales baratos y la transformación de los hábitos de consumo acabaron poco a poco con un oficio transmitido durante generaciones. Las piezas de barro dejaron de ser imprescindibles y los hijos de los alfareros buscaron otros caminos. «No ha seguido ninguno», lamenta Alfonso. Él sí decidió continuar.
Aprendió prácticamente antes de tener memoria. «Yo ya no me acuerdo cuándo empecé. Mi padre seguramente jugaría conmigo y con cuatro o cinco años ya hice alguna pieza», relata. Es al menos la quinta generación de alfareros de los Almazán, aunque por parte materna, los Mínguez también estaban vinculados a este oficio.
Su padre, Máximo Almazán, una figura muy conocida de la alfarería soriana, falleció hace dos años con 93 años sin abandonar nunca el torno ni el barro. En el taller todavía se conserva uno de los mayores tesoros patrimoniales de Tajueco: el último horno árabe que queda en el pueblo, de los cinco o seis que llegó a haber.
El futuro de la alfarería de Soria pasa por Jara Almazán
Hay una pregunta que sobrevuela inevitablemente el taller de Alfonso: qué ocurrirá cuando él no pueda seguir. La respuesta, aunque todavía tímida, tiene nombre propio. Su hija Jara Almazán Ondategui, de 27 años, ha comenzado a aprender el oficio. «Sí que sabe hacer alguna cosilla. Poco a poco. Cuesta mucho», admite Alfonso.
No es solo aprender una técnica. Es comprender un ritmo de trabajo ancestral, el comportamiento del barro, el tiempo exacto del horno y una forma de producir casi desaparecida en la España rural.
Mientras tantos oficios tradicionales desaparecen sin hacer ruido, Alfonso sigue moldeando piezas útiles «que se puedan utilizar», como él mismo dice, desde huchas hasta recipientes cotidianos.