Heraldo-Diario de Soria

Este pequeño pueblo de Soria celebra en Carnaval un ritual con un toro simbólico que cada vez atrae más miradas curiosas

En el corazón de Soria, un pueblo entero se transforma para revivir un rito que no es solo fiesta

Los barroseros, ataviados con su indumentaria tradicional, desfilan por las calles de Abejar portando el toro ritual de La Barrosa, en una escena que se repite cada Carnaval desde tiempos inmemoriales

Los barroseros, ataviados con su indumentaria tradicional, desfilan por las calles de Abejar portando el toro ritual de La Barrosa, en una escena que se repite cada Carnaval desde tiempos inmemorialesGuía de Soria

Patricia de la Torre
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En el pueblo de Abejar, cuando llega febrero no se lanzan confetis al aire ni se disfraza uno de unicornio. Aquí lo que se saca a la calle es un toro blanco cubierto de cintas, y lo que se representa, sin palabras, es el ciclo de la vida misma. Se llama La Barrosa, y si no la has visto nunca, no sabes lo que significa que un pueblo entero se ponga de acuerdo para hacer memoria con el cuerpo, con el vino y con la risa.

Lo llaman "la Puerta de Pinares", pero durante estos días Abejar es también la puerta del mito. La Barrosa es una estructura de madera, vestida de blanco y engalanada con cintas, que encierra una historia que podría haber salido del teatro griego, si no fuera porque está escrita con roscos, pastas, pólvora, anís y moscatel.

La llevan al hombro dos mozos del pueblo (los barroseros) que no son actores, aunque actúen, y que recorren cada casa recogiendo dulces, bebida y donativos mientras el toro baila, embiste y saluda como si tuviera vida propia. Los barroseros se visten igual desde hace generaciones: camisa y pantalón blancos, faja y corbata rojas, sombrero negro, polainas de cuero. Imposible no ver en ellos un eco de la liturgia popular.

Más allá del disfraz: el Carnaval como ensayo de lo eterno

La escena cumbre llega por la tarde, cuando La Barrosa entra en el salón del ayuntamiento, da tres vueltas solemnes y es "abatida" por disparos de fogueo. Los barroseros caen. El toro también. Un segundo después, todos "resucitan".

Tal como explican desde la Guía de Soria, el ritual sigue una estructura clara: viaje, muerte y resurrección. Una estructura que hemos escuchado en relatos bíblicos, pero que el pueblo conocía ya desde mucho antes, cuando el calendario lo dictaban la tierra y las estaciones.

Lo asombroso de La Barrosa no es su rareza, sino su naturalidad. Nadie actúa como si estuviera haciendo algo especial. No hay turistas con cámara en mano buscando lo pintoresco. Hay vecinos. Y alegría. Y una coreografía que ha sobrevivido al paso de los años.

¿Que de dónde viene? Nadie lo sabe del todo. Algunos han planteado paralelismos entre La Barrosa y antiguas celebraciones europeas en las que animales simbólicos representaban ciclos de renovación o tránsito, y otros han comparado elementos del rito con prácticas de sacrificio ritual de otras culturas (aunque no hay evidencia histórica directa que conecte estos fenómenos con la fiesta tal y como se celebra hoy). Da igual. Lo importante no es el origen, sino la persistencia. Que en 2026 haya mozos dispuestos a vestirse como hace cien años y niños que entienden que este toro simbólico también les pertenece.

Ideal para una escapada rural de invierno: pasear por los pinares, probar embutido soriano y descubrir cómo un pueblo entero revive un rito.

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