Heraldo-Diario de Soria

Luisa Calderón, nutricionista, «El frío te da más hambre porque tu cuerpo lucha por termogénesis»

Por qué el frío activa el apetito, qué es la termogénesis y cómo influyen las hormonas del hambre según la nutricionista Luisa Calderón

El frío estimula el apetito y aumenta el deseo de alimentos energéticos como dulces, panes y comidas reconfortantes.

El frío estimula el apetito y aumenta el deseo de alimentos energéticos como dulces, panes y comidas reconfortantes.Getty Images

Patricia de la Torre
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Cuando llega el frío no solo sacamos los abrigos del armario. También aparece algo mucho más difícil de controlar: el hambre constante, los antojos de chocolate, las ganas de sopa caliente, pan, galletas y todo lo que huela a comida reconfortante. Y no, no es una percepción subjetiva ni una excusa mental. Es fisiología pura. Como explica la nutricionista Luisa Calderón: «El frío te da más hambre porque tu cuerpo lucha por termogénesis».

Dicho de forma sencilla, en invierno tu organismo entra en modo supervivencia. Mantener la temperatura corporal estable requiere energía extra, y esa energía tiene que salir de algún sitio. El resultado es un aumento real del apetito, impulsado desde el propio cerebro.

El frío y la termogénesis: por qué el cuerpo pide más comida

La palabra clave aquí es termogénesis, el proceso mediante el cual el cuerpo produce calor para mantener su temperatura interna. Cuando el ambiente es frío, el organismo debe gastar más calorías simplemente para no enfriarse. Ese gasto energético adicional activa centros del apetito en el cerebro, que envían una señal clara: hay que comer más.

Luisa Calderón lo resume con una frase que desmonta muchos mitos: «Cuando hace frío, el cuerpo tiene que gastar más energía para mantenerse caliente y entonces aumenta el estímulo del apetito en el cerebro». Es decir, no es un problema de autocontrol, es una respuesta biológica automática.

Y aquí llega lo interesante: el cuerpo no pide cualquier cosa. No te apetece lechuga ni zanahorias crudas. Te apetece comida densa en energía, porque es la forma más rápida de cubrir ese gasto térmico.

Hambre de invierno: por qué anhelas chocolate, pan y sopas

En invierno el cuerpo busca energía rápida y sostenida. Por eso los antojos suelen ir siempre en la misma dirección: hidratos de carbono, grasas, platos calientes y densos. Chocolate, panes, galletas, sopas espesas, guisos, pasta. No es casualidad, es selección biológica.

Según explica Calderón, «el cuerpo necesita energía rápida y sostenida, por eso te da más ganas de comer chocolate, sopas espesas, panes y galletas». Son alimentos que elevan la temperatura corporal, aportan calorías de forma eficiente y generan sensación de saciedad.

Desde un punto de vista evolutivo tiene todo el sentido. Durante miles de años, el invierno significaba escasez, frío y riesgo. El organismo aprendió a anticiparse almacenando energía cuando bajaban las temperaturas. Ese mismo mecanismo sigue activo hoy, aunque ahora tengamos nevera llena y calefacción.

El frío y las hormonas del hambre: no es solo cuestión de calorías

Además del gasto energético, entran en juego las hormonas que regulan el apetito, como la grelina y la leptina. Un estudio de Japón publicado en Frontiers in Nutrition confirma que la exposición al frío aumenta los niveles de grelina (asociada al hambre) y reduce los de leptina (relacionada con la saciedad), favoreciendo una mayor ingesta calórica en invierno. Este ajuste hormonal explica por qué cuesta más sentirse lleno en climas fríos, incluso con porciones habituales. Según los autores, «estas variaciones en la secreción de hormonas relacionadas con el apetito, provocadas por la temperatura ambiente, pueden contribuir directamente a las variaciones estacionales en el consumo energético.»

Por eso en invierno no solo comes más, sino que te cuesta más sentirte lleno. No es un fallo de carácter, es un ajuste hormonal programado. El cuerpo interpreta el frío como una amenaza y responde pidiendo reservas.

En palabras de la propia nutricionista: «Esto no es gula, es un mecanismo de supervivencia para mantenerse vivo.» Una frase que cambia completamente la narrativa de culpa asociada al aumento de peso estacional.

Cómo comer mejor en invierno sin luchar contra tu biología

La clave no está en ignorar el hambre, sino en tomar decisiones inteligentes. El frío va a activar tu apetito sí o sí, pero puedes elegir qué tipo de energía le das al cuerpo. Platos calientes, verduras cocinadas, legumbres, sopas caseras, cremas vegetales, proteínas bien repartidas y grasas saludables permiten cubrir esa demanda térmica sin caer en un exceso constante de ultraprocesados.

El ejercicio también cumple una función estratégica, eleva la temperatura corporal de forma natural y reduce la necesidad de compensar con comida. Y algo tan simple como beber infusiones calientes a lo largo del día ayuda a generar sensación de confort térmico sin sumar calorías innecesarias.

Como concluye Calderón: «La próxima vez que el frío te dé mucha hambre, piensa bien lo que vas a comer y toma decisiones inteligentes». No se trata de comer menos, sino de entender por qué comes más. Porque en invierno tu cuerpo no te está saboteando. Te está protegiendo.

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