El incendio del Izana, 25 años después de que ardiese el corazón de una Soria vulnerable
En los pueblos recuerdan el «ruido infernal» en el frente y la «impotencia porque no se podía parar» mientras «en unas horas ves que se te va el trabajo de una vida» / «Te asomabas ahí y todo eran llamas»

Los vecinos corren con cubos y garrafas mientras un tractorista trata de cortar el avance del fuego en la tarde del 25 de agosto de 2000.
Soria parecía haber agotado su cupo de desgracias en aquel verano del año 2000. Había comenzado con el trágico accidente de autobús de Golmayo que dejó 28 fallecidos; y había seguido con el atentado de ETA contra la Casa Cuartel de Ágreda, el más grave registrado en territorio de la provincia. Pero quedaba otro golpe, el del peor incendio forestal en la historia moderna. El fuego en la comarca del Izana iba a ennegrecer la vida de Matamala de Almazán y Tardelcuende, y el corazón de toda Soria.
Han pasado 25 años desde que aquel 25 de agosto. A las 12.35 horas la torreta de Matamala daba la voz de alarma y a los 12 minutos llegaba el primer agente medioambiental. Por delante quedaban 30 horas que todos recuerdan. Impresiona hablar con los vecinos. Todos, sin excepción, saben con precisión dónde estaban cuando se les avisó, qué estaban haciendo y cómo pasaron la noche más larga. Durmiendo «no», eso lo tienen clarísimo.

Un hidroavión descarga ante un muro de fuego.
José Antonio Hernando fue uno de los muchos vecinos de la zona que estuvieron haciendo frente al fuego. «Todo el día estuve con el camión de incendios por ahí. A las nueve de la noche llegué aquí (a Tardelcuende) y me tumbé en el sofá con el dolor de cabeza del humo. Estaban cenando los chóferes de los autocares» habilitados para evacuar la residencia, «que les hizo mi madre cena. Todo el día con la manguera del camión». El fuego daba miedo y no sólo por dimensiones, sino además «porque hacía mucho viento e iba por las copas. Menos mal que se calmó el aire, si no hubiese llegado al pueblo».
Provincia
La Asociación Gaya Nuño de Tardelcuende se mueve para liberar de basura el entorno del incendio del año 2000
Heraldo-Diario de Soria
En aquellos momentos «no da tiempo a pensar mucho. Hubo gente que se tiró al río, gente que tuvo que sacar los coches aprisa y corriendo... Hubo suerte de que no murió nadie, pero fue gordo, gordo, gordo».
«Te asomabas ahí», apunta su hermano, «y todo eran llamas. Una impresión... Esa noche no durmió nadie. Estaban los autobuses listos para una evacuación». «Pero luego llovió», señala una vecina. «Llovió un poco. Había apaciguado un poco el tema».
Los Hernando recuerdan además que «venía hacia el pueblo, pero luego cambió el aire y cambió un poco el tema, fue hacia Fuentelcarro». El día después fue «desolador. Todo el monte quemado, lleno de ceniza. Desolador. Esos pinarracos de cerca de 100 años», apunta circundando un buen perímetro con sus brazos «no los volvemos a ver. Aquí, que estamos a la madera, ya me dirás tú».

La desolación tomó la comarca el 26 de agosto, cuando se comprobó el alcance de las llamas.
También a Gerardo, de Matamala, le tocó «ir al monte a apagarlo», como cuenta en un animado corrillo. «Es jodido, es ver que se me quema el monte. No es miedo, es impotencia por ver que eso no se podía parar». Aún le impresiona «ese ruido constante, como de una tormenta gruñendo. Era un ruido infernal. Infernal. Y luego cómo se propagaba. Estabas en el frente, saltaban las piñas como a mitad de la cuesta», detalla señalando a la calle, «y cuando te dabas cuenta tenías también fuego detrás y había que retroceder corriendo. Aquello era imparable. Pasaba el río, pasaba la carretera. Y eran cuatro kilómetros de frente». No exagera un ápice: los datos de la Junta lo confirman.
Las vecinas alrededor hablan del día después, de esa «tristeza, el ver todo negro, la impotencia. En unas horas ves que se te va el trabajo de toda una vida», y más en sus familias, donde la resina o la madera eran forma de ganarse el pan. Debaten sobre la recuperación del monte, sobre si hay más o menos pinos, sobre el papel de la naturaleza ayudando con sus propios brotes. Pero todas entonan convencidas «que no se vuelva a repetir». Alguna enseña el brazo con los vellos erizados, y toca secar alguna lágrima.
El hijo de una de ellas «estuvo desde que saltó hasta las dos de la madrugada» y llegó «vomitando» por el humo. El marido de otra «volvió a las cuatro de la mañana para recoger unas cosas que necesitaban de una cochera en Soria y se volvió al monte». «Es que pasaban por la carretera y los pinos eran como velas, terrible». La ceniza llegó a puntos a más de 20 kilómetros y «veías una voluta de aire a simple vista, tocaba suelo y se prendía». «Es que en Matamala fue donde más afecto», prosiguen la charla. «Aquí se nos quemó el 75% del monte».
Un día que cambió vidas
«Mira, era el cumpleaños de mis hijos y venía con la tarta cuando me llamaron. Se la comieron dos días después». Un detalle que puede parecer anecdótico, pero que ilustra cómo se truncó la vida en la zona en aquellos momentos.
«Yo lo vi por la tele y me eché a llorar», comenta una tertuliana que estaba fuera. «Pues a las cuatro de la mañana» un informativo radiofónico nacional «abrió diciendo que estaba controlado. Llamé tres veces. Yo, tres. Para decirles que esto seguía mal, que estaban volviendo las sirenas y que iban a conseguir que nos quitasen medios».
En la carretera entre Tardelcuende y Matamala de Almazán esa «forma de ‘C’» cortó el paso y añadió angustia. También lo recuerdan Fortunato Pérez y Manuela Lafuente, acompañados por Anastasio Cascante en la localidad pizorrera. No residen ahí, pero estaban pasando el verano, como ahora. «Nuestra hija Marimar fue la última que pasó y casi le pilla. Horrible. No había nadie para avisar».
Anastasio apunta que en un principio creyó «al ver la carretera y el río que por aquí no iba a pasar. Y pasó. Aprendí que con el agua y el fuego...». No dice más, pero está bastante clara la enseñanza.
Manuela recuerda que «tenía el coche aquí, aquí mismo, para salir a Soria si había que irse». Estaba «lleno de ceniza», con una columna que desde la carretera algunos confundían con una tremenda tormenta... hasta que se acercaban. «Las llamas se veían desde Navalcaballo», apunta otro vecino de Tardelcuende.
Fortunato recuerda gritos de «fuera, que viene para aquí»; gente «chillando para que aparcásemos»; a «los jóvenes» llevándose a duras penas a una persona «fuerte» que no podía correr por tener una pierna lesionada. Escenas del día más duro como pueblo que 25 años después no se olvidan. Una vez más, «que no se vuelva a repetir».
"Los días siguientes me costaba conciliar el sueño"
Alberto Gañán era entonces delegado de la Junta en Soria y paso la noche en Matamala de Almazán, en el puesto de mando. «Las 30 horas que transcurrieron desde el inicio del incendio hasta que fue controlado, fue un tiempo que se hizo muy largo, vivido con mucha intensidad y preocupación». Hoy muta en agradecimiento a unos medios «que realizaron un gran esfuerzo, no exento de peligro físico».
«El primer objetivo y sentimiento era evitar que hubiese daños personales, y para ello el Centro de Coordinación Operativa Integrada fue vital». Aun así le marcó: «Controlado y extinguido el incendio, los días siguientes me costaba mucho conciliar el sueño». El aspecto «era desolador». Ahora, viendo que «aún quedan unos años» para recuperarse, Gañán incide en el esfuerzo para detectar conatos y en la gratitud a los intervinientes.
2.455 hectáreas y más de 2,5 millones de euros en pérdidas
El incendio de la comarca del Izana comenzó el viernes 25 de agosto a las 12.35 horas en una finca agrícola en Santa María del Prado y la causa no se conoce oficialmente, aunque se baraja una chispa de una máquina. Rápidamente entró en fincas particulares con mucha vegetación. Cerca de 30 grados, humedad del 35%, viento superior a los 20 kilómetros por hora en dirección norte y un cambio hacia el oeste que convirtió un flanco de cuatro kilómetros en frente a media tarde marcaron la propagación.
Medios sorianos, autonómicos y nacionales se unieron para trabajar sobre el fuego y de forma indirecta. Las cifras aún hoy impactan: 16 helicópteros e hidroaviones, 20 retenes, cuatro BRIFs, 10 motobombas, cinco camiones de bomberos, 18 máquinas pesadas e innumerables voluntarios de toda la comarca. «Lo más positivo de este gran incendio fue que no hubo ninguna víctima, a pesar de la gran virulencia del fuego y la rapidez de su expansión», recuerda el jefe del Servicio Territorial de Medio Ambiente, José Antonio Lucas, quien había tomado posesión el 1 de julio de 2000, 56 días antes.
«No hay palabras para agradecer en todo momento» a los medios de extinción, entre ellos venidos desde León como la BRIF de Tabuyo, más acostumbrados a estos fuegos. Se dio por controlado a las 17.00 horas del sábado 26 y por extinguido a las 10.00 horas del domingo 27.
La superficie forestal afectada fue de 2.320 hectáreas, además de 135 hectáreas de terreno agrícola, para sumar 2.455 hectáreas. El perímetro exterior del incendio superó los 367 kilómetros, lo que dificultó enormemente su control y hubo que sectorizar el incendio para poder controlar cabeza, cola y flancos.
La principal especie afectada fue el pino negral o resinero, dañando también a otras especies acompañantes como robles y encinas. Además, hubo corte de carreteras, teléfono, líneas eléctricas, línea férrea y se plantearon desalojos. La trascendencia económica fue tremenda al perder aprovechamientos de madera, resina, caza, hongos, pastos, leñas, valor protector, valores recreativos, paisajísticos y sociales, valorados en 2.519.214 euros.
Afectó a los Montes de Utilidad Pública número 64 de Matamala de Almazán, en 840,95 hectáreas; 185 de Tardelcuende, en 605,56 hectáreas; 51 y 52 de Almazán, en 202,06 hectáreas; 65 de Matute de Almazán, en 68,44 hectáreas; y 186 de Cascajosa, en 17,42 hectáreas. El resto de superficie forestal calcinada era de propietarios particulares.